Ir al contenido principal

San Valentín bajo las bombas en Damasco

Si es complicado entrar en Siria, lo es más aún dejarla. Después de meses de gestiones en 2017 para conseguir el visado, recibo una llamada en enero de 2018: “Le han concedido el visado para viajar a Siria”. Las palabras de la funcionaria cayeron como un jarro de agua fría. No lo esperaba. Mientras asimilaba el mensaje, la voz de la funcionaria continuaba: “Pero tiene que confirmar el viaje esta misma semana. Debe presentarse en Madrid con el pasaporte, el billete, la lista de material que va a llevar... Y una cosa más, -añade- el visado es sólo para 10 días”. Al colgar, sobreviene una mezcla de angustia y felicidad. Todo a la vez.

La imagen de Georges Sabé, Hermano Marista de origen sirio se encarga de devolver la calma. Me tranquiliza recordar el eco del discurso que pronunció en diciembre de 2016 en el Palacio de Navarra. Lo hizo con un crucifijo de madera al cuello y vestido con una sudadera azul, color que distingue a la orden. Ese día, los Hermanos Maristas Azules recibían el Premio Internacional ‘Navarra’ a la Solidaridad.

“Para ser consciente de lo que está pasando en Siria, hay que vivirlo desde dentro. Los medios aportan una idea muy limitada”, explicó Sabé. “A veces, lastimera. Hay que sentirlo. Ver a la gente, cómo le quitan la casa... Perdidos. Están perdidos. No tienen nada que hacer con la guerra. La gente está destrozada para siempre. Las heridas de la guerra; la gente que se ha marchado: vecinos, familia... Nos hemos convertido en un pueblo de mendigos. Y no queremos ser mendigos. Queremos vivir”, sentenció, con la escultura de Oteiza en la mano derecha y un diploma en la izquierda. El premio, que por entonces era de 15.000 euros, lo concede el Gobierno foral y Laboral Kutxa.

Un día antes de recoger el premio, los alumnos del IES Navarro Villoslada y los del colegio marista tuvieron la oportunidad de escucharle. Allí les contó cómo en 2012 la que fue la primera ciudad industrial y cultural de Siria se dividió en dos partes: una controlada por el ejército sirio y otra por las organizaciones terroristas de Daesh (ISIS) y el Frente al Nusra. Y se convirtió en la “ciudad del adiós”. Les contó que de los 2 millones de habitantes de la ciudad en la que nació no queda ni la mitad de su población. Y de los 300.000 cristianos en Siria apenas quedan 20.000. Cinco días después, regresó a Siria y el ejército gubernamental sirio liberó de 2.000 yihadistas a su ciudad.
PAMPLONA-DAMASCO
Un martes y 13 del mes de febrero de 2018, Diario de Navarra viaja hasta Damasco y después a Alepo para comprobar el trabajo de esta comunidad formada por dos religiosos, Georges Sabé (67 años) y Georges Hakim (73), y los 85 voluntarios que les acompañan, tanto musulmanes como cristianos, la mayoría de ellos mujeres.

Un par de días antes de despegar, compro un figura de escayola de San Fermín en la calle Estafeta y cuatro ‘pañuelicicos’ rojos. La idea es llegar con el San Fermín a Alepo. El vuelo despega de Bilbao con un retraso de 40 minutos. Mal asunto. Hay que hacer escala en París. Aterrizamos a las 9.15 horas y la conexión con Beirut es a las 10. Acaricio inconscientemente la caja de cartón donde va el copatrón de Navarra. Corro por la terminal parisina . De la G a la E, luego a la K. De autobús en autobús. Faltan 15 minutos. “Lo peor de perder un avión es que te den con la puerta en las narices”, me dice una pasajera que viaja a Madagascar y también corre. No nos conocemos y nos deseamos suerte.

