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En el corazón del éxodo

Esto sucede hoy, en pleno Siglo XXI. 
Entre Honduras y Estados Unidos.
Huyen de la violencia. 
Más de 4.000 km.




En el muro de Tijuana, el mismo que separa a hierro y acero México de Estados Unidos, han dibujado un pequeño Principito de pelo amarillo, pajarita negra y pantalones azules. Alexander, un niño hondureño de tres años, que acaba de llegar con su madre y otras miles de personas en la ‘caravana migrante’ procedente de Honduras, parece haber visto el dibujo y adelanta el paso. Sin embargo, no ha reparado en la silueta. Demasiado alta. Alexander introduce su frágil cuerpo entre las barras y sumerge la mirada en el más allá, contemplándolo todo. Una bandera de Estados Unidos ondea en manos de un civil. También hay soldados. Armas de guerra. Miradas desafiantes. Cámaras de vigilancia, soldadores, policías a caballo, alambradas, concertinas... Las palabras del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, parecen sonar de fondo en este escenario de guerra: “Autorizo a disparar a los migrantes de la caravana si fuera necesario”, ha llegado a amenazar. Un poco más arriba del dibujo del principito, a la derecha, en una zona elevada, un graffiti recuerda que el marrón del hierro y el acero también se puede fundir hasta convertirse en una página en blanco. Dice así: ‘La poesía es gente con sueños’.
Mientras Alexander sigue ensimismado entre las barras, unos metros por detrás, Myriam, su madre, embarazada de cinco meses, revela los motivos por los que huyen de San Pedro Sula. “Las maras me violaron cuando tenía 13 años. No quiero que mis hijos vivan lo mismo. No se puede vivir allí. No puedes tener un negocio porque te extorsionan y si no pagas te matan. ¿Qué crianza puedes dar a un niño así? Allí, en San Pedro Sula, he dejado a mi madre. Solo espero poder cruzar a Estados Unidos y ofrecer a mi madre una vida digna”.
La extrema pobreza, la violencia y la falta de oportunidades convierten a Honduras, de 9 millones de habitantes, en uno de los peores lugares para vivir. Y las mujeres, una vez más, son las más afectadas. Desde enero hasta julio el Ministerio Público informa que han sido asesinadas 224 mujeres. Y desde 2002 hasta 2017 fueron 5.873 las que perdieron la vida de forma violenta (1.944 durante los cuatro años del gobierno de Juan Orlando Hernández, actual presidente). Solo en la ciudad San Pedro Sula, de donde partió la ‘caravana migrante’ el 13 de octubre, se producen alrededor de 200 asesinatos por cada 100.000 habitantes. Parte de esta violencia es perpetrada por pandillas juveniles, maras relacionadas con las drogas.

EL PADRE MELO
Cinco días después de que Alexander y su madre alcanzaran la antesala del sueño americano, un sacerdote jesuita llamado Ismael Melo, conocido como el padre Melo, máximo opositor del presidente hondureño, conversa en la ciudad de El Progreso (Honduras) con un grupo de periodistas españoles invitados por la ONG Alboan. La charla se lleva a cabo en la emisora de Radio Progreso, que el propio Melo dirige. Entre los presentes se encuentra Mentxu Oyarzun, periodista pamplonesa y técnica de esta ONG de Navarra y del País Vasco. “Honduras es el país inexistente”, arranca el jesuita, enarbolando silencios y miradas directas a los ojos. Su rostro queda enmarcado por un mural de Berta Cáceres, su amiga, una activista asesinada en su casa el 3 de marzo de 2016. El sacerdote y periodista también es la cabeza del Equipo de Reflexión, Investigación y Comunicación (ERIC) de la Compañía de Jesús, un colectivo que tiene influencia política en los movimientos sociales que se oponen a los proyectos mineros, turísticos e hidroeléctricos que se llevan a cabo en este país. “Y si Honduras existe, sobra”, continúa hablando. “La sociedad hondureña se encuentra rehén de la triple alianza formada por una burocracia política, una elite empresarial y las multinacionales. Y esta triple alianza es la que dirige el país. No aceptan que se les interrumpa su proceso de acumulación de material”, aclara. Y respecto a la ‘caravana migrante’ que partió de la estación de autobuses de San Pedro Sula, Ismael Melo indica que este “fenómeno social” ha sacado los colores al ejecutivo hondureño y en concreto a la triple alianza. “Esta caravana simboliza la desesperación de la gente y la derrota de un país que ha perdido la identidad. Esta triple alianza emplea el crimen organizado y a los militares para defender su modelo de desarrollo”. A las ocho de la tarde, una hora después, da por concluida la entrevista. Se debe a su programa de radio. Entre cristales blindados, su voz se proyecta hacia el exterior. Ismael Melo está amenazado.

