Ir al contenido principal

Héroes de carne y hueso


Un alpinista, un médico, un empresario, un piloto de helicóptero, guardias civiles y un policía nacional cuentan qué les empujó a dar un paso más y salvar a otra persona.





Mikel Zabalza, alpinista, guía de montaña


Frente al segundo café de la mañana -son las nueve y media- el escalador Mikel Zabalza Azcona, de 47 años y padre de un chico de 13, Martín, despliega la cordada de su vida y se descuelga en su interior como un espeleólogo. Al entrar en ella, en su vida, su cuerpo, un junco de 64 kilogramos, transpira valores. Unos principios de austeridad que inocularon Francisco Javier y Ana, sus padres, tanto a él como a sus ocho hermanos. Un aliento que ha cimentado, en parte, una actitud frente a la vida. “Vivíamos en 100 m2 once personas, mis padres y los nueve hermanos. No había mucho espacio. Vivíamos con poco, de forma austera, y quizá esta austeridad se acabó metiendo en el disco duro”, cuenta Zabalza. “Soy de Pamplona de toda la vida , un auténtico PTV”, sonríe. “Mi padre nació en la Bajada de Javier y mi madre en la Estafeta”. La montaña siempre ha sido un escenario que ha llamado la atención a Zabalza desde pequeño. Dio sus primeros pasos con un club de montaña al que se acercó por su cuenta. Comenzó a salir de acampada y a los montes cercanos a Pamplona. Su adolescencia transcurría entre estos montes y el encierro, hasta que a los 16 años sufrió una grave cogida. A los 17 años descubrió la escalada de manera autodidacta. A los 19 visitó por primera vez Gavarnie en invierno. Este ambiente agreste le enganchó absolutamente y a los 22 ya estaba abriendo vías difíciles en el Ganchempo nepalí (6350m). Asciende su primer sietemil en estilo alpino. “Esta audaz experiencia”, detalla en su web (www.mikelzabalza.net), “condicionó mi forma de vida ya que mi objetivo principal durante muchos años fue ganar algo de dinero en cualquier trabajo para poder marcharme a escalar a montañas remotas y a poder ser difíciles”.Esta pasión le trajo los primeros sustos. Su cuerpo se iba cincelando a golpe de accidente. A los 17 se rompió la cabeza escalando en Etxauri, y a los 22 terminó en la UVI por una caída esquiando. Sus heridas se abrían y cerraban, como si de esta manera la naturaleza lo preparase para afrontar futuras adversidades, que no tardaron en aparecer.
Entre sorbos de café y miradas directas, a los ojos, Zabalza confiesa que no piensa en la muerte, y eso que la ha sentido muy de cerca. “No creo que haya nada después de morir”, expresa. “¿Qué creo que hay después...? Probablemente lo mismo que había antes de nacer. ¿Y qué había antes? Pues no me acuerdo. Así de sencillo. Al morir, todo se termina”.
Tras más de 30 años escalando, en julio de 2017 hizo una de sus mejores cimas: salvar una vida. “Para nosotros es el ejemplo máximo del alpinismo en el que creemos. Estamos felices porque es la mejor de las cimas. La vida es la cumbre más importante”, expresaba entonces el montañero navarro al terminar su expedición junto a Alberto Iñurrategi y Juan Vallejo. Los tres se encontraban en el Campo Base y se preparaban para volver a casa cuando supieron que el italiano Valerio Annovazzi llevaba tres días atrapado a 7.100 metros en Gasherbrum. A pesar del cansancio que acumulaban, Zabalza había perdido ocho kilos, se lanzaron al rescate.
“Siempre lo hemos visto de esta manera: hoy por ti y mañana por mí. Esto lo hemos asumido en el alpinismo de cordada como una ley...”, deja claro. “La gente que descendía se encontraba bastante fatigada y la ruta normal estaba poco equipada. No era sencillo llegar hasta allí sin cuerdas fijas. Nosotros estábamos cansados, pero nos vimos con fuerzas para intentarlo.Si no subíamos nosotros ese día podría morir, porque nadie estaba dispuesto a echarle un cable. Si no movíamos ficha iba a ser complicado que subiesen a buscarle”. Los tres montañeros durmieron unas horas y partieron hacia arriba a las doce de la noche. “Todo salió muy bien. Íbamos muy concentrados y poniéndonos pequeñas metas. Animándonos”.
TRAER DE VUELTA A FALLECIDOS 
También le ha tocado traer de vuelta los cuerpos de personas fallecidas, tal como ocurrió en 1996 en la Patagonia con su compañero de cordada, José Luis Domeño. “Devolver un cuerpo a casa implica que los familiares puedan cerrar un capítulo”.
Fue en 1998 cuando el pamplonés se vio involucrado en su primer “rescate gordo”. Él y otros tres amigos viajaron a la India para ascender por una pared de piedra un sietemil. “Íbamos por dos rutas diferentes y ellos sufrieron varios contratiempos. No llevábamos walkie”, recuerda. Calcularon que la vía debían subirla en tres días y habían pasado cinco. “Y no sabíamos nada”. Así que descendieron. “Los encontramos en un estado lamentable, congelados, tuvimos muchas dificultades para llegar a ellos porque no llevábamos mucho material de escalada. Fue un gran subidón encontrarlos con vida. Eran nuestros amigos”, recuerda. La revista National Geographic ha publicado este mes que los científicos han descubierto que la empatía es la chispa que enciende la compasión e induce a ayudar al prójimo cuando está sufriendo. Mikel Zabalza echa un vistazo al reportaje. “Probablemente sea un poco de todo”, dice. “El alpinismo es una escuela de vida. Los valores que se fomentan en el alpinismo de cordada, de dificultad, se pueden aplicar en la vida. Impera la camaradería. Si estoy en una ruta difícil y mi compañero va justo de fuerzas, nos bajamos los dos. Y si vamos en cordada de tres lo mismo. Siempre he practicado este tipo de alpinismo y cuando he estado en otro terreno de menos dificultad que te puede dar pie a que uno suba, nunca nos ha gustado dejar solo a un compañero”, aclara. “No sé si falta empatía en la sociedad. Vivo en un micromundo de escalada, de montaña. Todo me parece de color de rosa. Luego cuando enciendo el Telediario y veo las noticias, me horrorizo”