La misma que he deseado a los jóvenes de la ONG Alboan que viajan a Grecia para colaborar en la casa de acogida que los jesuitas tienen en Atenas. Son las 9.55 horas. Parece que la puerta sigue abierta. La azafata sonríe. Soy el último. Con las cámaras colgadas al hombro, San Fermín en una mano y en la otra una pequeña maleta, embarco feliz. Vuelvo a acariciar el San Fermín. Y esto no ha hecho más que empezar. Escribo a Georges Sabé en el avión antes de despegar. Responde al minuto: “¡Bravo!”. Buena señal. Así comienza este viaje a Siria.

LA FRONTERA

Aterrizamos en Beirut a las 16 horas. Samer, el taxista contratado desde Damasco, espera paciente en la terminal. La capital libanesa se presenta caótica, saturada de población y vehículos, cargada de contaminación. Varios niños refugiados sirios esperan en los semáforos y se cuelgan de las ventanillas de los coches vendiendo todo tipo de cosas. El taxi asciende la carretera que lleva al valle de la Beqaa. A ambos lados de la carretera se distinguen las tiendas de lona de los refugiados. Baja la temperatura hasta los 4 grados.

Paramos a tomar un café cinco kilómetros antes de la frontera. Cambio 300 dólares por 138.000 libras sirias. Tres ladrillos de billetes. Atravesamos las localidades de Zahle y Bar Elias. Llueve a mares. Después, la frontera con dos controles militares. Primero el libanés y luego el sirio. El militar sirio que me atiende en la ventanilla quiere conocer la empresa para la que trabajo. Hay una lista negra de medios y periodistas a los que no se les permite la entrada. Le muestro el correo del Ministerio de Información en el que puede leer en inglés que debo estar al día siguiente en Damasco para gestionar los permisos y recoger el carné de prensa. El militar, con cara de pocos amigos, se pliega al correo del ministerio y estampa el sello de entrada en el pasaporte.

Acabo de pisar Siria. Por fin. Las fotografías de Bashar al-Assad, presidente sirio, con traje, corbata, uniforme militar, saludando, inexpresivo, sonriente... La noche y la niebla lo envuelve todo. Por delante quedan 35 km a Damasco y decenas de puestos militares. Una autovía en toda regla, bien asfaltada. Las farolas dejan de funcionar y los 22 siguientes kilómetros nos abrimos paso con la iluminación de los focos del coche. La sensación de cruzar la frontera a ciegas sobrecoge. Se escuchan explosiones. “Impresionante bienvenida”, comento. “Así es todos los días”, observa el taxista. El alumbrado vuelve pocos kilómetros antes de entrar en Damasco. La plaza de los Omeyas engulle mi atención. Como un guía turístico, Samer señala hacia un monumento de vidrieras de colores que representa la fuerza y la inmunidad de la ciudad. Es la espada de Damasco. En frente, el monte Casium dominando Damasco. Sobre sus faldas trepan caóticas viviendas de cemento. Al oeste, en sus laderas se halla el complejo residencial del presidente Bashar al-Assad y los cuarteles de la Guardia Republicana. Aquí, en este monte, según la tradición se cometió el primer crimen de la Humanidad, el lugar donde Caín mató a su hermano Abel. Apodada la Ciudad del Jazmín, Damasco es la capital y la segunda ciudad más grande de Siria después de Alepo.

Atrás quedan las luces azules y blancas de las casitas del Casium. La aparente normalidad del primer anillo damasceno contrasta con los barrios de la periferia. Esa misma mañana han caído morteros en la ciudad procedentes de Guta. “Nadie está a salvo. Sales de casa y no sabes si volverás”.

