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Ultimo peldaño

Una de las dos personas encargadas de iluminar la imagen de San Fermín en la iglesia de San Lorenzo de Pamplona se llama Fermín y nació un 7 de julio. En realidad, Fermín Vélez Iriarte, de 32 años, y su compañero Mikel Vital Jimeno, de 35, son electricistas y se encargan de mantener iluminada la capilla. El martes pasado, 29 de mayo, como todos los años antes de San Fermín, Mikel y Fermín desenroscaron las bombillas que abrazan con su aura al santo moreno y las cambiaron por otras más especiales que protegen del calor el capote y evitan los reflejos de los flashes de las cámaras.

En tres días, Pamplona subirá el último peldaño de una larga escalera que parece que cuesta desplegar. Demasiado óxido acumulado. Demasiadas malas noticias en torno a la fiesta. Situación que los dos electricistas lamentan profundamente.

Es una pena que se manipule la imagen de San Fermín por circunstancias que no tienen nada que ver”, esgrime Fermín, dedicando una mirada cómplice al copatrón, justo enfrente. “Cada vez que entro a la iglesia le miro y le doy las gracias”, susurra. “San Fermín, para mí, es unión. La unión de las personas”. Estas palabras permiten rescatar del archivo de las crónicas las de Jerónimo Echagüe, amigo de Ernest Hemingway. “Aquí, en Pamplona”, decía Echagüe, “los extranjeros no vienen a colonizarnos, como sucede en otros lugares, sino a integrarse en nuestras fiestas”.

Este martes 29 de mayo, Pamplona se despereza lentamente de un interminable letargo invernal. Los turistas salpican con su presencia el centro de la ciudad. Cada vez es mayor el número de visitantes que atraviesa el Casco Viejo, de la Estafeta a Santo Domingo, en sentido contrario al recorrido del encierro. Aunque llueve a mares, destellos fugaces en blanco y rojo guían el paso hacia los corralillos. San Fermín parece acariciar esta parte de la ciudad con las yemas de sus dedos de plata.

Qué poco queda para San Fermín”, observa Carmelo Butini desde la puerta de la librería que regenta con su hermano Fermín en la calle Estafeta, la más internacional. Qué poco queda para que Pamplona pase de 180.000 habitantes a un millón...

Se dice pronto, un millón de personas, codo con codo, riendo, bailando, cantando, comiendo... Un millón de personas compartiendo tradiciones y juerga. “¡Pero fiesta de juerga, no de borrachos, ¡eh!”, deja claro Manuel Corera, director de comunicación de Kukuxumusu subido al último peldaño de una larga escalera de madera. Por cierto, ¿peldaño o escalón? El interrogante provoca un suspiro. “Lo importante es que San Fermín viste de blanco y rojo a una ciudad entera, por igual, sin distinción”, añade Corera, “y esta democratización de la fiesta, su anonimato, ¡mola!”, sonríe.

Un grupo de turistas alemanes le retrata al pasar a su lado. “Nosotros en Kukuxumusu vivimos desde noviembre un eterno San Fermín”, prosigue hablando después de bajar. Sus palabras parecen desencolarse del mural que decora la fachada de la “fábrica de dibujos” en la que trabaja. “Por eso, cuando llega junio dejamos de sentirnos extraños. Ahora es cuando comprobamos que todo el mundo a tu alrededor comienza a hablar tu mismo idioma. El 6 de junio simboliza el culmen”.

Los turistas siguen bajando. Cuesta rebasar el muro de olor a garroticos, fritos e ibéricos. Las miradas de los extraños se aposentan en cada lugar. Todo les seduce. Las balconadas derraman perspectivas evocadoras. Caminan cámara en mano, espoleados por las consignas del guía. Se hacen una foto en el Ayuntamiento y al girar la cabeza, de repente, les sorprende una nueva imagen. 