Javier Landibar Perea, ID Medical
                                                               

Estación de Uharte-Arakil. 19.45 horas. El Intercity Barcelona-Hendaya, con 248 pasajeros, se sale de la vía y vuelca: 22 muertos y 85 heridos. Sucedió el 1 de abril de 1997, a 35 kilómetros de Pamplona. Según narraron varios de los pasajeros, el tren, que se componía de cuatro vagones y locomotora, circulaba a gran velocidad cuando repentinamente se sintieron varios frenazos intensos tras lo cual varios vagones del convoy volcaron a escasos 30 metros del apeadero de la estación del pueblo. En ese momento por la carretera nacional, paralela a las vías, circulan dos coches y una motocicleta de un policía foral. El primer coche frena en seco, en el arcén, los pasajeros abren las puertas y salen disparados dejándolas abiertas. Detrás circula otro coche. Lo conduce Javier Landibar Perea; dentro van también Mikel Armendáriz y Ion Andueza. Por la derecha les adelanta un policía foral en moto. El agente conduce con la cabeza ladeada hacia la izquierda. Pierde el control. Cae. Todos desvían la atención a la izquierda. Una nube de polvo lo envuelve todo. Con el esperpento grabado a fuego en sus miradas, sin llegar a interiorizar bien lo que está pasando, el corazón se les sale, Javier, Mikel y Ion se sumergen en la oscuridad de la nube y se introducen en los vagones. Un joven Landibar de 24 años pone a prueba sus conocimientos de primeros auxilios. Fue socorrista con 16 años y durante el periodo del servicio militar trabajó en la Cruz Roja. Los tres se mueven por el interior de los vagones volcados y comienzan a sacar a los heridos. Intentan reanimar a una mujer, no lo consiguen. Su amiga está bien, malherida, en estado de shock. La ayudan a salir del amasijo de hierros. Fuera, una enfermera, la primera en llegar, le provee de unos guantes y tres torniquetes. Sin quitarse la gorra y con el pantalón de montaña, que delata de dónde viene, se queda al lado de la mujer, agarrándola de la mano derecha. Su amiga acababa de morir. Javier nunca más supo de aquella mujer. Le hubiera gustado conocerla , saber quién era, si se encuentra bien. De la misma manera, también le hubiese gustado saber qué pasó con aquella niña de año y medio que salvó cuando él tenía 16 años en la Piscina Municipal de Zizur Mayor. “Cayó en la piscina grande mientras sus padres tomaban el sol. Hoy aquella niña tendrá unos veinte años y no he podido conocerla. Supongo que sus padres recordarán aquello como una anécdota”, lamenta, aclarando rápidamente que “hoy esto es muy difícil que ocurra porque la normativa de seguridad en las piscinas ha cambiado”. Han sido algunas personas más las que ha salvado desde entonces. El último, un hombre que sufrió un accidente de coche en la autovía por culpa de una parada cardiorrespiratoria. Javier detuvo su coche y le reanimó con el desfibrilador que siempre lleva encima. Sobrevivió. Para este pamplonés de 45 años, casado con Juana, y padre de una niña de un año y medio, Valeria, salvar la vida de una persona forma parte de una actitud, de una preparación, de una forma de ver la vida que, en su caso, lleva sembrando desde que fue socorrista. Hoy dirige una empresa de equipación y formación sanitaria ID Medical (www.idmmedical.es).