Siria es uno de los países más complejos del mundo árabe por su composición étnica y religiosa. Como país habitado más antiguo del mundo, “las lecturas simplistas no son aplicables al marco suníes contra chiíes”, aclaraba hace dos meses el profesor e investigador de origen sirio Pablo Sapag en la presentación de su obra Siria en perspectiva. “La Hermandad Musulmana aspira a que el Estado sea confesional suní y en Siria el Estado es aconfesional desde la independencia, aunque en la práctica diaria es multiconfesional. Allí, los sirios celebran por igual las festividades del islam y las cristianas. El pueblo sirio sabe que el triunfo de la Hermandad Musulmana supondría una confesionalización del Estado y termina apoyando al Estado como garante de la multiconfesionalidad, aunque discrepe enormemente con Bashar al Assad”.

Este tema de la multiconfesionalidad también lo abordó Georges Sabé en Pamplona, en diciembre de 2016. “Siria es fruto de una guerra de intereses internacionales por el control de los recursos económicos de un país que hasta antes del conflicto era una paleta multiconfesional basada en la tolerancia. Por favor, decid a los grandes decisores del mundo que nos dejen en paz. ¿Por qué nos venden armas? ¿Por qué...?”, interpeló a los presentes.

Férreos controles de militares en los accesos a las principales calles. Los soldados revisan pasaportes y maleteros. Hay miedo a los coches bombas. En la acera se mezcla el olor de fruta fresca y el shawarma (pedazos de carne de pollo o cordero que giran en asadores verticales). No hay comercio sin el negro, blanco y rojo, los colores de la bandera nacional, en todas las persianas.

Samer gira hacia la derecha, deja la estación de tren Hyjaz y aparca frente al hotel Sultan, el mismo que cita el periodista Mikel Ayestaran en su libro Oriente medio, oriente roto como su “segunda casa”. Un hotelito sobrio y familiar, hoy hogar para familias desplazadas, la mayoría palestinas.

El lugar es entrañable, sencillo, con wifi. La habitación, la nº 103, da a la calle. Son las 20 horas. Dejo el equipo, cargo el móvil y salgo a cenar. Antes, en recepción, converso con Husam, uno de los propietarios. “Te vas a encontrar una ciudad en la que la vida continúa, a pesar de todo. ¿Y por qué la vida sigue? Son siete años de guerra. Es la única manera de no volverse loco”. Junto al mostrador, me sorprende una estantería con una buena colección de libros, entre ellos Don Quijote de la Mancha.
OSOS DE PELUCHE

Amanece a las seis. Damasco se despereza muy lentamente. El desayuno, a las siete, consiste en un huevo duro, pan con mantequilla y mermelada y café. La televisión está encendida. Un grupo de hombres escuchan las últimas noticias de los últimos frentes abiertos en Guta y Afrin. Quedo con Liliane, la sobrina de Georges Sabé. Ella me ayuda sobre el terreno a sortear los primeros muros burocráticos. Me regala una tarjeta telefónica. Le entrego uno de los cuatro pañuelicos. Sonríe. Me acerca al Ministerio de Información. Liliane vive cerca de Guta. “¿Sentiste miedo antes de venir?”, me pregunta. “Sí”, respondo. “Pues ese miedo es el que sentimos nosotros cada día”. Son muchos los damascenos que han muerto bajo los cohetes y obuses que lanzan los yihadistas atrincherados del grupo armado Yesh al- Islam (Ejército del Islam). En Siria han llegado a existir más de mil grupos armados diferentes. La mayoría, mercenarios.

En el edificio de hormigón del Ministerio toca esperar. Tomo asiento en un sofá de cuero sin saber muy bien qué hacer. Dos horas después, aparece Lena Mahardi, la responsable de los medios. Pide disculpas, una foto y 20.000 libras (unos 40 dólares). Al salir tendré que devolver el carné de prensa. Acto seguido, presenta a Akram, el funcionario que me va a acompañar durante los 10 días de viaje. Akram se convierte en mi sombra. Debo sufragar todos sus gastos, hasta las siete noches de hotel en Alepo. Por suerte, me permiten hospedarme en casa de los maristas. Resoplo aliviado. Lo habitual es que los periodistas se alojen en un hotel que cuesta 80 dólares la noche.

