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Fratelli, un oasis en el infierno de la guerra




"Por favor, explique a los niños de su ciudad que somos niños como ellos. Solo queremos volver a nuestro país y vivir con nuestra familia, como una familia normal, tal y como éramos antes de la guerra. Queremos vivir como seres humanos”. Ghofran Majed Al-Sahou tiene 16 años y procede de una ciudad del noroeste de Siria llamada Idlib. Había cumplido 8 años cuando escapó de la guerra. “Mis padres se temían lo peor y por eso hicieron las maletas”, recuerda. “Antes del conflicto vivíamos con nuestros abuelos. Ellos se quedaron...”. La guerra de Siria se encamina hacia su octavo año y durante este tiempo, según los datos publicados en abril por el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), al menos 2,8 millones de menores no han sido escolarizados. La organización avisaba en un comunicado que va a ser “extremadamente difícil que se pongan al día cuando puedan regresar a las aulas”. En Líbano el 30% de la población es refugiada siria. Más de 500.000 niños y niñas en edad escolar han huido del país, de los cuales se estima que 402.000 se encuentran en el grupo de edad escolar básica (entre 3 y 14 años) y 100.000 menores, en el grupo de edad de la escuela secundaria (entre 15 y 18 años).

Líbano, el país de los cedros, se estira a lo largo de 250 km junto al mar Mediterráneo y 50 km de ancho. Aquí, en este pequeño territorio de unos 7 millones de habitantes, crisol de diferentes comunidades, 1,5 millones son refugiados sirios. Un país al límite donde las escuelas libanesas funcionan con turnos de mañana y tarde. Las agencias humanitarias del sistema de Naciones Unidas y las ONG internacionales luchan cada día por prestar asistencia, pero la escasez de fondos y la insuficiente solidaridad internacional hacen que los desplazados se encuentren sin recursos para sobrevivir en su exilio. “Estamos asistiendo a una generación perdida ante la falta de oportunidades”, ha llegado a advertir Unicef. Y todo esto sucede en pleno siglo XXI. Un siglo que se recordará por la pasividad de una comunidad internacional que está viendo cómo generaciones enteras de menores y refugiados crecen en el olvido. Generaciones perdidas. Este siglo también se recordará, por el contrario, como un tiempo de fraternidad. A pesar de la destrucción, el dolor y las concertinas del abandono existe esperanza. La vida fluye. “De qué sirve que uno esté bien”, suele recordar en Alepo el marista azul Georges Sabé, “si todo lo que existe a tu alrededor se desmorona, si no queda esperanza...”. Pues bien, de esto se encarga también la ONGD Fratelli en Líbano. De proporcionar esperanza. De acoger, proteger, promover e integrar... Fratelli surgió de la nada hace dos años, como un oasis en medio del desierto de la guerra, y desde entonces se ha convertido en un manantial imprescindible de sueños. Aquí crece desde entonces una de las muchas generaciones perdidas a la que alude Unicef. 

En Fratelli, un grupo de seglares y voluntarios laicos de los Maristas y La Salle desarrollan un proyecto socio-educativo para hijos de refugiados y niños y niñas de la calle. Además se promociona a las mujeres y se potencia a las familias en situación de riesgo. En definitiva, “damos respuesta a la inclusión socio-educativa sea cual sea la religión, nacionalidad o cultura”, detallan sus dos coordinadores, el aragonés Miquel Cubeles (Marista) y el mexicano Andrés Porras Gutiérrez (La Salle). Ambos religiosos fueron asignados al Líbano y realizaron antes de arrancar un estudio de campo exhaustivo contactando con 55 organizaciones. El resultado fue que los niños en edad escolar (3-18 años) son vulnerables y los más afectados por la crisis de Siria.

UN SOLAR ABANDONADO

Son las 17.00 horas de un atardecer puramente mediterráneo en la costa libanesa de Sidón (Saida). El centro Fratelli se asienta en un alto, en una especie de terraza sobre el mar. “Al principio todo esto no era más que un solar completamente abandonado. Sólo había un guardián, que ahora trabaja como conductor y haciendo chapuzas en el colegio”, cuenta Cubeles. “Llegamos un 29 de febrero y para el 15 de octubre ya teníamos 60 chavales sin escolarizar”, sonríe, reconociendo que siente vértigo al echar la mirada atrás y comprobar todo lo avanzado. “Y encima va a más. Ahora sí que no se puede parar”, asiente. “A veces me pregunto si podremos aguantar este ritmo económico. Todo esto forma parte de un gran equipo que me da seguridad, si no...”. Cada vez que se cruzan niños y niñas de esta comunidad con el aragonés lo abrazan y le dedican un cántico muy particular: “¡Fra! Fra! ¡Fratelli!”. Y el marista corresponde con una risotada. “Piensan que yo soy Fratelli”, ríe. “Nunca imaginé la que íbamos a liar. Me encuentro dentro de una burbuja. Por aquí, entre un proyecto y otros, pasan 650 chavales y chavalas al año. Todo esto es un milagro y que lleguen bien a sus casas al final del día, el milagro completo”, vuelve a reír. Pero esta vez de impotencia. “Si estos niños quedan fuera de la escuela se enfrentan a amenazas de matrimonio temprano y se ven obligados a buscar cualquier empleo”, aclara, con gran preocupación. Entre el equipo de voluntarios de este proyecto destaca el trabajo de la barcelonesa Laura Gonzalvo Calle, una antropóloga social de 25 años, que enfoca su vida hacia el derecho social. Después de realizar diferentes trabajos relacionados con el voluntariado en varios países, en América latina y África, y recibir una formación específica, propuso a Miquel Cubeles viajar a Líbano y convivir con ellos. “Esta experiencia no puede ser más positiva. Cada día es un nuevo reto y una nueva oportunidad para sacar lo mejor de mí misma. Estoy creciendo tanto personal como profesionalmente. Estudio Derecho y sin duda, esta experiencia me marcará profesionalmente”, asegura. La actividad en el centro empieza a las 8.30 de la mañana, cuando arrancan las clases y dura hasta las 17.30. A esta hora se va el último grupo que acude para recibir refuerzo escolar. “Yo estoy por las mañanas con Preescolar dando apoyo a las educadoras. Además, los martes y jueves coordino el taller de costura que se ofrece a las familias”. “Los sábados por la mañana”, añade, “trabajamos con los niños y niñas de los llamados ‘shelters’, campos de refugiados verticales”. En Líbano, al no tener una gran extensión, muchos refugiados se han asentado en antiguos edificios abandonados o a medio construir. “Con ellos hacemos actividades de tiempo libre, dinámicas con las que trabajamos valores y propiciamos espacios para que hablen y aprendan a relacionarse de una manera positiva ya que todos los niños y niñas que vienen al proyecto Fratelli viven en una situación muy vulnerable y han pasado situaciones muy difíciles y duras a causa de la guerra”, detalla Laura.