A ESTE LADO, EN TIJUANA
El sol de noviembre se oculta en Tijuana a las cinco y media de la tarde. El reloj marca dos horas menos que en Ciudad de México y nueve menos que en España. En esta ciudad, la llamada “esquina” de América Latina, hermanada con San Diego a lo largo de una frontera de 24 km de longitud, transitan millones de personas al año.
El grueso de la ‘caravana’ ha tardado un mes en recorrer 4.500 km hasta Tijuana. La arena y el reflejo del mar en su playa los recibe como un espejismo. A partir de ahora, no les queda otra opción que esperar, pedir asilo, o continuar en manos del crimen organizado. De los ‘coyotes’. Ellos les introducirán al otro lado de manera clandestina.
“Aquí comienza todo. Vivir o morir...”, dice uno de los componentes de la primera de las cuatro columnas de la caravana al distinguir el muro en la distancia. Los albergues se encuentran colapsados, al doble de su capacidad. Tijuana, con una población de dos millones de habitantes, se enfrentó hace dos años a otro éxodo masivo, éste de haitianos, que buscaban asilo en Estados Unidos. Al menos 3.000 decidieron asentarse en esta frontera ante el rechazo de las autoridades migratorias estadounidenses. En Tijuana adquirieron empleos con ingresos mínimos y pudieron reconducir sus vidas en barrios marginales. Estos días representantes del colectivo haitiano se han acercado hasta la caravana migrante para ayudarles e informarles de la situación.

UNA 'SERPIENTE' DESDE EL AIRE
Cientos de personas se arremolinan en el puente fronterizo ‘El Chaparral’ para solicitar asilo en la oficina de inmigración. La mayoría son mexicanos que huyen de las amenazas de los cárteles. Los recién llegados reciben un papelito con un número y esperan su turno. Por delante les queda al menos cuarenta días. Para ello deben acudir cada mañana a la plaza y esperar en una larga fila. De seis de la mañana a una de la tarde. Cada número que se reparte representa a diez solicitantes. Y cada día se tramitan nueve números. La caravana ha desbordado el sistema. Un embudo donde si se les rechaza, directamente se les deporta.
Desde el aire, cuando el avión de la compañía de Aeroméxico realiza la maniobra de aterrizaje, el muro emerge de la nada como una culebra serpenteando por el desierto. Donde antes se sembraban tomates ahora crecen concertinas y planchas de hierro. Hasta esta ‘serpiente’, hasta su sombra, se acercan miles de vidas mutiladas que solo buscan vivir. Huyen. No para mejorar económicamente, que también, sino para no morir asesinados.
La ONG Alboan trabaja desde hace años en estos lugares, en las fronteras, acompañando en la migración forzada a organizaciones locales sobre el terreno. Colaboran en México con la Red Jesuita Migrante (RJM), que abarca organizaciones con cometidos diferentes y contextos distintos. Se trata de entidades que desarrollan su labor en el origen, en el tránsito o en el destino de las personas que se ven obligadas a abandonar sus casas.