UN MOVIMIENTO SOCIAL
“Estudié electrónica industrial y ahora me dedico a formación en salvamento”, explica. El director técnico asegura que en los dos últimos años han formado a cerca de mil personas en el manejo de desfibriladores semiautomáticos. Reconoce que se está gestando un “movimiento social” en relación con esta realidad que “afecta a todos”.
 “No hay nada peor que ver a una persona tirada en el suelo y no saber qué hacer. Todo el mundo tiene claro los pasos principales a la hora de atender, pero hay que dar un paso más.... La vida o la muerte depende de este paso. Esto es empatizar. Ponerse en la piel del otro. Sin pensar en medallas o recompensas económicas. Un gesto que sale de dentro. Sólo se piensa en ayudar". Las posibilidades de supervivencia de una persona que acaba de padecer un paro cardíaco repentino, pasan por la aplicación de una descarga eléctrica (para restablecer el ritmo cardíaco) mediante un DESA y la realización de la RCP (para mantener el flujo de sangre oxigenada al cerebro, interrumpida a causa del paro cardíaco) inmediatamente.
Sin la aplicación de este tratamiento, la víctima fallecería en tan solo 10 minutos, ya que las probabilidades de supervivencia se reducen entre un 7% y un 10% cada minuto que pasa. En España, se producen anualmente más de 24.000 paradas cardíacas, cuatro veces más que accidentes de tráfico.

Juanjo Blasco, médico

Tudela está a punto de cumplir un año como primera ciudad cardioprotegida de España. Una iniciativa sanitaria pionera que se puso en funcionamiento gracias a dos médicos de la localidad, Juanjo Blasco y Ana Campillo, que se dieron cuenta de un dato preocupante: 8 de cada 10 paradas cardiorrespiratorias se producen lejos de un centro sanitario y su índice de supervivencia es bajo. Los dosmédicos se pusieron en contacto con el alcalde y éste no lo dudo. Ahora hay 47 aparatos de reanimación por toda la ciudad.
Frente a la mesa de la consulta de Juanjo Blasco, en la estantería, destaca una fotografía enmarcada. El médico tudelano eleva la mirada hacia la imagen y expresa: “Esa fotografía que tienes detrás era mi chiquillo. Se la hizo el día antes de fallecer... Por él estoy metido en todo esto”, asiente. Manu tenía 14 años. Murió el 2 de abril de 1998. Ese día, Blasco dejó a sus tres hijos en el colegio y bajó a la consulta. Se encontraba tomando un café, cuando recibió una llamada del colegio. Manu se había desmayado. “Subí pitando. Llegué a la vez que la ambulancia. Les grité: “¡Subid un desfibrilador!”, recuerda el momento. “A mi hijo lo desfibrilé yo mismo y mi hijo recuperó el ritmo de corazón”. Manu subió con vida al hospital, pero falleció. “Puede imaginar lo que eso supone en la vida de una familia, la pérdida de un hijo. Hay que trabajarlo. Hay que gestionarlo. Te sumes en la tristeza, en la melancolía, en la depresión”.
Un día, el director del colegio la Anunciata, el mismo en el que estudiaba Manu, llamó a Blasco para invitarle a dar una charla sobre alergias a los profesores. El médico vio luz entre una grieta. Vio una oportunidad y aprovechó la ocasión. Puso una condición. “Os quiero dar dos charlas”, le respondió. “Una sobre alergias y otra de reanimación cardiopulmonar”.
Al director le pareció “buena idea” y si la charla se llevó a cabo un mes de noviembre, en diciembre este colegio ya tenía un desfibrilador. Además, ocho profesores se formaron para atender cualquier contingencia. “La respuesta fue inmediata. Las redes sociales se encargaron”.
Y las charlas se fueron encadenando, de colegio en colegio. El siguiente fue en Jesuitas, donde estudian los dos hijos mayores de Blasco. “Hicimos lo mismo. Y a los dos meses ya había un desfibrilador y otros ocho profesores formados”.