En Fratelli también sobresale por una dilatada experiencia el trabajo de un hermano marista de 77 años y de origen burgalés llamado Isaac Alonso. “Al venir aquí, con mi edad, lo único que pretendo es ayudar en lo que uno sabe y puede”, relata con humildad. Isaac trabajó durante 4 años en el albergue de la Trinidad de Arre (Navarra). “Me ofrecí a la comunidad para venir aquí, quizá un poco atrevido, porque a mis años...”, sonríe. “De todo esto, me llama la atención la gratitud de los niños, lo son incluso más que en España”. Toda una vida consagrada a la fraternidad que ha hecho oficio. Fratelli no es un colegio sino un centro educativo donde se refuerza escolarmente y personalmente a los alumnos . “Tenemos contratados 25 profesores y 25 son muchos euros al mes”, detalla Cubeles, temiendo que algún día este “milagro” pueda diluirse. “Porque si esto llegara a ocurrir, muchos de estos niños y niñas quedarían a merced de las mafias y de los grupos armados”, avisa. “Y existe un riesgo real de que los jóvenes sirios sean atraídos por políticos radicalizados y grupos armados”, añade. “Aunque la educación no puede proporcionar inmunización al cien por cien contra esta amenaza, la esperanza que ofrece puede disminuir, en gran medida, el atractivo de los grupos que se alimentan de la desesperación y el resentimiento”, asegura.

ADOLESCENTES DE FRATELLI

La más imitada y querida de entre las profesoras del centro, un ejemplo a seguir para las jóvenes refugiadas que buscan un espejo en el que mirarse es Reem Bazza, una libanesa de 23 años, musulmana, que lleva tres formando en distintas materias (inglés, matemáticas, química, deportes, igualdad, cocina...). “Discutimos sobre la guerra, la situación de la mujer, el medio ambiente, meditamos... Cubrimos todos los aspectos de la vida”, detalla la joven. “La mayoría de las familias refugiadas sufre problemas de dinero y esto conlleva una fuerte discriminación”, añade. “Además, muchas de estas personas han perdido algún familiar y necesitan ser escuchadas. Por eso estamos muy cerca de ellos, para que confíen y nos cuenten. Creamos algo más que un vínculo entre el profesor y el alumno”. La educadora libanesa estima que se necesitan por lo menos dos años más para que los refugiados puedan volver a su país. “Esta situación es temporal y ellos están deseando volver a sus casas, con su gente, con sus familias...”, detalla. Si hay algo sagrado para los sirios es la familia. La guerra, además de segar vidas humanas, relatan las alumnas de Reem, deja en carne viva el núcleo familiar. Lo dinamita provocando “guerras interiores”, describen. Y estas guerras son precisamente las que peor se llevan. Uno de los problemas más serios y complicados de resolver para los educadores libaneses en Fratelli, admiten, es la violencia en el hogar. “Trabajamos mucho esta violencia doméstica producto del machismo. Intentamos trabajarlo con los niños para que no se reproduzca en un futuro, pero cuando llegan a casa y lo ven..., al final, actúan de igual manera”, reconoce Reem. Una de las generaciones perdidas ha sufrido el impacto del conflicto con 8 años y ahora, con 15, en plena adolescencia, comienzan a ser conscientes de la situación que viven. Cada tarde, a las 15 horas, algunos de estos jóvenes se reúnen en el campo de fútbol del centro Fratelli. “No sabes hacia dónde tirar. Tenía unos sueños”, se desahoga Shali Saghir, de 19 años. En realidad, lo hacen todos lo que participan este día en el partido. Necesitan hablar. Se sientan en círculo en mitad del campo, sobre el asfalto. “Tenía suelos. Aprendía idiomas”, prosigue hablando Saghir. “Aquí no tenemos futuro, yo quería viajar, pero no de esta manera. Mi casa está destruida y mi padre ha muerto. Al morir mi padre decidimos venir aquí”. Todos reconocen que antes de la guerra vivían bien. “Llevábamos muy buena vida”, interviene Wissan, de 16 años, quien vive en una tienda de lona con su familia. “Yo quería entrar en el ejército. Ahora trabajamos cuando podemos en la construcción y nos pagan 20 dólares al día”. Y coinciden al describir que se sienten “maltratados” por la comunidad internacional, “de manera inhumana”, dicen.“Antes vivíamos como seres humanos. Ahora la vida es muy mala. No hay dinero porque no hay trabajo. Los sueños se han ido. Yo quería ser actor y escribir música...”, se desahoga Majed Alsaho, de 21 años. “Todos queremos volver, pero cuando llegue la paz, ¿qué?”.

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