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Retrato de Sabra y Chatila


"¿Esta seguro de que quiere entrar ahí dentro?”. Pregunta el taxista antes de dejar al cliente en la periferia de Sabra y Chatila, al oeste de Beirut, muy cerca del campo de fútbol. El conductor, un libanés de 66 años que luchó en las milicias cristianas durante el conflicto civil que reventó el país de 1975 a 1990 (150.000 muertos, 400.000 heridos y 17.000 desaparecidos), insiste: “Es muy peligroso. Tenga cuidado. Ahí dentro no entramos los libaneses”. El periodista, agradecido por su consejo, le lanza una pregunta antes de salir. “¿Usted fue uno de los 150 hombres de la Falange que entró ahí dentro tal día como hoy (es 17 de septiembre) hace 35 años?...”. El conductor permanece en silencio, desmigando una mirada azul reveladora. “Good luck, my friend... (buena suerte, amigo)”.
En Líbano existen doce campos de refugiados palestinos que albergan a más de la mitad de los aproximadamente 400.000 descendientes de palestinos que fueron expulsados en 1948 de sus casas. El 11 de diciembre de ese año la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó la resolución 194, con la que condenaba al nuevo estado de Israel a permitir el regreso de los palestinos expulsados o a indemnizar a quienes no quisieran regresar. Sin embargo, Israel nunca ha cumplido esa resolución.
El campo de refugiados de Sabra y Chatila, que se levantó en 1950 con tiendas de campañas, es hoy una colmena de hormigón de dos o tres kilómetros cuadrados con edificios que alcanzan los ocho pisos de altura. No hay otra alternativa para dar cobijo en este espacio tan reducido a cerca de 35.000 personas. La ley libanesa es estricta y no permite obras de ampliación más allá de los límites establecidos.
Los vecinos han dejado de ser exclusivamente palestinos y el campo se ha convertido en un barrio más de la ciudad. La mayor parte de su población la integran sunitas libaneses pobres, inmigrantes de BangladeshIndiaSri LankaFilipinasSudánSomalia, y desplazados sirios. La mayor parte está en paro ya que el gobierno libanés prohibe que trabajen en la mayoría de los sectores económicos. Sobreviven a duras penas de la economía informal y de las ayudas de la Agencia de Naciones Unidas.
Fotos superior e inferior tomadas en 1950 y 1986 (sin copyright)


                                                                     Sabra y Chatila, hoy













ORINES Y BASURA
Un enredo de calles sin nombre, sucias y regadas por aguas insalubres conforma la foto fija de este barrio. Las fotografías no consiguen captar las moscas ni el olor nauseabundo a orines, basura y aceite requemado. Varios retratos del presidente sirio Bashar al-Assad y del líder palestino Yasser Arafat, fallecido en 2004, cuelgan de muchas ventanas de las construcciones aún sin terminar.
Una maraña de cables eléctricos entierran la luz del sol. Es inevitable visualizar las palabras del escritor Jean Genet en 'Cuatro horas en Chatila' mientras se deambula por las callejuelas angostas y a veces oscuras. “Un niño muerto puede a veces bloquear una calle, son tan estrechas, tan angostas, y los muertos tan cuantiosos”, escribió Genet en su libro. El francés se encontraba en Beirut cuando el 16 de septiembre de 1982 las milicias cristianas entraron en la capital libanesa y pasaron a cuchillo a 3.500 vecinos. Familias enteras que fueron torturadas y violadas antes de morir.
La masacre en Sabra y Chatila comenzó a las seis de la mañana y se prolongó al menos 30 horas. Un “genocidio” reconocido por la misma Naciones Unidas que aún sigue sin juzgar. Una matanza que perpetuaron 150 hombres cargados de cuchillos, hachas y armas de fuego, y que se llevó a cabo gracias a la complicidad del ejército israelí, encargado de taponar las salidas para evitar la huida de la población. Las mismas calles sobre las que se derraman los pensamientos del periodista.
Los recuerdos de las crónicas y las fotografías de los cuerpos mutilados y torturados del corresponsal Jean-Marie Bourget y el fotógrafo Mar Simon mientras trabajaban para el semanal francés VSD. “Cuando llegamos, estábamos preparados para descubrir cadáveres. Esperábamos el registro del número de cuerpos muertos en acción pero no esperábamos encontrar víctimas de tortura. Ningún periodista que estuviera en Beirut en ese momento lo podría olvidar”, afirmaron.
Algún día, Sabra y Chatila “saltará por los aires o arderá como una tea por un cortocircuito”, avisan los vecinos. Los servicios públicos son deficitarios. Un pozo perforado abastece el campo, pero es tan salada que la usan solo para aseo. Al hacinamiento hay que sumar el peligro de los cables eléctricos en invierno. Cuelgan de forma caótica por todo el barrio junto a las tuberías de alimentación de agua, provocando que la gente muera electrocutada. Decenas mueren, muchos son niños.
Sin embargo, a pesar de las dificultades, los vecinos irradian hospitalidad. Y en contra de lo que aconsejan algunos libaneses, los refugiados agradecen la presencia de los visitantes que se atreven a entrar.



Vídeo: 
http://www.diariodenavarra.es/noticias/navarra/2017/10/08/morir-electrocutado-sabra-chatila-555076-300.html

EL GUARDIÁN DE LA FOSA
En la arteria principal de Sabra y Chatila se encuentra el mercadillo. Un punto de encuentro donde se puede adquirir de todo. Incluso un cementerio. Mejor dicho, una fosa común reconvertida en un parque dedicado a la memoria. Un lugar donde yacen los cuerpos de las víctimas de las matanzas de 1982, y al que acuden para recordar tanto líderes palestinos como libaneses. No es fácil encontrar esta fosa. Los puestos del mercadillo ocultan la puerta de hierro forjado que une el mundo de los vivos con el de los muertos. Al atravesar el umbral, destaca la presencia de un hombre con aspecto de viejo lobo de mar, que fuma y bebe café sin parar. Su nombre es Aknan Mokdade y tiene 66 años, se presenta en un mal inglés. Aknan es algo así como el guardián de la fosa. Aquí también están enterrados sus padres, desvela. Ellos eran libaneses, de Baalbek. Entre las víctimas también hubo gente de Líbano. “A ellos los mataron con un cuchillo...Y mi padre estaba en silla de ruedas”, cuenta, abriendo unos enormes ojos azules. Mokdade vive junto a la cripta que preside la fosa. Una caseta de tablas y plásticos, un catre, una pequeña televisión, un hornillo... y los recuerdos son sus únicas pertenencias. El día que enterraron a sus padres nunca más se separó de ellos. Con la luz del sol, el tono del albero que cubre la fosa se vuelve rojizo. Como si la sangre de los muertos se hubiera filtrado y empapado la arena. Como si las víctimas suplicaran que no se les olvide. Porque, aquí, en Sabra y Chatila, se cometió uno de los peores crímenes de la historia de la humanidad.

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