Akram fuma y bebe café sin tregua. Viste impecable y habla un castellano perfecto. Estudió Filología Hispánica en Salamanca. En una hora le explico el programa del viaje. Marca las líneas rojas. “Nada de fotografiar a militares”, deja claro. Aprovecha para hablar de periodistas “honestos y despreciables”. Incluso me cita la lista negra de algunos reporteros españoles que no pueden entrar a Siria por haberlo hecho de manera ilegal.

No podemos partir hacia Alepo al día siguiente. Hay que gestionar permisos. Saldremos el viernes 16. Aprovecho el resto del día para pulsar la ciudad, en pleno San Valentín. Me asomo por el zoco y el barrio cristiano de Bab Tuma. Un paseo corto, porque a las cinco anochece. Regreso al hostal. Escribo y telefoneo a la familia. Vuelvo a salir a cenar.

Frente al Sultán hay un pequeño restaurante especializado en batidos y shawarmas. Me siento en una de las cuatro mesitas y fijo la mirada en algún punto del horizonte, intentando detener el sonido de la explosiones.

Un grupo de estudiantes universitarias se sientan en otra mesa. Me observan con disimulo. Son sirias pero hablan entre ellas en inglés. Vuelven a mirar: “¡Bienvenido a Siria!”, exclama en un perfecto inglés Zeinab, de 19 años. Quedamos todos para la noche siguiente. Necesito conocer sus vidas.

OCRE AL AMANECER

Al día siguiente, quiero acercarme al muro invisible que separa Bab Tuma con Guta. A ese kilómetro y medio de distancia, metida entre montañas, Damasco adquiere un color ocre al amanecer. Las calles se ven limpias y ordenadas. Varios soldados, muy jóvenes y desaliñados, se bajan de una camioneta militar y atraviesan la avenida principal hacia la plaza de los Omeyas, enclave estratégico al albergar la sede del Estado Mayor del Ejército y el Ministerio de Defensa. También un punto hacia donde van dirigidos la mayoría de los morteros lanzados por los grupos armados islamistas.

Aquí también se encuentra la sede de la radio y televisión. Caminamos en la misma dirección. Se les ve cansados. Seguramente regresan del frente de Guta. He quedado con Akram. A las diez de la mañana vuelven las explosiones. Mirada fugaz al cielo azul. “Es lo habitual”, tranquiliza Akram, tratando de controlar el enfoque de la cámara. “Todo esto es militar, así que ten cuidado”, ruega. Hombres y mujeres se fotografían junto a un enorme corazón color rojo que acompaña a las letras de colores de una palabra: Damasco.

Cogemos un taxi y nos dirigimos al zoco. Son cerca de las doce. La cafetería Al-Nawfara se encuentra a rebosar de universitarias que comen y fuman en pipas de agua. Nos detenemos en la iglesia armenia católica. Un hombre coloca una bombilla sobre un mural. “En esta iglesia han caído diez morteros en los últimos días”.

Después entramos en la Iglesia Syriaca Ortodoxa. El Padre Jack nos recibe vestido con un atuendo similar al de la toga de los magistrados, una faja de color negra ceñida a modo de cinturón y un bonete cilíndrico en la cabeza. “La guerra no entiende de confesiones religiosas”, gesticula, mostrando el interior de un templo que acoge a una comunidad de unas 6.000 familias. “Todos los días caen bombas en este barrio”.

Un sacerdote greco-ortodoxo se cruza con nosotros al salir de la iglesia syriaca. Se detiene para que le fotografíe. La militarización de la ciudad recuerda a la de Beirut en tiempos de guerra civil.

"LA VIDA DEBE SEGUIR..."

Callejeando, sorprende la cotidianidad: estudiantes universitarios bebiendo en el bar de Abu George, parejas que se regalan globos con forma de corazón en el interior del zoco, osos de peluche gigantes en los escaparates, reminiscencia del 14 de febrero, niños que salen de los colegios mochila a la espalda, trabajadores pavimentando una calle...