El blanco mandil y rojo chistorra vuelve a gritar a los sentidos. Emerge de la nada, de la cuesta de Santo Domingo, como un toro Miura. Los turistas se acercan hasta la cristalera de la Carnicería Jorge Fernández. Ensalivan. Rostros de asombro y regusto. El carnicero despieza una ristra de chuletones. Los prepara para las celebraciones del 6 de junio, el último peldaño. “Pasamos del pavo al chuletón”, ríe.

Probablemente, este punto de la ciudad sea el más palpitante durante las fiestas. “¡Y también en víspera de fiestas!”, apostilla Fernández riendo. Porque ya falta menos.

 Jesús Mari Huarte: "También siento inquietud"

“San Fermín es tradición y fiesta alrededor de nuestro copatrón”, describe este pescadero de 53 años, un pamplonés de toda la vida que trabaja en el mercado de Santo Domingo. Tradición que, sin embargo, se vuelve oscura al llegar la noche. Entonces, “la inquietud” se adueña de su casa al ver salir de ella a sus dos hijos, de 21 y 18 años. Subido a lo alto de una escalera metálica plegable y con uno de los pescados frescos que ha recibido esta misma mañana, Jesús Mari Huarte reconoce que “la noche es mucha noche”. Solo desea que la tradición vuelva a echar raíces y que la fiesta recupere el blanco y rojo de la ilusión. Peldaño a peldaño.Tomás Jiménez Alfaro y Ana Bautista Lara: "Busco la charanga" 

Tomás Jiménez Alfaro y Ana Bautista Lara: "Busco la charanga"

Él de Peralta y ella de Sevilla. Un buen maridaje para pulsar la realidad sanferminera. Para este matrimonio, que regenta uno de los puestos de verduras y frutas del mercado de Santo Domingo, San Fermín es “principalmente calle y buen ambiente”, dicen. “Esta fiesta solo se puede contar si se conoce y se vive desde dentro”, deja claro Jiménez, reflexionando acerca del aluvión de críticas que las fiestas están recibiendo en los últimos años. “Ahora se está dando más bombo al tema de la inseguridad, pero siempre ha habido inseguridad, es normal”, añade. “Al final, hay mucha gente”. Tanto a Tomás como a Ana les gusta adentrarse por las calles del Casco Viejo, por Estafeta, en busca de charangas.

Jorge Fernández Sánchez y Belén Blanco Lillo: “Pasamos del pavo al chuletón”

La carnicería que hay al final de la cuesta de Santo Domingo, la misma que atrae turistas, es un buen termómetro de lo que ocurre un mes antes de San Fermín en Pamplona. La gente sale del comercio cargada de bolsas. “Es que es víspera de San Fermín...”, reivindica Jorge Fernández, su propietario. “El 6 de junio es nuestro pequeño chupinazo particular, solo para los de Pamplona”.

Ambos aseguran que se celebra cada peldaño, principalmente en las sociedades y entre gente de 30 y 50 años”, detalla. “A medida que se aproximan las fechas, se consume más. Estamos vendiendo bien”, reconoce. Eso sí, el consumo presanferminero varía del 2 de febrero al 6 de junio. “En la escalera de febrero vendemos pavo y en junio chuletones”, ríe. Él de Pamplona y ella de Córdoba, los dos coinciden al afirmar que Pamplona sigue siendo una ciudad segura. “No hay inseguridad en San Fermín, todo lo contrario. A nosotros, que trabajamos en el mismo corazón del chupinazo, nadie nos estropea nada. De hecho, el 6 de julio solo colocamos un tablón en la puerta”, aseguran. Respecto a las informaciones negativas que empañan la imagen de la ciudad, Fernández admite que una periodista de un programa nacional le hizo una vez una entrevista “y solo me pedía que le dijera cosas malas de la fiesta”.

 Mikel Vital y Fermín Vélez: “Cambiamos las bombillas al santo”

Subidos en una escalera de madera frente a la imagen de San Fermín, dos electricistas de Artajona Electricidad emplean minutos de su trabajo en la iglesia de San Lorenzo para abordar un tema que les toca muy de cerca. Los dos se encargan de poner luz al santo.

