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Viaje a la última matanza del ISIS (Siria)

Cuatro de la madrugada. Hanin se despierta sobresaltada. Se levanta de la cama y busca la ventana más cercana. Presiente algo. Inquieta, se coloca frente al cristal y fija la mirada entre la oscuridad de la noche. Su mirada tienta la silueta de la cerca exterior que delimita el terreno de la vivienda. Pulsa el interruptor, pero la luz no funciona. La han cortado. Quince minutos después, escucha un golpe seco. Tiembla todo. Esa madrugada del 25 de julio, cientos de hombres del Estado Islámico (ISIS en inglés) vestidos con ropas deportivas y uniformes del ejército sirio han salido del desierto, del campamento donde entrenan desde hace cinco años, y se han infiltrado gracias a la ayuda de beduinos locales en la parte este y oeste de la provincia de Sweida, al suroeste de Siria . En esta región convive de manera pacífica la comunidad drusa, una minoría étnica que cuenta con un millón de seguidores en la región. Medio millón habita esta provincia siria, mientras que otros 400. 000 viven en Líbano y 140. 000 en Israel y Palestina.


En un paraje de olivos y aceite, de árboles frutales y chumberas, en la misma frontera con Jordania, jóvenes milicianos yihadistas han perpetrado su última matanza en un país, Siria, que se enfrenta al octavo año de guerra, a más de 500.000 muertos y a una población mermada. El 12 de septiembre, Cruz Roja Internacional hacía una foto fija de la situación en su cuenta de Twitter: 13,1 millones de personas necesitan ayuda en Siria, 6,6 millones se han visto obligados a huir de sus hogares y 6,5 millones no tienen suficiente para comer. Además, 3 millones están atrapados en áreas asediadas.
Esa madrugada del 25 de julio en Sweida murieron asesinadas 250 personas (137 civiles) y hubo 273 heridos. Además, fueron secuestradas 30 personas, la mayoría mujeres y niñas. Tres han sido asesinadas durante un cautiverio que hoy perdura en algún lugar del desierto. Los asesinados son dos mujeres y un joven de 22 años llamado Mohannad, un estudiante de Ingeniería Eléctrica en Damasco al que han decapitado. Su muerte la grabaron en vídeo y subieron a las redes sociales. Otras dos mujeres y sus tres hijos consiguieron escapar (ver fotografía). Todas las secuestradas forman parte de la misma familia y de la misma aldea, Shpeki, una tierra de agricultores de unos 200 habitantes, donde vivía hasta esa noche Hanin Aljbai, de 16 años.
El ataque yihadista duró siete horas. De las cuatro de la madrugada a las once. Cortaron la luz y los accesos a los cascos urbanos. Atacaron en siete aldeas a la vez y en el centro de la ciudad. Shpeki, Douma, Shreiki, Rami, Alghaitha, Tema y Arraje fueron pasadas a cuchillo y fuego. Los terroristas llegaron incluso al epicentro de la capital, al mercado de Sweida y alrededores. Ahí se intentaron inmolar ocho hombres. Dos de ellos no lo consiguieron porque fueron detenidos por las milicias drusas y el ejército sirio. Uno de los terroristas perdió una mano y no pudo activar el cinturón de explosivos.


