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Aterriza como puedas (cuando se para el motor)

Con tan solo 5 años de edad, Pedro Santurde López ya soñaba con volar. No recuerda bien el motivo que prendió esta chispa. Tan solo que quería ser piloto. Tal era esta obsesión que el primer regalo que pidió a los Reyes Magos fue una maqueta de avión. Un regalo que, sin embargo, quedó empañado por el “despiste” de los Magos de Oriente. Le trajeron una ambulancia. Esos días de enero, Pedro los pasó malhumorado por el presente hasta que se le ocurrió dar la vuelta la situación. Fabricó unas alas de papel y las pegó en la ambulancia.
Con el paso de los años su inquietud fue tomando altura. Las pocas monedas que recibía de paga las gastaba en las máquinas de los bares jugando a aterrizar y despegar aviones. Y por la noche -ya en casa-, se tumbaba en la cama, cerraba los ojos y daba rienda suelta a su fantasía de aviador.
Pero un día los sueños tuvieron que tomar tierra. Pedro debía revelar a su padre su deseo de estudiar en una academia para piloto. Anhelo que su padre zanjó con un “¡déjate de chorradas! ¡Tú a la obra!”. Pedro se puso a estudiar obras públicas y al terminar se colocó en la construcción. Aunque su sueño seguía cosido en el interior.
Estudió aeronáutica de manera autodidacta y a espaldas de su padre. Con su primer sueldo en la obra viajó a Francia, se compró un ultraligero de tubo y tela, y emulando a los hermanos Wright, pioneros de la aviación, probó el invento en la playa de Hondarribia. En los dos primeros vuelos despegó y aterrizó sin problemas, pero en el tercero, al realizar la maniobra de aproximación, se dio “un buen galletazo”. Ahí es cuando se dio cuenta de que debía que ir a una escuela y prepararse bien como piloto.
Han transcurrido 30 años de aquella hazaña y Pedro ha cumplido 52. En la actualidad trabaja como instructor de vuelo y dirige en Lumbier junto a su mujer, Belén Arias Pérez, el Centro Internacional de Vuelo Pyrineum. Una escuela de formación de pilotos de ultraligeros, ubicada en un enclave natural a 40 kilómetros de Pamplona y 80 de Jaca. Aquí, a los pies del Pirineo occidental, Pedro enseña y promociona la pasión de su niñez por volar. Su misma pasión.
Aquel “galletazo” le marcó a fuego. Se le escapa una sonrisa cada vez que lo cuenta. Y sus ojos azules adquieren un brillo especial. Es la sonrisa del sueño cumplido. “¡Porque volé! ¡Llegué a volar!”, afirma con vehemencia. “No sabía si tenía miedo a volar porque nunca había volado en mi vida y no tenía conocimientos aeronáuticos”.
Para este instructor de Ejea de los Caballeros, padre de 4 chicas, la formación no tiene fin. “Sigo estudiando porque quiero ser el mejor instructor del mundo. Mañana (por el martes) voy a volar a Madrid para aprender vuelo acrobático. Quiero prosperar, evolucionar y transmitir los conocimientos a la gente. La mayor satisfacción es cuando mis alumnos bajan de la aeronave contentos, tranquilos, emocionados. Entonces me considero el hombre más feliz”.
El aeródromo, formado por una pista asfaltada de 570 metros, se encuentra flanqueado por la Peña Izaga y la Foz de Lumbier. Junto a la pista hay siete hangares con 17 avionetas propiedad de particulares. En dos de estos hangares, de uso exclusivo de la escuela, se encuentra la atracción estrella del aeródromo, un simulador “que hace las delicias de los turistas y que también sirve de herramienta de aprendizaje para personas que sueñan con volar”, explica. El aeródromo cuenta con dos avionetas y un autogiro, una nave “peculiar” -híbrido entre avioneta y helicóptero- el único en todo el norte de España que se emplea para formación.
Más que un aeródromo se puede describir Pyrineum como una pista de despegue de sueños. Un espacio donde, además de poder obtener el título de piloto de ultraligero, cualquier persona puede sentir la libertad de un ave por un día. “Aquí viene gente de todas las edades que han volado sin problemas. Es más fácil incluso que manejar una moto...” (sonríe). Eso sí, aclara, “las maniobras más complicadas, la de despegue y aterrizaje, las ejecuto yo”.
Pedro insiste en dejar claro que el objetivo de la escuela “no es mostrar solo la diversidad de la tierra desde el aire, sino promocionar la capacidad de volar”.
La avioneta es algo así como un coche de autoescuela donde los mandos están duplicados en la cabina. “No hay ningún peligro”, insiste. “El 90 por ciento de la gente que ha volado se ha sentido satisfecha”. Además del curso de ‘piloto por un día’, en este aeródromo se llevan a cabo cursos para quitar el pánico a volar. Un tipo de fobia que acompaña a muchas personas obligadas a volar por su trabajo. Este curso dura un fin de semana e incluye una práctica en el simulador, una clase con una especialista y una hora de vuelo.
El domingo pasado, Ana Santesteban Ezcurra, de 41 años, fue la última en ponerse a los mandos de una avioneta. Controló uno de los dos aparatos del centro a unos 2.000 metros de altura. “Una amiga me regaló el curso”, recuerda su experiencia esta trabajadora de una clínica dental. “Al principio pensé que me tenía que subir en un ala delta y me negué porque sufro de vértigos. Pero cuando vi por Internet en qué consistía, me animé”. Una vez que la avioneta ascendió hasta los 2.000 metros -relata-, “Pedro soltó las manos de los mandos y yo le dije: “¡Pedro, por Dios!”. Acto seguido, el instructor explicó lo que debía hacer y durante casi una hora Santesteban controló sola la aeronave. Volaron desde Lumbier al Pirineo, sobrevolando también el embalse de Yesa y Javier. “Fue increíble. Navarra es impresionante. Si tuviera dinero lo haría todos los fines de semana (la clase cuesta 150 euros)”. Abajo, en la pista de aterrizaje del aeródromo, grababan la pericia en vídeo dos amigas, una de 69 años, con minusvalía, y otra con más de 70. “Me encantó y como mis amigas me vieron disfrutar y bajé tan emocionada, se han apuntado las dos para el 20 de mayo”, ríe. Por lo tanto, las dos amigas se convertirán también en ‘piloto por un día’.