POR TODA LA LOCALIDAD
Se estaba fraguando un fenómeno espontáneo que buscaba entrar en el Ayuntamiento de Tudela. “Ése era mi sueño. Sentarme con el alcalde y exponer la situación”. El alcalde, Eneko Larrarte, no tardó en recibir al médico y Blasco propuso una comisión de trabajo integrada por el Ayuntamiento pero también por las “fuerzas vivas” de la ciudad. Reconoce que salió contento del despacho, pero pensó que la documentación que había dejado sobre la mesa no la iba a leer.
“Cuál fue mi sorpresa al recibir 15 días después una llamada del alcalde diciéndome que ponía a un concejal al mando y a trabajar”. En menos de un año, toda la Policía Municipal de Tudela había hecho el curso de capacitación. No quedó ahí la cosa. Blasco pensó que el desfibrilador que compró para su consulta no hacía ninguna función dentro del local al cerrar. Y se le ocurrió que si el Ayuntamiento lo permitía, se podía ubicar en un mueble en la calle. Le concedieron el permiso. Blasco conseguía colocar su desfibrilador en plena calle y con iniciativa privada. Algo pionero. Las ideas se sucedían.
Hizo partícipe al tejido comercial de la zona, convirtiéndola en “espacio cardioprotegido”. Fruto de esta iniciativa, el consistorio se interesó más y colocó tres desfibriladores en la calle. Aparte de otros tantos en 40 edificios. La fuerza de la respuesta social se extendió y Blasco comprendió que había que recaudar fondos para nuevas iniciativas. Así nació Asociación Tudela Ciudad Cardioprotegida, de la que es el presidente. “Además de seguir proponiendo cardioprotección, invitamos a pensar qué podemos hacer nosotros por la ciudad”, reflexiona. Los alcaldes de otros pueblos se sumaron a esta cadena. Poco a poco, la asociación fue adquiriendo fuerza y solicitó comparecer en el Parlamento foral. Blasco se presentó ante los parlamentarios y dejó sobre la mesa tres propuestas. Una de ellas impacta de lleno en lo educativo. “Propongo que se imparta dentro de la asignatura de Educación Física 4 horas al año de reanimación cardiopulmonar”, explica. “¡Qué cosa tan sencilla y que puede suponer mucho en la historia de una comunidad!... Si a todos los chavales, desde los 7 años los vas formando poco a poco, seguro que se convierten en pequeños héroes anónimos. También es fundamental que en las entidades deportivas, con equipos base, que los entrenadores o preparadores sepan manejar el RCP. Con una vida que se salve habrá merecido la pena tanto esfuerzo. Y la muerte de mi hijo habrá tenido sentido si logramos que la muerte de unos salve a otros”.
Juanjo Blasco reconoce que queda mucho trabajo por hacer. “Lo importante es saber cómo actuar ante alguien en el suelo que no responde. Y esto es una labor de todos. Hay que sacar buenas personas de los colegios para que se puedan enfrentar a la vida. ¿Cuántos chiquillos se quedan con sus abuelos solos en casa? ¿Y si el abuelo se duerme y no despierta...?”.


Javier Arilla, piloto de rescate


El piloto de helicópteros de rescate Javier Arilla Istúriz, pamplonés de 61 años, casado con Ana desde los 26 y padre de dos hijos, Javier e Íñigo, se siente estos meses algo más reflexivo y melancólico. Para el piloto más experimentado de la flota de Navarra, rebasar la barrera de los 60 años ha supuesto un “duro golpe”. Con cierta resignación, admite que “el final de su vida aeronáutica” está muy cerca. “Y es duro pensar en la jubilación cuando llevas más de 30 años y más de 7.000 horas de vuelo”. Aun y todo, se aferra a la imagen de su profesor, su “maestro” y referente profesional, Isidoro Majano, quien a los 67 años aún sigue en el aire.
Respeto, prudencia, un poco de miedo y Fe, con mayúsculas, conforman los ingredientes que le ayudan a volar hasta la delgada línea roja del límite en un rescate y sobrepasarla. Javier Arilla se considera un hombre religioso y tiene claro que la fe es el “ángel de la guarda” que le acompaña en momentos críticos. “Mi copiloto”, afirma. Resopla al calcular el número de rescates desde 1989. “Imposible”, se disculpa. Sin embargo, al pensar en las vidas que ha salvado, gesticula convencido. “Algo así no se olvida. Han podido ser unas 25 personas”. En cada actuación, los pensamientos del piloto están en la angustia de los familiares de la persona a la que va a ayudar. Se le humedecen los ojos al recordar un caso. “Hablo desde el corazón”.
Son las cuatro y media de una tarde lluviosa de enero de 2018, en la base de helicópteros en Miluce.¿Cómo fueron los inicios?Empezamos en los años 89-90. El Gobierno de Navarra tenía el grupo de montaña y de buceo. Entonces te daban el helicóptero con el bambi, la cesta para lanzar el agua, y una grúa. Aprendí a la vez que los bomberos. Luego se disolvió el grupo y llevamos unos años con el Grupo de Rescate Especial de Intervención en Montaña (GREIM).