“La vida debe seguir”, comenta una estudiante seduciendo con una mirada azul, mientras comparte una ensalada de pasta con una amiga. Han caído morteros a unas manzanas. Hay muertos. “Hay que alejarse de aquí, es demasiado peligroso”, recomienda Akram. Nos encontramos en Jaramana, otro de los barrios leales al régimen y en el punto de mira de los islamistas asentados en Yobar y Ain Tarma, a solo 1 km de distancia. El 6 de febrero murieron aquí seis civiles y otros treinta resultaron heridos. Días después, varios morteros dejarán un rastro de decenas de muertos y heridos.

En su empeño por alejarnos, Akram me lleva al bar Abu George. Existen pequeños lugares en Damasco donde se puede beber hasta olvidar, incluso en mitad de una guerra como la de Siria. El pequeño bar de Abu George, de 61 años, es uno de estos rincones. Un enclave pintoresco con olor a anís situado en Bab Tuma. “Este es un bar academia”, describe.

“Aquí se sirve el mejor arak con agua y hielo”. El arak es una bebida alcohólica anisada e incolora que “ayuda a olvidar”, aclara. El local apenas mide 10 metros cuadrados y sus paredes reverberan en tinta y recuerdos. Hoy, sin turistas y extranjeros en la ciudad, sus paredes solo guarecen las borracheras de los jóvenes estudiantes universitarios “sedientos de esperanza y ganas de beber”.

“La gente buena es la que bebe. Aquí venía hasta el propio Sadam Hussein cuando era universitario”, ríe. Me invita a un vaso de aguardiente anisado. Demasiadas emociones. “Antes en Damasco se vivía una vida sin igual...”. Salimos y comemos en uno de los restaurantes más típicos de la ciudad.

“Bienvenidos a Awrak Al Zaman”, saluda la camarera. Pedimos comida tradicional siria. Un menú por unos 10 dólares. Algo caro para la coyuntura actual. Hay que controlar el presupuesto diario si quiero terminar el viaje en condiciones. Akram enciende un cigarrillo y me habla sobre él. Es druso y proviene del sur, de Sweida. Cree en la reencarnación, no le gusta la indisciplina y lleva muy mal el caos de la ciudad.

La camarera interrumpe. Sirve una bandeja colmada de platos. Para empezar, ensaladas sirias, empanadilla con distintos rellenos de carne, espinacas y queso, falafel, hummus, pinchos de pollo y patatas... No entra el postre. Pido una cerveza. “No servimos alcohol”, se disculpa.

Frente a nosotros una pareja joven se regala miradas. Él la sorprende con un ramo de flores. Les fotografío. Ni se dan cuenta. “La vida...”, susurra Akram. Nos despedimos después de comer hasta la mañana siguiente a las 10. A esa hora saldremos en taxi hacia Alepo: 350 km y 7 horas, atravesando lo que ha sido un frente de guerra.

Me quedo en recepción con Husam. Conversamos. Hago tiempo para reencontrarme con las estudiantes universitarias que conocí la noche anterior. Nos vemos a las siete en el bar de enfrente. Sustituimos la cena por una zumo de frutas. Zeinab, Rama, Lyn y Shafeeque esperan impacientes. La charla se prolonga un par de horas. Son musulmanas y visten con el tradicional hiyab, el velo islámico que cubre cabeza y cuello. Dicen que tienen 18 años, “a punto de cumplir los 19”, ríen. Son tan jóvenes y muestran tanta inquietud por el futuro... Hablan perfectamente inglés. Estudian filología inglesa.