Relato en primera persona
La joven Hanin se sienta a relatar lo ocurrido tres semanas después de este genocidio planificado. Lo hace un 11 de agosto. Habla con una serenidad que asusta, sentada en el sofá de la casa de su tío, a unos 20 kilómetros del paraje fantasma en lo que se ha convertido su pueblo. Muy pocos han vuelto.
Vestida con ropa deportiva negra, deja caer los brazos entre las piernas, y con la mirada altiva deshilvana el terror vivido. Esa madrugada del 25 de julio, cuenta Hanin, presiente algo. Por eso se levanta y derrama su mirada en la oscuridad de la noche, en la cerca que delimita el exterior de la casa. En ese momento, no ve nada; sin embargo, los hombres del ISIS se encuentran ahí fuera. Y a las cuatro y media es cuando siente temblar todo. La cerca que rodea la casa, la puerta principal, las ventanas, su cuerpo... “¡Abrid, somos militares sirios!”, gritan desde el otro lado. La madre de Hanin pide a su hija que se aleje. Sabe que tras la puerta se encuentran falsos soldados.
La comunidad drusa era consciente hasta esa madrugada de la proximidad a su aldea de los yihadistas. Hace cinco años -cuentan los vecinos- el Estado Islámico levantó a 35 kilómetros de sus casas un campamento para entrenar a niños reclutados. Pero nunca creyeron que les atacarían. Este campamento militar para niños, el mismo del que salieron los yihadistas que atacaron las aldeas -según revelan los vecinos de la comunidad drusa-, se localiza en un enclave conocido como El Tanaf, muy cerca de una base militar norteamericana.
Esa madrugada del 25 de julio, la primera línea de ataque la conforman hombres muy jóvenes, de unos 20 años, la mayoría drogados y uniformados con trajes militares. Tras ellos, avanza una segunda línea, ésta con ropa deportiva. Buscan pasar desapercibidos. Beduinos locales les dirigen. Al comienzo de la matanza, los milicianos pasan a cuchillo a sus víctimas para no sobresaltar al resto. Para no llamar su atención. A quienes huyen y logran esconderse los queman vivos.
Una vez que los yihadistas ocupan las casas, suben a los tejados y desde allí sus francotiradores apuntan a las cabezas de quienes se acercan a ayudar. Emplean un tipo de munición que explota al impactar contra el cuerpo. Los que no mueren en el acto quedan malheridos por la brutalidad de las heridas. Muchos de los fallecidos son jóvenes drusos y soldados del ejército sirio que acuden al rescate. 
En casa de Hanin, los falsos soldados sirios derriban la puerta y rompen los cristales. Su madre se enfrenta a ellos y muere de un disparo en la cabeza. Hanin consigue escapar. Corre a la habitación de las dos hermanas pequeñas y las tres juntas suben al tejado. De allí siguen al depósito de agua que suministra a la vivienda, una alberca del tamaño de una habitación, que ese día casualmente no está llena. Hanin les dice que salten, pero el miedo las bloquea. Se niegan a saltar. Hanin las deja atrás y se deja caer. Los terroristas se las llevan a las dos. A Hanin la dan por muerta. Salen de la casa y buscan la del resto de sus familiares. Allí los matan a todos. Dos horas después, sale del depósito de agua y descubre a su familia muerta. Coge un bote de medicamentos de su madre, se tumba en un sofá y los toma “para morir tranquilamente”. Pierde la consciencia. Horas después despierta en el hospital.


Droga en los uniformes 
La primera casa en recibir la llamada del terror, por su cercanía al desierto, es la de Mofeed Hamaiel, su mujer y sus dos hijos. 
A las cuatro de la madrugada aporrean violentamente la puerta de la verja y reclaman la presencia del “señor de la casa”. Su acento les descubre inmediato. Mofeed se da cuenta, sale de la vivienda y pide un minuto a los supuestos militares. Regresa al interior y avisa a su familia. Los esconde en un baño. Los milicianos disparan “por todos los lados”, recuerda Mofeed sentado en la vivienda de un amigo. “Después de dispararnos, lanzan cuatro bombas y la casa arde”. Su padre, Jaber, de 104 años, y uno de sus hijos mueren. Mofeed prosigue su relato, con calma. Su mujer prefiere no estar presente. “Se hicieron pasar por soldados. Iban drogados. Como zombis. Incluso vimos cómo se pinchaban en el piso de abajo cuando intentamos huir”. Y tal y como aparecieron los yihadistas, desaparecen en mitad de la noche. La masacre sigue llamando a otras puertas. Los terroristas escogen las cuatro de la madrugada porque a esa hora muchos de los hombres preparan el género en el mercado de la ciudad, en Sweida. En las aldeas se han quedado las mujeres y los más jóvenes, niños y niñas. Horas después de la masacre, un profesor de matemáticas llamado Nizar Shuja inicia una campaña para recaudar fondos para las víctimas. Este hombre, que también preside una asociación en favor de la discapacidad, es el primer civil en pisar las siete aldeas masacradas y recopilar la mayoría de los datos.
Como un notario sobre un terreno calcinado y aún teñido por la sangre, anota cada detalle. “Los testigos contaban que los hombres del ISIS iban drogados, como zombis”, explica en su casa, mientras sus hijas agasajan a los invitados con un té y una bandeja de uvas. En una de las manos, sujeta un cuaderno donde ha anotado todo. “Los ataques han sido perfectamente coordinados. Todos se llevaron a cabo a la vez”, sigue recordando. “Emplearon dos líneas de ataque. Los de la primera línea vestían como los soldados del ejército sirio. Y la segunda línea con ropa deportiva”, detalla. Respecto a las drogas, el profesor de matemáticas también señala que entre los uniformes de los terroristas abatidos por las milicias drusas y el ejército sirio han encontrado drogas químicas y jeringuillas. “¿Por qué nos han atacado? Yo creo que quieren negociar con el gobierno. Se sienten acorralados”, aclara el profesor.
La aldea de Shpeki es la que sufre más bajas. “Esa noche dormían 200 personas. Hubo 25 heridos, 85 muertos y 30 personas secuestradas, todas de la misma familia”, esboza. Respecto a los miembros del ISIS abatidos por los jóvenes milicianos drusos que repelieron el ataque, el profesor asegura que fueron 76 yihadistas muertos. “Nos atacaron más de mil, tanto por el este como por el oeste. Lo tenían todo perfectamente planificado. Cortaron la luz y las carreteras de acceso para impedir la llegada de la ayuda”.