¿Hay un antes y un después?En mi vida no es que haya habido un detonante en el que te dices que quieres salvar vidas. El gusanillo se despierta cuando estaba con los bomberos. Me marcó especialmente la confianza que depositaban en mí. Me acuerdo de un rescate de un muchacho ciego que se ahogó en Belagua, en Juan Pito. Era un día infernal, de ventiscas espectaculares. Los bomberos no estaban todos en Pamplona. Yo me llevé de aquí tres y recogimos a otro en Sangüesa. Me acuerdo de la pregunta que me hizo Javier Zapata al subir al helicóptero: “¿Javier, cómo lo ves?”. Yo le contesté: “Hasta donde podamos...”. Me di cuenta de que la gente que llevas detrás depende de ti.
Hasta donde podamos...Ese “hasta donde podamos” es el límite. ¿Por qué ese límite? Porque hay situaciones en las que sabes que, o lo sacas tú y te metes en la boca del lobo, o muere. Me acuerdo de una pareja que se quedó aislada en un collado. Estaban sin equipar, a 18 grados bajo cero, y anochecía. Sobrevolamos la zona con el foco del helicóptero, en plena noche. El chico se había roto el brazo y la nieve les cubría hasta la cintura. En esta intervención, el límite era la noche. Estaba convencido de que si renunciaba por el hecho de volar de noche, al día siguiente los íbamos a encontrar muertos. Al final el rescate salió bien.
Entonces, los límites los establece el piloto.El piloto no puede recibir ninguna presión interna. La presión se va generando conforme vas llegando al lugar.
¿Qué le mueve a seguir?A veces te preguntas dónde poner el límite. Eres consciente de que la vida de la persona a la que vas a rescatar depende de tu ayuda, pero, claro, yo tengo familia y los que llevo detrás también. Es complicado. Va todo en conjunto. No haces más valoraciones. Te concentras en no cometer errores. Puede la satisfacción de llegar a ese límite por el resultado. Mucha gente no es consciente de lo que estás arriesgando. Hay veces que dices ¡buf!
Sonríe al recordar el rescate de una mujer embarazada a la que se le complicó un parto natural.
¿Qué pasó?Me llamaron a las once de la noche. Ese mismo día, había estado por la mañana buscando a un pastor por la Bardena. Luego, un incendio en Orbaitzeta. Y por la noche, una mujer embarazada da a luz en las inmediaciones de Equiza, en una comuna, pero se le complicó. Había llovido mucho y no podían acceder los vehículos hasta ellos. Madre e hijo podían morir. Normalmente no volamos de noche, pero como lo he hecho en Aduanas no me genera tensión. Tiene que ser algo muy especial para que un piloto se lo plantee. Hay que conocer muy bien la zona, porque te puede esperar un cable... Y Arilla la conocía de cuando se construyó la presa de Itoiz. Así que desde el aire siguió las luces de los coches para orientarse. Estuvo a punto de darse la vuelta, pero, entonces, distinguió unas luces, de un coche patrulla, y el fuego de una hoguera que había mandado encender cerca de la comuna. El viaje acabó con final feliz.
¿Supo después algo de la mujer?Nada. Normalmente la gente cuando la rescatas está tan agobiada que lo que quiere es que la saques de allí y no se para a pensar que todos los que acudimos a un rescate, tanto en helicóptero como por tierra, estamos poniendo en riesgo nuestras vidas.
¿Hay un límite?Es cuestión de empatía. Ha habido veces que las condiciones eran tan malas que llegas a pensar que no vas a volver.
Usted habla siempre en plural, pero al final el piloto es el que toma la última decisión.(Asiente)
Volvemos a la empatía. El ser capaz de ponerse en el pellejo de quien lo está pasando mal. Pero esto implica más personas a su alrededor: familiares, amigos... Es lo que en el fondo implica salvar una vida. No es solo salvar a esa persona, sino evitar el destrozo emocional que puede generar alrededor de su muerte.
¿Hasta cuándo va a seguir?Cada seis meses paso el reconocimiento médico, pero seguiré volando hasta que en una situación vea que no la analizo bien con la experiencia que tengo.
¿Es religioso?Sí, soy religioso. He estado en situaciones en las que claramente he sentido a mi ángel de la guarda sentado a mi lado de copiloto. Han sido unas cuantas veces en las que le he pedido que me eche una mano (se emociona). Una vez fuimos a por un herido en el Valle de Arce. Un chaval que se había seccionado la femoral. Estaban cortando madera en el monte, llovía y había una niebla del carajo. Recuerdo que iba con el equipo médico y ellos me dijeron que les dejase donde pudiera. Entonces les hice mención a mi fe, al copiloto que llevo a mi lado, y me acabé metiendo entre la niebla. Podía ver el suelo de la senda y avanzaba despacito. Pensando en que si empeoraban las cosas, siempre tienes una vía de escape preparada. Estaba tranquilo. Al final llegamos prácticamente donde estaba el chaval y nos los llevamos.
Meses después, coincidió con él en una entrega de premios en el Parlamento de Navarra. “Estaba la mujer del chaval, sin pierna, y el hijo. Me derrumbé al decirme la mujer que le había salvado la vida. He tenido varias historias en las que decir “Por favor, échame una mano”.
En conclusión, este componente religioso es el que le ayuda a ir más allá.Sí, sí. Le hablo desde el corazón. No buscas la palmada de nadie. La mayor satisfacción es ver al leñador vivo junto a su mujer y a su criatura. Sabes que el riesgo que asumes hace que la vida siga fluyendo con normalidad. Si me da pena dejar este oficio es por eso.


