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Un día en el frente con soldados sirios que combaten al ISIS

Frontera sirio-libanesa. 23.50 horas. Necesito diez minutos más. Solo diez. Así no perderé uno de los cuatro días de visado que me han concedido. El conductor que me ha recogido en el aeropuerto de Beirut comprende mi intención y aparca junto a la oficina de control de pasaportes. Sale del coche a fumar. La cuestión es ganar tiempo. Veinte minutos después, apremia con la mano.

Dentro del edificio dejo caer el cansancio en la misma ventanilla por la que me asomé en febrero cuando visité a los Maristas Azules de Alepo. No ha cambiado nada. El mismo ambiente sobrio. Las mismas fotografías del presidente Bashar al-Asad en cada rincón. El termómetro marca 20 grados. Frente al funcionario sirio, la impaciencia se derrite en una tensa espera. El militar teclea en un viejo ordenador. Enciende un cigarrillo. Apura un café y levanta el auricular de un antiguo teléfono. Mientras habla, observa al periodista. Nos miramos. Se fija en la hora de su reloj de muñeca. Cuelga. Abre el pasaporte y estampa el sello de entrada con un sonido hueco. Sonrisa cómplice del conductor. Se lo agradezco. Son las 00.50 horas. He vuelto a Siria, un país que desde hace casi ocho años se ha convertido en el segundo conflicto más cruento después de la Segunda Guerra Mundial.

“Si la guerra no termina pronto, éste podría ser el fin de Siria tal como la conocemos”, sentenció António Guterres cuando acababa su mandato como Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR), a finales del 2015. Tras TúnezEgipto y el inicio de la rebelión en Libia, en marzo del 2011 estallaron las protestas contra el presidente sirio en la ciudad de Deraa (sur). Aquí se iniciaron tras el arresto y tortura de unos adolescentes que pintaron en la pared de su escuela: “Es tu turno, Doctor”, en referencia a Asad, que es oftalmólogo. El nuevo teatro bélico enfrenta a Israel y EE UU contra Irán, que ha logrado consolidarse como el principal actor foráneo en la región, una realidad que ni Washington ni Tel Aviv ni Riad aceptan. En ese mismo tablero compiten EE UU y Rusia.

 BAJO LA VENTANILLA, DAMASCO

Tras cruzar la frontera siria, subo al coche y arrancamos hacia Damasco. Bajo la ventanilla y cierro los ojos. Disfruto de un soplo de aire cálido en la cara y pienso en el reportero pamplonés Fernando Múgica, fallecido en 2016. Rememoro nuestras conversaciones sobre periodismo y la posibilidad de hacer juntos este viaje. También pienso en mi mujer e hija. En sus miradas cómplices al despedirnos.

El programa de trabajo que he preparado incluye visitar el campo de refugiados palestino de Yarmouk, un asentamiento situado a ocho kilómetros del centro de Damasco y del que solo queda, según me informan, un solar en ruinas. También me gustaría empotrarme en el frente con los soldados del ejército sirio en la provincia de Deraa y llegar hasta Sweida para entrevistar a las dos mujeres que consiguieron escapar del Estado islámico después de ser secuestradas el 25 de julio. Un plan de trabajo que envié al consulado sirio en Madrid dos meses antes de obtener el visado, y que nadie ha aprobado. Así que llego a Damasco con la soga de la incertidumbre bien prieta.

Horas antes de subir al avión, un funcionario sirio me dejaba claro vía email que es imposible que me concedan el permiso para empotrarme en el frente de guerra con los soldados gubernamentales. “Al frente solo van los periodistas sirios”, apuntaba. Mi intención es hablar con los soldados sobre su vida antes de la guerra, sobre el final del conflicto y la espera antes de un combate.

HOTEL SULTAN, HABITACIÓN 203

A la una y media de la madrugada entramos en Damasco y recorremos las grandes avenidas iluminadas. Me bajo en la misma puerta del Hotel Sultan. Un lugar familiar que sirve en la actualidad de refugio a familias de desplazados, principalmente de Yarmouk. Abro la puerta y descubro sentado frente a un pequeño televisor, al otro lado del mostrador, a Hussam, uno de los dos hermanos propietarios. Me entrega la llave de la habitación, la 203, y una botella de agua.

A la mañana siguiente, a las nueve, el sol calienta como si fueran ya las cuatro de la tarde. Desayuno un bollo de pan con un quesito y mermelada de naranja, aceitunas verdes y un par de cafés. Antes de salir a la calle, mantengo una breve conversación con Hussam. “Damascus is nice now”, sonríe. Su bigote gris se mueve como un acordeón. Subo a un taxi que cuesta alrededor de un dólar (500 libras sirias) y me deja en la entrada del Ministerio de Información. He quedado con Akram, el funcionario que me acompañó en febrero a Alepo. El secretario del ministerio se retrasa, casi dos horas. Solo pienso en el poco tiempo que me queda... Hablo una vez más con Akram sobre los permisos. No es demasiado optimista. “Tenías que haberlos pedido antes”, suelta de pronto. Tuerzo el gesto. “Hace dos meses que gestioné todos los permisos”, interpelo. No le oculto mi enfado. “Haremos lo que podamos”, responde. El secretario llega y me recibe serio. En un principio, deja claro, no hay permisos. Se necesita autorización militar.