Estudiante ejemplar
Entre las personas secuestradas había un joven de 22 años llamado Mohannad Abo Ammar, un universitario que cursaba Ingeniería Eléctrica en la universidad de Damasco, y que fue decapitado y grabado en vídeo por los yihadistas días después de su secuestro. Vídeo de la decapitación que pudo ver su familia en las redes sociales. 
El profesor de matemáticas, el notario de la masacre, acompaña al periodista a casa de la familia tres días después de su decapitación. El encuentro se lleva a cabo al atardecer de una jornada calurosa. Se han mudado de la aldea y ahora, al menos estos días de agosto, viven tras la matanza en el interior del esqueleto de un edificio de varias plantas a medio construir. No han vuelto a la aldea. Temen un nuevo ataque.
Nada más entrar en el piso, no se escucha nada. Solo silencio. Y al comenzar a hablar, brotan los lamentos y gemidos de dolor. Una mujer de 67 años, Madina Abo Ammar, abuela de Mohannad, el joven de 22 años decapitado, rompe a llorar. No se puede describir tanto dolor. El tradicional pañuelo blanco que la envuelve no consigue disimular el infierno por el que está pasando toda la comunidad drusa en esta región. Una comunidad que se distingue por un espíritu hospitalario y pacifista.
“Por favor, que nos devuelvan a las mujeres y a los niños. Nos estamos volviendo locas”, suplican, una y otra vez. Junto a Madina, sentado en un largo butacón donde reciben a las visitas, las heridas de la masacre se hacen visibles en el brazo izquierdo y el costado de Majeda, de 37 años, tía de Mohannad.
Y a su lado, Alaa Abo Ammar, de 19 años, hermana de Mohannad. Otra vez la misma ecuación: serenidad y silencio. Alaa muestra un gesto serio y prudente que contrasta con el de su abuela. Un gesto de dolor que recuerda al de Hanin, la joven que se salva de sus captores lanzándose al depósito de agua. “Nos dispararon con balas que explotaban al atravesar el cuerpo”, cuenta Majeda, mostrando las heridas abiertas de la bala que abrió sus carnes en su costado derecho y en el brazo. “Entraron a mi casa, nos dispararon y se llevaron a mi hijo”. Su marido muere en el acto y a ella la dan por muerta. “Por eso me salvé”, susurra.