Antonio Ferreira, Policía Nacional

Recuerda a diario lo que sucedió aquella tarde de Navidad del 2013 en la NA-150, en el municipio de Lizoáin. Eran las 17.30 horas. “Aquel accidente me impactó sobremanera. Fue algo diferente. Aún siento el cuerpo del bebé, entre mis brazos, su olor, su piel... Hay páginas que cuesta pasar. Hubo un antes y un después de aquello...”. Anochecía ese 25 de diciembre. Antonio Ferreira Diéguez, miembro de la Unidad de Intervención Policial (UIP), regresaba a Pamplona junto a su mujer tras disfrutar de su día libre en Roncesvalles. “Decidimos tomar otra ruta”, recuerda. “Nos adelantaron varios coches y poco después vimos una gran humareda”. Uno de los vehículos que les acababa de adelantar había impactado contra la esquina de una casa de piedra. “Paramos. Había un hombre con un bebé en brazos. El bebé estaba morado. Lo tomé en las mías, lo introduje en mi coche y empecé a reanimarle insuflándole aire y realizando pequeñas comprensiones sobre el pecho. Me quedé junto al pequeño, sintiendo que no se iba, hasta que llegó la ambulancia medicalizada y se lo llevaron. En un accidente es muy importante que la persona herida no se sienta sola. El contacto es la mejor manera de que no se vaya. Dar la mano y decir que luche”. Días después, Ferreira preguntó por su estado. “Me enteré de que no había quedado bien. Que había perdido movilidad”, expresa, afligido. “Se me quedó una espina clavada porque no hubiera salido mejor...”, admite. Tras publicarse su historia, la gente le paraba por la calle y le preguntaban por el estado del niño. “Recibí mucho calor, pero la familia no habló más conmigo. Me hubiese gustado saber de ellos”. Para este miembro de la UIP, el mayor de tres hermanos, hijos de agricultores que se vieron obligados a emigrar a Suiza y Alemania, “lo que lleva a alguien a dar un paso más y salvar una vida nada tiene que ver con un uniforme o un oficio, sino con la persona”, subraya. “Mis padres desde crío me han enseñado a ayudar a los demás, a ponerme en la piel del otro. Esta semilla, si se enseña desde crío, se hace grande”.


