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¿Regresar a casa, a Siria?



Hubo un tiempo en el que los sirios vivían en familia. Sus casas se levantaban en torno a la familia. La vida confluía en casa de los abuelos y los tíos. Pero un día la guerra lo dinamitó todo, incluido el núcleo familiar. Ocurrió en marzo de 2011. Según la ONU, el conflicto continúa siendo la mayor crisis mundial. Más de 920.000 personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares en 2018. Este es el retrato de uno de estos núcleos familiares, al este de Alepo, un lugar arrasado por la metralla. El miércoles 20 de junio se celebrará el Día Mundial de las Personas Refugiadas.



"¿Regresar a casa, a Siria?”. La respuesta se encuentra en los motivos que condujeron a sus habitantes a convertirse de la noche a la mañana en refugiados y desplazados. Las razones de no querer regresar se hallan en el interior de edificios consumidos por el silencio. Porque esto es lo que queda en los barrios en los que nacieron y crecieron: silencio. El silencio de la muerte. El silencio de la destrucción y la ausencia. El silencio de la desesperanza. En muchos lugares, los edificios apenas se mantienen en pie, vacíos, con sus entrañas de hormigón y hierro desparramadas sobre el asfalto. Cualquier rincón puede esconder una mina sin explotar.

LA VIDA ANTES DE LA GUERRA
“Siria era la familia, los palacios y las flores”, recordaban en febrero en el sur del Líbano un grupo de jóvenes refugiadas que estudian en el Proyecto Fratelli. “Los fines de semana nos gustaba visitar a los abuelos y nos juntábamos con los primos. Era una vida en familia”, contaba Nour, de 14 años, procedente de un barrio de la parte este de Alepo.
Walaa, de 15 años, también recordaba su vida en Siria, en Damasco, siempre jugando en el parque. “No teníamos miedo a nada. No nos preocupaba el dinero.Sueño con volver a Siria, reunirme con toda la familia y terminar trabajando de profesora”.
Lajida, de 13 años, la evocaba sonriente, volviendo del colegio y visitando a los abuelos. “Ha cambiado mucho la vida. Me da miedo quedarme sola...”.
Tasneem, de 16 años, no pudo evitar una sonrisa cómplice al recordar. “Tenía una vida muy buena. Nos gustaba visitar a los abuelos y los tíos. Pasábamos mucho tiempo con ellos. Ellos se han quedado allí. Mi mayor temor es que les ocurra algo...”.
Mientras sueñan con volver y reencontrarse con la familia, la guerra continúa, imparable, camino del octavo año. “Ahora nuestro principal problema en Líbano es la falta de dinero”, explicaba en septiembre un refugiado de Alepo bajo la tienda de lona en la que subsistía y por la que pagaba un alquiler de 100 euros al mes. “No tenemos lavadora, ni frigorífico, ni gas, ni provisiones para el invierno. No hay comida ni manera de encontrar un trabajo. Nuestra casa seguramente esté destruida. Y sin casa y sin trabajo, con la familia por Europa... no quedan motivos para volver”, lamentaba. El próximo miércoles, 20 de junio, se celebrará el Día Mundial de las personas Refugiadas y este año se ha vuelto a batir un dramático récord. “Los refugiados no son inmigrantes ni turistas ni viajeros. Son personas que han tenido que abandonar toda su vida por culpa de la violencia, la guerra o la falta de derechos humanos”, recuerda ACNUR. De los 65,6 millones de refugiados y desplazados en el mundo, más de 12 millones son sirios, detalla la ONU, de los que 5,6 millones se encuentran en Líbano, Jordania, Irak, Turquía y Egipto. La mayoría sobrevive en situación de extrema pobreza.
El conflicto de Siria continúa siendo la mayor crisis de refugiados. Dentro del país, más de 920.000 personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares en los primeros cuatro meses de este año, “una cifra récord en los últimos siete años”, reconoce Panos Moumtzis, coordinador humanitario de la ONU para Siria. “Es la mayor cantidad de personas desplazadas en un corto período de tiempo desde que comenzó el conflicto”. Solo en los dos primeros meses de 2018 unos 1.000 niños murieron o resultaron heridos. Otros muchos han sido torturados, secuestrados, víctimas de violencia sexual o reclutados en grupos armados: sólo en 2017 se reclutaron tres veces más niños que en 2015 para participar en el conflicto. Desde el comienzo de la guerra, en marzo de 2011, han muerto unas 400.000 personas. Todo esto ocurre en un contexto de pasividad internacional en el que la Unión Europea sigue incumpliendo sus compromisos de reubicación y reasentamiento.
Sin embargo, entre escombros, la vida al este de Alepo se asoma tímidamente. Aquí, durante cuatro años, cinco meses y tres días los combates segaron la vida de más de 30.000 personas. Muchos de los refugiados vivían en las casas que ilustran las fotografías de este el reportaje.

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