Retrato de un hermano
Las historias se encadenan, imparables. Todos los testigos coinciden: “Iban drogados y salieron del mismo campo de entrenamiento junto al que hay una base del ejército norteamericano”, revelan. En casa de Madina, la abuela del joven de 22 años al que decapitaron días después del secuestro, entran derribando la puerta abajo a las cuatro y media de la madrugada. “Al entrar escapamos por la puerta de atrás y nos escondimos en la casa de Mohannad, de mi hija Rasmia y de su marido. Allí nos encontraron y mataron a mi yerno. Después se llevaron a mi hija y a mi nieto”.
Una hora después, a las cinco y media de la madrugada, Mohannad recibe una llamada desde Sweida de su hermana Alaa. En ese momento, ocho hombres del Estado Islámico intentan inmolarse en el mercado de Sweida, en la ciudad. Seis lo consiguen. Los yihadistas descubren a Mohannad con el móvil en la mano y se lo arrebatan. Alaa y su hermano mayor escuchan algo “anormal”, por lo que montan en el coche y conducen a la aldea. Alaa Abo Ammar, la pequeña de cinco hermanos, de 19 años, recuerda a su hermano y le rinde un pequeño homenaje en este reportaje. Habla con serenidad, todas las víctimas lo hacen. Una tranquilidad irreal. La tragedia hierve por dentro. Alaa enseña las fotos que se tomaron juntos horas antes de la matanza y que guarda en su móvil. El 23 de julio, dos días antes, Alaa se encontraba con su hermano mayor estudiando en la ciudad. Por eso se salvó.
“Mi hermano era muy listo y le gustaba darme clases particulares de matemáticas. Estudiaba tercero de Ingeniería Eléctrica en Damasco. Era callado y honesto. La última vez que le vi le dije que le quería mucho porque me enseñaba matemáticas”, sonríe tímidamente al recordar. A Mohannad le gustaba jugar a la PlayStation y practicar natación.
Las entrevistas concluyen con una taza de té y una nueva súplica de Madina. Con las palmas de las manos hacia arriba, suplica a los captores: “¡Qué nos las devuelvan, nos estamos volviendo locas!”. Antes de dejar la casa, el profesor de matemáticas dice que entre las secuestradas había una embarazada que ha dado a luz. Se llama Abeer Shalgeen y le acompañan cuatro hijos, dos niños y dos niñas menores de 7 años. Se teme que el bebé haya muerto.

El 12 de septiembre ISIS emitió por primera vez un vídeo hecho con un móvil sobre el secuestro. Un documento gráfico que envió a los familiares. En él se puede ver a los niños y niñas sentados junto a una mujer que hace de portavoz. Mirando fijamente a una grabación más bien temblorosa, Rasmyah Abo Amaar asegura que se encuentran bien de salud y pide al Gobierno sirio que actúe con “rapidez” para acabar cuanto antes con la “negociación”

Escapar del Estado Islámico

Hombres del Estado Islámico (ISIS en inglés) golpean de madrugada la puerta de la vivienda de Zain Alkamal y su marido y los fuerzan a salir. Los reúnen en casa de un beduíno local con otros hombres y mujeres de la misma localidad y misma familia. Los terroristas sacan a la calle a los hombres y les disparan en la cabeza. Dentro se quedan las mujeres e hijos, la mayoría niñas. En total, 30 personas. Así comenzó el 25 de julio un secuestro que dura ya casi dos meses. Las dos mujeres de la fotografía, Maisoun Alsha’er y su suegra, Zain Alkamal, consiguen escapar horas después de ser secuestradas. Su testimonio se realiza a unos 25 km de su aldea. Las dos temen sufrir un nuevo ataque, pero lo que más temen, dicen, es no saber del resto. Las dos niñas y el niño son hijos de Maisoun. También fueron secuestrados, pero como eran muy pequeños y no resistirían al desierto, los dejaron atrás, en casa del beduino. Sus miradas reflejan lo vivido. “Nos sacaron de la aldea y nos llevaron caminando cinco horas por el desierto, hacia su campamento”, cuentan las dos mujeres. “Íbamos en dos grupos. Por delante, los hombres del Daesh (Estado Islámico). Por detrás, nosotras, los niños y un vigilante. Cinco horas después paramos a comer. Los hombres del Daesh se quedaron a una distancia de nosotras. Y nuestro vigilante se quedó dormido”. En ese momento, escaparon. Antes de huir hablaron con el resto y todas decidieron que debían ser ellas las que debían huir, puesto que sus hijos eran los únicos que se habían quedado atrás. Se levantaron y encubrieron la huida con sus ropajes. “Nos escondimos en una cueva y esperamos. Al comprobar que no nos seguían, salimos y regresamos a la aldea. Tardamos doce horas. Los beduinos habían abandonado a nuestros hijos”. La conversación no dura demasiado. Están cansadas. El atardecer envuelve en naranja Sweida. Se escuchan explosiones. Aviones de combate rusos bombardean posiciones del ISIS. “Los hombres del ISIS iban drogados. En sus uniformes llevaban agujas y dos tipos de droga. Los yihadistas levantaron a 35 km de Sweida un campamento junto a una base militar norteamericana”.