UN NUEVO ÉXODO
La pamplonesa Mentxu Oyarzun se funde en un abrazo y una sonrisa con una de las personas transexuales que ha llegado a Tijuana y que forma parte del colectivo LGTBI, consiguiendo escapar de una muerte segura en su país. Dos cuchilladas en su cuerpo dan fe de ello. “La conocí cuando estuve viviendo en Honduras”, aclara Oyarzun, devolviéndole una sonrisa. “¿Cómo veo la situación aquí?”. Antes de contestar, la pamplonesa barre con la mirada el muro. “Teniendo en cuenta que estas migraciones forzadas no son un hecho actual, sino que vienen dándose desde hace ya años, esta ‘caravana’ creo que pone de manifiesto que la situación ha empeorado, y no hay visos de que vaya a mejorar. Es más, ya hay voces que dicen que podría ser el comienzo de un éxodo mucho mayor”, asegura. “Es fundamental seguir actuando en los países de origen de todas estas personas, para que nadie se vea obligado a abandonar su hogar, ya sea por motivos económicos, o resultado de la violencia que se ejerce, o fruto de la corrupción y la impunidad. Además de, por supuesto, ir atendiendo las necesidades de aquellas otras que ya se encuentran en tránsito o en los lugares de destino, tratando de disminuir la vulnerabilidad y fortalecer las capacidades de todas estas personas”, enumera Oyarzun.
Esta avalancha humana y social explotó como una poderosa bomba expansiva en el puesto de Aguascalientes rumbo a Guatemala. Rompió el cerco, y a medida que atravesó los dos siguientes países del Triángulo Norte (Salvador, Honduras y Guatemala) y se aproximó a la frontera mexicana, fue aumentando como una bola de nieve. Desde el 23 de octubre ya se habla de diez mil personas.
A pesar de esta cifra y del discurso de antimigración del presidente norteamericano, que ha amenazado a los migrantes que alcancen la frontera con “cambiar balas con pedradas”, los datos oficiales disponibles contradicen los argumentos alarmistas que buscan justificar el despliegue de miles de soldados en la frontera con México. La migración se encuentra en un nivel casi históricamente bajo.
Por otro lado, Amnistía Internacional recuerda en su último informe que las leyes internacionales norteamericanas extienden la protección a cualquier persona que llegue a EEUU y exprese su temor a ser perseguidas, sin importar cómo ingresen.
Hasta la frontera con Estados Unidos también están apareciendo cientos de mexicanos que huyen de las masacres de los ‘narcos’. Estos desplazados -la ‘otra’ caravana- provienen principalmente de los estados de Michoacan y Guerrero, Tamaulipas, Sinaloa y Colima. Cinco estados considerados por Estados Unidos, según la cadena BBC, tan violentos como Siria y Afganistán.

Aunque México ha vivido en 2017 el año más sangriento con 28.710 asesinatos, podría romper su propio récord anual en violencia en los primeros nueve meses de 2018 con 21.383 homicidios, 3.200 más que en 2017. De acuerdo con cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP) los estados más violentos son Guanajuato, con 1.934 asesinatos, Guerrero (1.693), Estado de México (1.679); Jalisco (1.403) y Sinaloa (1.228), mientras que en la Ciudad de México se han registrado 883.
Amnistía Internacional también ha documentado “una política de facto de devolver a miles de personas que buscaban asilo” en pasos oficiales situados a lo largo de toda la frontera. “Las personas devueltas a México podrían ser objeto de abusos directos allí o ser expulsadas y correr el riesgo de sufrir violaciones de derechos humanos en su país de origen”, recuerda la ONG, que ha denunciado también la política de detención “obligatoria e indefinida” de solicitantes de asilo mientras se tramitan sus peticiones.

MANOS ENCALLECIDAS
El muro de Tijuana parece esperar a los emigrantes como una columna de blindados a punto de entrar en combate. Desafiante. Ellos, las personas migrantes, se acercan y vierten su desesperanza en la arena de la costa de San Diego. Las palmas de las manos, encallecidas por el peso del equipaje, no pueden más. La mayoría solo carga ropa. Los sueños junto al muro quedan varados de repente. Lo saben. Quedarán predestinados a la invisibilidad. Martín, Cruz, Gladys, Gabriela y Elisabeth han huido para poder seguir vivos.

LA GUARDIANA DEL PASO QUE VENDE DULCES
Caritina trabaja desde hace diez años en el paso fronterizo de Otay, uno de los accesos principales a Estados Unidos. Es mexicana y vende dulces sentada en su silla de ruedas. Nació con polio, pero la enfermedad no le ha impedido ser campeona de atletismo en silla de ruedas en su país. Además, es muy coqueta. Pero no sonríe porque le falta la parte superior de la dentadura. “No creo que esta gente llegue al otro lado del muro”, confiesa. “Lo más probable es que les deporten cuando soliciten asilo”.

“VAMOS QUE VAIS A TIRAR BALAZOS”
No hay demasiada distancia entre el punto fronterizo de Otay y El Chaparral. Apoyados en una de las letras de colores que dibuja la palabra Tijuana en el centro de la plaza de este paso a Estados Unidos, Martín, de 31 años, y su madre, Cruz, de 54, llevan un mes esperando para ser recibidos en la oficina de inmigración. “Vinimos para solicitar asilo. Vivimos en una albergue y cada día hacemos cola desde las seis hasta las doce del mediodía”, cuenta Martín, mientras su madre hace ganchillo. “Estamos aquí porque acaban de asesinar a mi carnalito. Tenía 28 años”. Su hermano fue asesinado por uno de los cuatro cárteles que actúa en Michoacan. “Mamá le mandó a comprar masa y le estaban esperando...”. Cruz levanta la mirada del croché y revela un rostro difícil de describir. Hay tanto dolor acumulado. “Le querían reclutar y se negó”, susurra ella. “En Michoacan ya no se puede vivir”, sigue hablando su hijo. “No puedes y trabajar. Llegan y te dicen: ¡Vamos que vais a pegar tiros. Y si te niegas, te matan. Ni los soldados ni los federales nos protegen. La misma policía te entrega”.