Guardia Civil (Pamplona)




4 .30 de la madrugada. Junio de 2016. Un hombre de 39 años se lanza del puente de Santa Engracia de Pamplona a las aguas del río Arga. Tres jóvenes son testigos de lo ocurrido y buscan ayuda en la carretera, a la entrada de la ciudad. Aparece por sorpresa un patrol verde de la Unidad de Seguridad Ciudadana de la Guardia Civil (USECIC) que viene de Alsasua en dirección a la comandancia. Los tres agentes que van en su interior saltan del coche y se encaraman a la estructura de piedra del puente. Los guardias civiles tienen 39, 46 y 50 años. Uno de ellos, aficionado a la escalada, se desprende del chaleco antibalas, de la pistola y del cargador, con intención de lanzarse al río. El mayor de los tres guardias lo detiene. De madrugada, en pleno mes de junio, el cauce se encuentra más seco de lo habitual. La oscuridad lo engulle todo. Un hombre vestido de negro flota en el agua. Su resuello se escucha. Los agentes presienten que le queda un hilo de vida si no intervienen rápido. “Sin pensarlo”, el de 46 años se descuelga de los brazos de los compañeros y se deja caer sobre una repisa de piedra. El agente avanza contra corriente hasta dar con su cuerpo. Le sujeta del brazo tirando de él hacia la superficie. El hombre intenta zafarse. “Déjame morir”, le suplica, tragando agua. Hasta el lugar han acudido bomberos del parque de Trinitarios, que les esperan en lo alto con un arnés para alzarles. Una ambulancia traslada al herido al Complejo Hospitalario. Aunque la jornada de trabajo de los agentes finaliza a las seis de la mañana, acuden a la casa de la madre del afectado para informarle de lo ocurrido. Ella les da las gracias. Después, se dirigen al hospital para comprobar su estado. Estaba sedado, tranquilo.Un año y medio después, los tres agentes han vuelto al puente de San Engracia para recordar. Es diciembre y el paisaje del Arga ha variado. Las lluvias y nieves caídas los últimos días han elevado su caudal. Con las miradas fijas en el salto de agua verde que altera levemente la placidez de la corriente a esta altura de la ciudad, los tres explican por qué “dar un paso más” y salvar una vida poniendo en riesgo la suya. Los tres están casados y tienen hijos. Precisamente, el que saltó al agua espera un bebé, “el cuarto”, sonríe. “Sea invierno o verano, llevar a cabo una intervención sobre un río de madrugada tiene sus riesgos”, expresan, reconociendo que en pleno invierno también se hubieran tirado al agua de madrugada. “Lo principal para trabajar en algo así, coinciden los tres, es la empatía. Querer ayudar a los demás. Supongo que nosotros dimos un paso más, porque lo suyo es llamar y que vengan. El río es muy complicado”. Esa mañana, cuando llegaron a casa, se metieron a la cama satisfechos “por haber hecho algo bueno”.

Guardia Civil (Mendavia)
La rápida actuación de dos agentes fuera de servicio de la Guardia Civil de Mendavia evitó el pasado 30 de noviembre que una vivienda de esta localidad ardiera con cuatro personas dentro. Entre ellos había una mujer de 81 años...
Eran las 22 horas. Un vecino del pueblo fue el primero en dar el aviso. Las llamas se descolgaban por la ventana de la segunda planta de la calle Doña Blanca de Navarra del portal número 24. En el interior se concentraba una densa cortina de humo, engulléndolo todo. El fuego devoraba una fina tubería de gas. Uno de los agentes, Alberto, de 44 años, esperaba dentro de la comandancia el cambio de turno, cuando llegó el vecino alertando del incendio. Sin pensarlo, salió corriendo hacia la calle con la intención de subirse a su moto y dirigirse al lugar del suceso. A la entrada del cuartel, en su salida apresurada, coincidió con el brigada Antonio Rodríguez León, de 57 años, que en ese momento sacaba la basura de casa. Ambos subieron a un coche patrulla y condujeron hasta el centro del puebloAl llegar, “analizamos la situación”, recuerdan, “primero tranquilizando a los vecinos que se concentraban en la calle y, acto seguido, sin pensarlo, entramos”. Dentro seguían los cuatro inquilinos, “empecinados en sofocar el incendio con un extintor”. Alberto pidió a una vecina una toalla mojada y se la colocó en la cara. Primero entró él, y por detrás el brigada.
Las escaleras del interior eran estrechas y de madera. Por suerte, la vivienda carecía de gas natural, porque el fuego había fundido una tubería. Las cuatro personas se resistían a abandonar la casa, intentando recuperar sus pertenencias. “Yo les repetía que lo importante es la vida, ¡que lo otro ya se solucionaría!”, cuenta León.Ante la viveza que adquiría el fuego y el humo, se dejaron ayudar. Los evacuaron hasta la calle. “Pedimos unos cubos de agua y los vecinos hicieron una cadena hasta el interior del inmueble”, sigue recordando León. Dentro, en el salón, aguardaban los dos guardias civiles, frente a las llamas, entre el humo. Finalmente lo consiguieron apagar y los bomberos les felicitaron al llegar.
Después de la intervención, los dos miembros de la Guardia Civil acudieron al centro médico para ser examinados por una posible intoxicación por monóxido de carbono. “Aquella noche sólo hicimos nuestro trabajo”, expresan.No era la primera vez que estos dos mismos agentes arriesgaban sus vidas para salvar otras. Alberto y Antonio actuaron en Estella en abril de 2014 en otro incendio. En aquella ocasión, resultaron heridos tras salvar la vida de tres niños de 3, 5 y 7 años. Alberto se quemó una mano y Antonio resultó intoxicado por el humo. Ese día, patrullaban a pie con otra pareja de guardias civiles de Estella, Rafael y Julio, cuando escucharon unos gritos desde un balcón. El fuego se originó en el enchufe y se extendió a una mesa camilla y al parqué. Los menores estaban solos en casa y la puerta cerrada con llave. Los agentes intentaron tirar la puerta a patadas. Finalmente, llegó la madre y la abrió. Los agentes sacaron a los pequeños y trataron de sofocar el fuego... Los bomberos de Estella terminaron de apagarlo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