Mujeres y niños que lograron escapar del secuestro de los hombres del Estado Islámico.


 

In the middle of the night, men from the Islamic State beat the door of the house of Zain Alkamal and her husband and force them to go to the house of a local Bedouin. Here they are reunited with other men and women of the same locality and same family. Terrorists take men out and shoot them in the head. Within are women and children, mostly girls. In total, 34 people. Thus began on July 25 a kidnapping that lasts almost two months. The two women in the photograph, Maisoun Alsha'er and her mother-in-law, Zain Alkamal, managed to escape hours after being kidnapped. His testimony is made about 25 km from his village. The two fear to suffer a new attack, but what they fear the most is not knowing about the rest. The two girls and the boy are children of Maisoun. They were also kidnapped, but since they were the smallest of the group and would not resist, they left them behind in the Bedouin's house. Their looks reflect the lived. "They took us out of the village and took us walking five hours through the desert, to their camp," the two women tell. "We were going in two groups. Ahead, the men of the Daesh (Islamic State). Behind us, the children and a guard. Five hours later we stopped to eat. The men of the Daesh stayed at a distance. Our watchman fell asleep. " In that moment, they clarify, they escaped. Before they fled, they talked with the rest and they all decided that they should be the ones to flee, since their children were the only ones who had stayed. They got up and covered the flight with their clothes. "We hid in a cave and we waited. When they checked that they were not following us, we left and returned to the village. It took us twelve hours. The Bedouins had abandoned our children. " The conversation does not last long. They are tired. The sunset envelops in orange Sweida. Explosions are heard. Russian fighter aircraft bomb ISIS positions.

Padres e hijos de las mujeres secuestradas hacemos un llamamiento a los países del mundo, a las Organizaciones Internacionales, en especial a la Organización de las Naciones Unidas y su enviado especial en Siria Sr. Staffan Di mistura, además de las organizaciones de la sociedad civil Internacional y organismos para los derechos humanos y de los derechos de los niños y niñas, hacemos un llamamiento para que se movilicen y nos ayuden a recuperar a nuestros inocentes familiares secuestrados, quienes forman parte de la sociedad civil, preservando su integridad y sus vidas. Nuestros Familiares fueron secuestrados por las milicias del ISIS la madrugada del día 25/07/2018, y han pasado aproximadamente dos meses desde su secuestro, luego de haber perpetrado una horrible masacre, donde fallecieron aproximadamente 250 mártires de familias pertenecientes a las minorías maarufies drusas, minoría pacífica, conocidas por su fiel creencia en la convivencia pacífica y su rechazo al lenguaje de la violencia y la muerte, minoría que habita en los pueblos de la Montaña de los Árabes (Sweida) desde hace varios siglos, y hasta el día de hoy, no hemos obtenido ninguna ayuda seria por parte de ningún ente para liberar a nuestros familiares secuestrados


Hanin se salvó porque la dieron por muerta en el pozo donde se lanzó.

Restos arqueológicos en Sweida.

Centro de Sweida, días después del ataque.


La primera casa en sufrir el ataque, por su cercanía al desierto, fue la de Mofeed Hamaiel y familia.
Dos vecinos de Sweida, mostrando por dónde accedieron los terroroistas.


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Familia del  joven de 22 años, Mohannad Abo Amma, secuestrado y decapitado. 








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