Cada vez que Fermín, nacido un 7 de julio, entra a la iglesia -cuenta- dedica unos segundos al copatrón. “Me quedo mirándole y doy las gracias por todo”, asiente, fijando su atención en el altar. San Fermín resplandece bajo un aura de luz. “Él nos guía y nosotros le iluminamos”, interviene riendo Mikel.

“Por estas fechas siempre cambiamos los focos para que el calor no dañe el capotico y para evitar los reflejos de los flashes de las cámaras”, revelan. Tanto Fermín como Mikel, aun siendo de Artajona, sienten cierto nerviosismo ante la proximidad del 6 de julio. “Sentimos devoción y muchos nervios”, tratan de ilustrar.

Respecto a la imagen que proyectan algunos medios de comunicación desde el exterior, creen que Pamplona sigue siendo una ciudad segura. “Pero sí es verdad que ha aumentado un poco la violencia”, admiten. Situación que esperan que cambie pronto. “Pamplona no es la culpable de todo esto, que sigue siendo la misma de siempre, sino la gente... Cada uno debería cambiar”.

Carmelo y Fermín Butini: “San Fermín es desconexión, alegría”

Los hermanos Butini, Carmelo y Fermín, trepan hasta lo alto de la escalera con el mismo paso pero con distinto ánimo. Frente al escaparate de la librería que regentan en el nº 36 de la Estafeta de Pamplona, la calle más internacional de la ciudad, Carmelo no disimula la emoción que le produce sentir el resuello del 6 de junio tan encima. “La noche del 6 de junio la celebraremos en el Anaitasuna con la cuadrilla....¡Es que ya no falta nada para la fiesta!”, estampa feliz. “Peñas, encierro, chupinazo, amigos, procesión....”. A Carmelo le faltan palabras para describir tanto sentimiento acumulado durante un año. “Para mí los Sanfermines lo son todo. San Fermín es desconectar de todo lo vivido, alegría...”.

Respecto a la imagen negativa que se está proyectando de las fiestas, lamenta que las televisiones nacionales magnifiquen el morbo que suscita cualquier fiesta masificada “La fiesta es mucho más que todo eso”, deja claro. “San Fermín es un momento de unión. Aquí nos relacionamos personas de distintas ciudades y países”.

Un paso por detrás, su hermano Fermín, nacido el 14 de julio, se muestra algo disconforme con la llegada de las fiestas. “Yo soy más de momenticos”, dice. “A mí me gustan sobre todo los Gigantes y el Pobre de mí”, ríe.

Rosa Beunza, Manuel Corera y Natxo Castillo: “No he notado inseguridad en la calle”

Hazme la foto subida en la escalera, con este gesto de empoderamiento, como el de la vaca de la camiseta”, solicita la joven pamplonesa Rosa Beunza, de 22 años. Abajo, a sus pies, Manuel Corera, director de comunicación de Kukuxumusu, y Natxo Castillo, jefe de ventas, aseguran la escalera, metáfora del equilibrio, clave en el buen devenir de las fiestas. Y al fondo, tras el gesto de empoderamiento, una Estafeta tranquila. Rosa Beunza Fonseca trabaja como dependienta en la tienda de camisetas de esta marca al final de la calle. “Normalmente, en Sanfermines, abrimos a las ocho y cuarto, justo después del encierro, y nunca hemos tenido problemas”, explica Corera. Desde lo alto de la escalera, Rosa sonríe al describir lo que para ella representan los Sanfermines. “Alegría, amigas, calle, bailar...”, su expresión se ilumina con cada palabra. “También es la familia, el día, la noche... Llevo desde los 13 años saliendo y no he notado inseguridad, quizá sí es verdad que desde hace tres se percibe un deterioro por culpa de los que viene de fuera, que piensan que todo está permitido, ¡y no lo está!”, deja claro. A la hora de regresar a casa, de noche, cuenta que suele ir acompañada y pegada al móvil. “Pero no suele haber problemas”.

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