En el corazón del padre Melo, periodista y sacerdote jesuita amenazado en Honduras

¡Tío Ismael! ¡Tío Ismael!”. María abre la puerta de casa y  se lanza a la cintura de su tío, que acude a visitar a la familia. La niña se aferra a su mano y tira de él. La casa está enclavada a los pies de un majestuoso cerro selvático. Ismael entra a la sala y busca la espalda de su madre, sentada en una silla de ruedas. La abraza por detrás. Doña Lita, que es ciega y atesora ya casi un siglo de vida, toma la mano de su hijo y se la  lleva a la cara. Luego se acerca a la habitación donde su hermana pequeña, Inés,  se encuentra postrada en la cama por una enfermedad degenerativa. La besa repetidamente en la mejilla. Ella no se mueve ni habla. Le coloca  la palma de la mano sobre su frente y se queda en silencio. Silencios que gritan. Inés ha sido su confidente desde niños.
En su familia nadie llama Melo a Ismael Moreno Coto, un periodista y sacerdote jesuita amenazado de muerte por denunciar la violación de derechos humanos que se cometen a diario en su país. Le bautizaron con este a…

Mujer y Guardia Civil

Han pasado 30 años. 
En pleno 2018, en toda España son 5.526 las agentes en la institución, un 7% del total.  Su día a día se encarna en las historias de Pilar, Magdalena, Aránzazu, Sheila, Nerea o Sandra. "Aún falta trecho para la igualdad. Quedan unidades a las que aún no ha llegado una mujer”.













Texto Carmen Remírez
Fotos Iván Benítez
En treinta años han cambiado muchas cosas para la mujer en la sociedad y en la Guardia Civil. Desde el 1 de septiembre de 1988, el sexo ya no es un impedimento para acceder al Instituto Armado y algunas de esas pioneras que ese otoño estrenaron los precarios vestuarios femeninos en la Academia de Baeza (Jaén) siguen hoy vistiendo con orgullo el uniforme y el tricornio. Para seguir, en ese tiempo se ha normalizado mucho la condición de agente de la Benemérita en una sociedad en la que la lacra del terrorismo etarra es afortunadamente un mal recuerdo y no tienen ningún problema en dar la cara para estas páginas como mujeres, sí, pero como guardias civil…

¿Regresar a casa, a Siria?

Hubo un tiempo en el que los sirios vivían en familia. Sus casas se levantaban en torno a la familia. La vida confluía en casa de los abuelos y los tíos. Pero un día la guerra lo dinamitó todo, incluido el núcleo familiar. Ocurrió en marzo de 2011. Según la ONU, el conflicto continúa siendo la mayor crisis mundial. Más de 920.000 personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares en 2018. Este es el retrato de uno de estos núcleos familiares, al este de Alepo, un lugar arrasado por la metralla. El miércoles 20 de junio se celebrará el Día Mundial de las Personas Refugiadas.


"¿Regresar a casa, a Siria?”. La respuesta se encuentra en los motivos que condujeron a sus habitantes a convertirse de la noche a la mañana en refugiados y desplazados. Las razones de no querer regresar se hallan en el interior de edificios consumidos por el silencio. Porque esto es lo que queda en los barrios en los que nacieron y crecieron: silencio. El silencio de la muerte. El silencio de la destrucci…