A las 13 horas, salgo del edificio. Tengo más que interiorizado que en este país en guerra hay que cumplir unas reglas de juego y que no hay que desesperarse. Me adjudican un nuevo funcionario. Se llama Fadi, un hombre tranquilo que luce una barba desaliñada y una coletilla recogida, a lo Jeff Bridges en El gran Lebowski. Me acompañará los cuatro próximos días.

 ROMPER LAS REGLAS

Con el carné de prensa en el bolsillo y una tarjeta telefónica, mi nuevo guía me acompaña a la parte vieja de la capital. He quedado a comer con Sawsan, una estudiante universitaria de 25 años. Comemos en un rincón pintoresco y paseamos. Me sirve para pulsar la ciudad. Se respira tranquilidad. Las explosiones han desaparecido. Los frentes se localizan en Idlib, al norte; y en el desierto de Sweida y valle de Yarmouk, al sur.

Sawsan representa en buena medida a la juventud siria. Habla perfectamente inglés y árabe y estudia tres carreras: árabe, música y periodismo. Canta como los ángeles y sueña que algún día no le denieguen el visado por ser siria. Sueña con ser “libre”, “independiente”, “romper reglas”.

Pero, ¿cómo romper reglas en un país donde las mujeres deben seguir la estela de la tradición familiar? Sawsan trabaja para mantener a su familia, a pesar de sufrir una importante dolencia en el corazón. El 25 de julio, en Sweida, su ciudad natal, cientos de hombres del Estado Islámico se infiltraron y ejecutaron su última matanza dejando 250 muertos, cientos de heridos y secuestraron a 34 mujeres y niñas. Ella se encontraba esa noche en la ciudad. “La guerra creo que no ha hecho más que empezar en el sur”, comenta, con cierta frialdad. “Después de más de siete años de guerra, aunque se hable de paz, es muy complicado creer en ella”, sostiene. “Hemos perdido a mucha gente...”.

Me lleva al bar de unos amigos a probar mate y fumar en pipa de agua. Allí hablamos de la guerra, del desánimo entre los jóvenes, de la vida en Europa. Ponen a prueba mi árabe y ríen a carcajadas. A los sirios les gusta conversar y reír. De repente, recibo una llamada. Es Fadi, el funcionario del ministerio. “¿Quieres ir mañana a Deraa, al frente?”, suelta. “Claro”, respondo. Sawsan escucha Deraa y se pone nerviosa. “Es muy peligroso. Daesh (ISIS en inglés) está muy cerca”, susurra, mientras hablo con Fadi. Quedamos a las ocho de la mañana en la puerta del ministerio. Deraa, la ciudad donde empezó todo en marzo de 2011. La cuna de la revolución.

8 DE AGOSTO (DERAA)

Siete de la mañana. El amanecer hace una hora que ha superado los edificios de Damasco. Arranca la jornada con un copioso desayuno que me sirve Hanan. Después de desayunar compruebo el equipo. Normalmente viajo cómodo, con poco material. Dos cuerpos y dos objetivos (24mm y un 50 mm). No titubeo a la hora de cargar con baterías y tarjetas de memoria.

Llego puntual a mi cita al edificio del ministerio. Uno de los militares me invita a acompañarle bajo una sombrilla. Bebemos un té. Ante mi asombro, llegan otros periodistas. Y mi sorpresa aumenta al comprobar que son sirios, iraníes y rusos. El director de la televisión siria, el mismo que organiza esta caravana, se presenta y me aclara que la intención es empotrarnos unas horas con los soldados que combaten al Estados Islámico en el Valle de Yarmouk (frontera con Jordania e Israel). Aunque los soldados del ejército sirio acaban de liberar sus colinas, aún esconden grupos de yihadistas.

En dos todoterreno y un microbús partimos hacia la provincia de Deraa. Circulamos en fila dirección suroeste, atravesando aldeas arrasadas y campos de olivos. Dos horas después de salir, aparcamos en el exterior de lo que parece un campo de fútbol. Un complejo deportivo reconvertido en centro de mando militar.

Nos reciben un grupo de militares armados que se diferencian del resto de soldados porque en sus cabezas llevan anudados los tradicionales kufiyya , los pañuelos palestinos. “Son de inteligencia”, aclara el director de la televisión siria. Armados hasta los dientes, nos escoltan en varios Toyota hacia el río Yarmouk. Pienso que un convoy es un blanco fácil.