Lo peor de la guerra no son las bombas, al final te acostumbras. Lo peor son las guerras interiores. La guerra produce una guerra interior en cada uno de nosotros. Tenemos miedo a todo. A cualquier sonido... Estamos recibiendo la filosofía de la sangre. No sabemos qué va a suceder. En la universidad no te concentras. Cuando caen las bombas, todo suena. Los cristales vibran y te quedas esperando... cuando terminan de vibrar, seguimos la clase”. Al hablar se le humedece la mirada. Zeinab monopoliza la conversación. Su pasión es la poesía.

¿Cómo se puede vivir escuchando de día y de noche bajo la amenaza de las bombas? “La paz no tiene sonido, sin embargo una guerra pueda incluir todo tipo de sonidos. Cuando tú escuchas los bombardeos, sientes como el corazón bombea rápido y algo en tu cabeza se paraliza y quiere ser libre. Libre de cualquier ruido”. “Cuando escuchas el sonido de las bombas todos los días, a cada momento, durante años”, añade con pesar, “algo dentro de ti protagoniza el odio cualquier ruido e intenta calmar estos sonidos fuertes en lugar de ahogarse en ellos ... Esto es lo que las bombas te enseñan en cualquier guerra. Las bombas te enseñan cómo salvar tu voz hasta que la paz extienda sus alas sobre tu país de nuevo y para siempre”.



Comentarios

Entradas populares de este blog

En el corazón del padre Melo, periodista y sacerdote jesuita amenazado en Honduras

¡Tío Ismael! ¡Tío Ismael!”. María abre la puerta de casa y  se lanza a la cintura de su tío, que acude a visitar a la familia. La niña se aferra a su mano y tira de él. La casa está enclavada a los pies de un majestuoso cerro selvático. Ismael entra a la sala y busca la espalda de su madre, sentada en una silla de ruedas. La abraza por detrás. Doña Lita, que es ciega y atesora ya casi un siglo de vida, toma la mano de su hijo y se la  lleva a la cara. Luego se acerca a la habitación donde su hermana pequeña, Inés,  se encuentra postrada en la cama por una enfermedad degenerativa. La besa repetidamente en la mejilla. Ella no se mueve ni habla. Le coloca  la palma de la mano sobre su frente y se queda en silencio. Silencios que gritan. Inés ha sido su confidente desde niños.
En su familia nadie llama Melo a Ismael Moreno Coto, un periodista y sacerdote jesuita amenazado de muerte por denunciar la violación de derechos humanos que se cometen a diario en su país. Le bautizaron con este a…

¿Regresar a casa, a Siria?

Hubo un tiempo en el que los sirios vivían en familia. Sus casas se levantaban en torno a la familia. La vida confluía en casa de los abuelos y los tíos. Pero un día la guerra lo dinamitó todo, incluido el núcleo familiar. Ocurrió en marzo de 2011. Según la ONU, el conflicto continúa siendo la mayor crisis mundial. Más de 920.000 personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares en 2018. Este es el retrato de uno de estos núcleos familiares, al este de Alepo, un lugar arrasado por la metralla. El miércoles 20 de junio se celebrará el Día Mundial de las Personas Refugiadas.


"¿Regresar a casa, a Siria?”. La respuesta se encuentra en los motivos que condujeron a sus habitantes a convertirse de la noche a la mañana en refugiados y desplazados. Las razones de no querer regresar se hallan en el interior de edificios consumidos por el silencio. Porque esto es lo que queda en los barrios en los que nacieron y crecieron: silencio. El silencio de la muerte. El silencio de la destrucci…

Omar, el niño 'azul' de Alepo

Omar, de 6 años, vive en Alepo. Es uno de estos niños nacidos en el transcurso del desplazamiento en plena guerra de Siria. Nació con acondroplasia y, además, sufre el trauma de haber visto a una hermana caer herida. “Le cuesta concentrarse”, explica una de las monitoras de los Maristas Azules. A Omar le sorprende la cámara que llevo encima y se la cuelga con cuidado en el cuello. No tarda en aprender a encuadrar y disparar. Y no lo hace nada mal. Incluso le ayuda a concentrarse...