Navarra desde el aire

Pedro invita a probar la experiencia. Saca la avioneta del hangar y la prepara para la ocasión. “El protocolo de seguridad es clave”, señala. “Antes de despegar la revisamos entera y dentro de la cabina realizamos una nueva inspección”. Luego, “procedemos...”.
Los 450 kilogramos del fuselaje ascienden hasta una altitud de unos 2.000 metros y a una velocidad de 65 km/h. El verde lo domina todo en esta Navarra que discurre paralela al río Irati. Los pueblos de la Merindad de Sangüesa emergen de la nada como casitas de juguetes. Caminos serpenteantes que parecen jugar a encontrarse. Quietud. Sosiego. Pedro sostiene con suavidad el mando de la nave, con un ojo en tierra y otro en el copiloto. “¿Todo bien?”, pregunta, analizando la reacción de un acompañante que solo quiere seguir mirando hacia abajo. Los pensamientos se descuelgan una y otra vez a través del visor. “No me preguntes por los nombres de los pueblos, no soy un taxista”, advierte. Las miradas vuelven a ausentarse. “Está entrando tormenta”, advierte, señalando hacia el pico Ori. “Por allí ya está lloviendo. Hay que volver”.
Antes sobrevuela Roncesvalles y acaricia la lengua blanca que se derrama amenazante desde Ibañeta. Y con la niebla y la galerna avanzando, por un lado y por el otro, se desentiende de los mandos. “Es tu turno”, dice de repente. “Ahora te toca dirigir la aeronave”. Entre sonrisas nerviosas, la mano derecha se aferra a los mandos, al joystick, sin saber muy bien qué presión ejercer. “Con suavidad, hacia la izquierda, a la derecha....”. El mar de los Pirineos, Yesa, al fondo, consigue sustraer de nuevo la atención del aprendiz. Aunque Pedro no tarda en retomar el control. “Hay que volver. El tiempo se está poniendo feo...”.


La aeronave no tarda en posicionarse sobre la vertical del aeródromo. Y, de nuevo, susto. La hélice deja de girar. Mirada circunspecta. “Se ha parado el motor”, dice. “Pero tranquilo. No pasa nada. Vamos a planear hasta aterrizar. Esta es una de las maniobras que enseñamos a nuestros alumnos”. Como una pluma en el aire, la máquina se deja caer con suavidad hasta la pista, la misma que alivia miedos y hace germinar sueños. También el de Pedro.

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