De camino, destrucción total. Aldeas arrasadas. Sorteamos una columna de tanques y tanquetas con baterías antiaéreas. Atrás ha quedado el poblado de Shayara, principal bastión del ISIS hasta hace unos días. En el arcén se distinguen restos de los coches bomba conducidos por los terroristas suicidas que intentaron frenar el avance del ejército. Árboles seccionados por la metralla. Los niños salen de sus casas al escuchar los vehículos a toda velocidad. Y, de repente, frenazo. Los militares saltan de los Toyota e inspeccionan la zona. Hemos llegado al valle. Un paisaje bíblico modelado por un río verde turquesa. El Yarmouk, el mayor afluente del Jordán. Los periodistas entrevistan a los soldados. No me interesa la cara más bélica y así se lo recalco al director de la televisión siria, que es el que controla todo. ¿Quiénes son estos hombres de barbas pobladas y aspecto cansado? ¿Cómo eran sus vidas antes de la guerra y cómo creen que será después? A Foad le gusta la idea. Buscamos un rincón donde poder conversar. Convertimos un búnker en una improvisada sala de prensa. Le pido a Foad soldados de diferentes religiones; sin embargo, la mayoría, por no decir todos, son musulmanes.

El primero en mirar a los ojos es Gadir, de 30 años. Lleva cinco combatiendo. “Estudiaba literatura y trabajaba como técnico en la universidad”, relata. “Al principio me resultó muy complicado pensar que debía matar a alguien”. Hace mes y medio que no ve a su familia. “Vivía en paz, en Homs. Sueño con recuperar mi vida anterior. Aunque soy musulmán, en este país no hay diferencias entre religiones. Todos somos iguales”.

Se suma a la charla otro hombre, otro Gadir, éste de 25 años. Procede de Latakia. Un joven que se unió al ejército al cumplir 18. Ambos soldados entraron por última vez en combate hace diez días. “Antes éramos libres, solo queremos recuperar nuestra vida”, asiente. “Al principio sientes mucho miedo, luego te acostumbras”.

A los militares parece que les gusta la idea de recordar, porque poco a poco se unen más a la conversación. Brahim, de 26 años, era comercial antes de la guerra. Sueña con graduarse en la universidad. Hassan, de 22, cuenta que tenía 14 años cuando empezó. “Estaba en el instituto y me tuve que alistar”. Lleva dos meses sin ver a su familia. La última vez que entró en combate fue hace quince días. “Fue contra Daesh”, dice. Un combate cuerpo a cuerpo del que aún recuerda sus caras, sus voces, sus uniformes. “Por las noches gritaban que nos iban a matar. No sientes miedo”.

Para Mohamed, de 32 años, casado y padres de dos niños, de 7 y 3 años, la vida en el frente la resume en una palabra: espera. “La espera de entrar en combate, la espera de volver a ver a la familia”. La espera entre la vida y la muerte. Antes de la guerra era pintor de brocha gorda. “Trabajaba en una empresa importante. Ahora solo me preocupa el futuro de mis hijos”. Unos hijos que cuando le ven marchar de casa después de un corto permiso le preguntan: “¿Dónde vas papá?”. Hace dos meses que no habla con ellos. En la zona donde se encuentra, en el llamado ‘Triángulo de la muerte”, no hay cobertura.

Otro Mohamed, de 24 años y de Damasco, del este de Guta, revela sonriendo que espera una niña. “Se llamará Zeinab”, sonríe. Mohamed lleva siete años y seis meses en el ejército. Toda la guerra. Antes trabajaba como mecánico. “Me han herido muchas veces. Solo quiero que pase todo esto y volver a casa. Prefiero la reconciliación a seguir luchando...”.

A Ahmed, de 31 años, la guerra le reventó la vida hace tres años, cuando estaba a punto de casarse. Le llamaron a filas. Trabajaba en un taller de neumáticos. Hace tres días entró en combate contra miembros del ISIS. “Matamos a dos y arrestamos a nueve”, apunta. “Estos han venido de Libia, Egipto, Irak, Marruecos y Arabia Saudí”. Al preguntarle por un sueño, Ahmed sonríe. A los soldados les gusta jugar a soñar. “Me casaré en cuanto termine la guerra”, dice. Precisamente, a su lado combate su futuro cuñado.

Regresamos a Damasco al atardecer. Sombras alargadas. Atravesamos las mismas aldeas. La misma destrucción. No era un espejismo. Aún quedan pintadas que revelan la presencia pasada del ISIS. La caravana se detiene y los soldados saltan de los Toyota con el arma en alto. Sospechan de un cable en el suelo. Al final todo queda en un susto. Uno de los que corría, con el dedo en el gatillo, era Hassan, el soldado de 22 años que tuvo que dejar el instituto para ir a la guerra. Tras el susto, reanudamos la marcha, y sentado en la parte trasera de un microbús pienso en las palabras de Mohamed: “Prefiero la reconciliación a seguir combatiendo”.

El 11 de septiembre, un mes después de este viaje al sur de Siria, el Estados Islámico emboscó a un contingente del ejército sirio, a pocos kilómetros de esta misma zona, y mató a 21 soldados.





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