EMBOSCADOS Y ACRIBILLADOS
El calor húmedo obliga a los solicitantes de asilo a buscar sombras bajo las letras de colores que decoran la plaza. Gladys, de 24 años y embarazada de cinco meses, sus tres hijos (de 1 a 4 años) y su marido, de 26, antiguo policía federal, esperan desde hace cuatro días a ser recibidos por algún funcionario del departamento de inmigración. Proceden de Guerrero, un estado donde solo este año han muerto asesinadas 1.693 personas. Prefieren que no se les identifique. Temen que haya represalias contra parte de la familia que ha quedado allá. “Nos buscan porque mi marido era un policía honesto y detuvo a muchos narcos”, explica Gladys. “Vinieron a casa para matarnos y salimos huyendo en furgoneta. Dejaron piedras y neumáticos en la carretera para que no pudiéramos escapar. Nos emboscaron. Pero mi marido pasó por encima de todo. Llevamos cartas de la policía y de presidencia para que nos faciliten el asilo, creo que lo vamos a conseguir”.

MENSAJES POR WHATSAPP DURANTE EL SECUESTRO
Rosa María Cuevas, su marido, Luis Cardenas, y su hija Kimberli creen que están a pocas horas de ‘distancia’ de abrir la puerta de la oficina de información. Llevan dos meses esperando. “Y hoy puede ser un gran día”, sonríen. Hace días que se les acabó el dinero y ahora viven en casa de un vecino de Tijuana. “Hemos huido de Michoacan porque aquello es pura balacera”, describe Rosa. Él se mantiene cabizbajo, en silencio. Cárdenas fue secuestrado durante un día por uno de los cárteles del estado. Los militares mexicanos lo liberaron. Algo extraño puesto que Cárdenas no es más que un agricultor, “pero con tractor”, subraya ella. Un agricultor al que le iba bien. “Y a los que nos va bien en este país tarde o temprano nos va mal”, añade Cárdenas, levantando la cabeza. Los secuestradores le pedían 300.000 pesos. Una cantidad que debía pagar en tres horas”, sigue contando. Y para presionarla le enviaban mensajes por WhatsApp. Los ha impreso en un folio y los ha adjuntado en la documentación que piensan entregar en el departamento de inmigración. Su objetivo es viajar a California, donde tienen dos hijos, y trabajar conduciendo un camión de basura.

AMENAZADAS DE MUERTE, MAMÁ HA DESAPARECIDO
Es la hora de comer y uno de los albergues reparte un plato de ensalada con frijoles. No hay demasiada comida, reconocía hace una semana Mario Osuna en el albergue Benito Juárez de Tijuana, donde se concentran miles de personas. “Son dos alimentos, que se dan a las nueve de la mañana, a las diez y a las cinco de la tarde. No llega para tres alimentos básicos. No alcanza”. En el umbral del albergue se presentan dos mujeres asustadas. Solicitan ayuda a las religiosas que gestionan el centro. Ellas las invitan a entrar y sentarse. Son hermanas, Elisabeth, de 20 años, lleva una maleta y a un niño de 3 años en brazos. Su hermana, Gabriela, de 18, luce un embarazo de seis meses. “Venimos de Michoacan. Aquello está muy feo, está desapareciendo mucha gente”, dice la mayor entre susurros. “Vivíamos con nuestra mamá, pero ha desaparecido. No sabemos dónde está, qué ha sido de ella. Un día llegaron a casa unos hombres y nos dijeron que tenían cuentas pendientes con ella, y si no les decíamos dónde se encontraba nos matarían. Llamamos a nuestro hermano a Estados Unidos para avisarle y nos pidió que nos fuésemos de casa”.
Las historias se suceden a este lado del muro de Tijuana. No hay tregua para nadie. Los niños, sin apenas comer ni descansar, llegan muy débiles. La caravana finaliza su camino y Donald Trump sigue elevando el tono: “Esto es una invasión y nuestras fuerzas armadas o están esperando”.
El pequeño Alexander seguro que sigue aferrado estos días a los barrotes de hierro y acero. “Lo esencial es invisible a los ojos”, decía El Principito.



Albergues en Guadalajara (México)



Al llegar al muro de Tijuana...











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