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El beso de Unai





"Estos chicos y chicas, consigan algo o no, no salen en ningún sitio. Destacan, pero cuesta integrarlos”. El sonido de las olas del mar toman el relevo a las palabras de lamento de María, madre de Rubén Pascual, un joven campeón del mundo y subcampeón de Europa de atletismo con discapacidad intelectual que participó en la jornada de Buceo Adaptado que llevó a cabo en agosto en Getaria la Federación Navarra de Actividades Subacuáticas (FNDAS ) con nueve chicos y una chica con diferentes discapacidades. “Ellos lo que quieren es estar ahí, no importa la profundidad”, explica en la misma orilla de la playa otro de los padres. “No buscas que mejoren en el aspecto técnico, no es el objetivo. Solo buscamos sensaciones, su felicidad”.
Para Itziar Marquina Arteta, instructora de buceo del FNDAS, esta experiencia en el mar “la viven los chavales con mucha ilusión”, dice. “Además, no muestran pegas ni miedo a nada. Eso sí, tenemos que adelantarnos a sus necesidades. Sobre todo controlar sus oídos”, deja claro. “Es muy bestia lo que ellos nos aportan a nosotros. Con un poquito se es tan feliz”.
Entre el grupo de buceadores también se encuentra un cinco veces campeón de natación. Para Raúl Blanco Alonso, 19 años, es su cuarta inmersión. “La primera vez que probé me sentía como un pececillo”, ilustra serio. Sus padres, Mª José y Esteban entienden este deporte como un complemento a la natación. “Empezó a nadar con 3 años. Nos lo recomendó el pediatra. La discapacidad que sufre le provoca descoordinación”, explican. “Emociona verle en el agua. Es como un pez, porque si le ves en tierra sus carencias físicas...”, ríen.
Uno de los más pequeños de la actividad, Unai Gastón, de 9 años, protagoniza la imagen de la jornada. Según sus padres, Fernando Gastón y Marta Pérez, “en el agua se siente como en su mundo”, explican. “Unai es un niño Asperger y como siempre está aislado, en el agua se encuentra como en su medio”, comparan. Unido por un latiguillo a uno de los dos instructores que le acompañan, el pequeño disfruta del fondo arenoso y de los abundantes bancos de peces, que parecen acercarse a él curiosos. Siempre respetando la normativa vigente, Unai bucea treinta minutos. Al finalizar, saca la cabeza del agua y suelta un besó inesperado a la instructora.





Marcos y el mar

"¿Qué siento? Incertidumbre por ver cómo va a responder Marcos en el mar. Espero que le emocione”. Luis, padre de Marcos, camina descalzo hacia la orilla. Al sentir la arena mojada, se detiene. La espuma de una ola esculpe de blanco sus pies. “¿Cómo está el agua?”, susurra, con la mirada puesta en el horizonte. Por detrás, Marcos y su hermana María juegan con la arena. Se escucha el mar. “Gracias a los voluntarios nuestros hijos pueden realizar estas actividades como ésta de buceo adaptado”, continúa hablando Luis. La estela de sus palabras busca el neopreno de un grupo de buceadores, los mismos voluntarios a los que se refiere. Dos son de Cruz Roja Navarra, otros cuatro de la Federación Navarra de Actividades Subacuáticas y tres del Grupo Especial de Actividades Subacuáticas de la Guardia Civil (GEAS). Otro equipo trabaja desde la superficie. Entre todos, llevan de la mano a un grupo de nueve chicos y una chica con distintas discapacidades que se ha desplazado desde Pamplona con sus padres para realizar “un sueño”: bucear en el mar. Todos han practicado antes esta actividad. Las inmersiones se realizan bajo un estricto cumplimiento de la normativa vigente. Sin embargo, en Navarra, al contrario de otras muchas comunidades, los menores de 16 años solo pueden bucear por la superficie.
Luis vuelve a la toalla y escucha las explicaciones de Miguel Carabantes, presidente de la federación. Miguel prueba una máscara integral sobre el rostro de Marcos y luego unas aletas. Después, sin perder más tiempo ( llueve), le toma en volandas y al mar. Risas.
Allí toman el testigo Jaime Beltrán, sargento jefe del Geas y Myriam Zudaire Ganuza, enfermera e instructora de buceo. “Marcos es muy consciente de lo que está haciendo, es valiente”, vuelve a comentar Luis. “Es un chaval que quiere conseguir avanzar en todo lo que hace. Físicamente está fuerte. Ahora demanda mucho ejercicio”, añade. Se introduce en el agua, hasta la cintura. Y sus palabras se diluyen en un nuevo silencio, analizando la reacción de su hijo. Poco a poco, el cuerpo del joven se sumerge, muy lentamente. Un latiguillo une al chico con la botella de Myriam Zudaire. Luis sabe que han cumplido un sueño.
Marcos López nació prematuro con encefalopatía hipóxico isquémica. una lesión en la base del tálamo (zona que gestiona el control motórico periférico) ocasionada por una disminución del aporte de oxígeno al cerebro. Lo que le provocó una serie de trastornos, afectando a la función motora y digestiva además de una sordera profunda. Después de 83 días en la UCI, con solo cinco mese de vida, le intervinieron quirúrgicamente para introducirle una válvula con la que poder alimentarle. Al año de vida, sonrió. Con 18 meses, mejoró y engordó. A los tres años, le quitaron la válvula y pudieron darle de comer con una jeringuilla por la boca.
Apenas tenía 11 años cuando este periódico se acercó por primera vez a Marcos. Era un niño. Esa tarde de febrero de 2014, realizaba ejercicios de hidroterapia con los monitores Xabier y Víctor en la piscina del Polideportivo Berriozar, centro pionero de esta terapia desde hace 14 años. “Marcos es un niño de agua”, describía entonces Luis. “Al comprobar desde pequeño que le gustaba este medio, lo intentamos en la piscina, al principio de manera individualizada y todos los fines de semana”, contaba. Víctor, uno de los monitores que han trabajado con él desde muy niño, decía que las “inquietudes” de estos chavales son las mismas que las del resto, “y que todos tenemos limitaciones”.
Cuatro años después de aquella sesión en Berriozar, las palabras de Víctor recobran fuerza. Más vida. El joven pamplonés ha experimentado un importante estirón. Ha cumplido 15 años y mide 1,53 cm y pesa 42 kg. Sus aficiones también han cambiado. Las típicas de un adolescente. Le gusta la música, las series de televisión, salir con los amigos de Anfas y bucear, un interés inoculado en 2017 por Miguel Carabantes.
“Marcos se siente libre cuando bucea”, aclaraba el año pasado su padre en una de las inmersiones, mientras vigilaba desde fuera del agua. Aquella mañana fue distinta. Luis detectó que su hijo realizaba extraños aspavientos y emitía sonidos. En realidad, no eran ruidos sino carcajadas. Y los aspavientos, volteretas. Carabantes incluso se emocionó. También su padre. Todos lo hicieron. Después de esa inmersión se sucedieron otras cuatro en piscina, la última en enero de 2018. Y en agosto saltó al mar en Getaria. Los monitores que le acompañaron esta vez, Jaime y Myriam, volvieron a escuchar los gritos de alegría. Luis les había avisado. La inmersión se prolongó 40 minutos. Marcos salió del agua tiritando pero feliz. Su padre le esperaba paciente en la orilla con una toalla extendida. Silencio. Calor. Una ola volvía a siluetear de blanco sus pies. Había merecido la pena.











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