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Mensajes al más allá

Un pañuelico rojo de San Fermín anudado a un Cristo en un panteón, otro azul de fiestas de Zarzosa en un nicho, velas encendidas y apagadas, cera derretida, ositos de peluches, caballitos y cochecitos de juguete, dibujos, uno para Tito de África y otro para los abuelos, una botella de anís y tres de cerveza, huele a rosas... Respeto. Miedo. Cultura. Historia.

Los cementerios son lugares sagrados que invitan a la reflexión. Ayudan a recordar de dónde venimos y hacia dónde vamos. Acceder a su interior el día después de Todos los Santos, un 2 de noviembre, pasear junto a las tumbas y hacerlo muy despacio, escudriñando mensajes ‘escritos’ para el más allá, escuchando a su vez el canto continuo de los pájaros y el de las pisadas fugaces de los pocos visitantes, resulta un interesante ejercicio de introspección.

El pasado viernes, 2 de noviembre, el Cementerio Municipal de San José abrió sus puertas a las ocho de la mañana. Todas excepto una, la más próxima a la capilla, entreabierta media hora antes. El primero en acceder ese día de los Difuntos y recorrer el camposanto, cámara al hombro, fue un aficionado a la fotografía llamado Koldo. “He venido para ver si consigo tomar alguna imagen de alguna persona sola, en la distancia, entre flores... El cementerio está espectacular”, dice, desplegando una mirada curiosa alrededor. Huele a tierra mojada. Ha llovido toda la noche y algunos ramos desprenden bocanadas de fragancia. Paisaje bucólico. Los pétalos se derraman en las estelas. Sorprende el silencio, la soledad. Fuera, sentado en un banco, Andrés fuma con los ojos enrojecidos. Ha perdido a un amigo de 27 años por el cáncer y sus restos están a punto de llegar para su cremación. La vida y la muerte se dan la mano. Aproximarse a cada sepultura y reparar en los mensajes escritos por los nietos a sus abuelos y en los objetos depositados es descubrir cómo vivieron. Abrir las ventanas de sus vidas.
Al otro lado de este camposanto de sonrisas de papel y lágrimas de peluches, hay una mujer que susurra algo a una foto. Custodia en soledad la memoria de su marido e hija, fallecida el año pasado en San Fermín por un golpe en la cabeza. “Cuidaos los dos, que estáis en el cielo”. Su mano besa las fotos. Volverá por la tarde, si el tiempo lo permite, para prender la luz de las velas.
Los aviones que aterrizan rasgan la quietud. Llega más gente. Caminan cabizbajos, pendientes de sus pasos. Responso rápido y paso atrás. Regreso a la entrada. El miedo, el respeto, es como si les animara a salir.
Un par de trabajadores se encargan de recoger las flores marchitas que se acumulan en las basuras. “ Ayer -por el 1 de noviembre- esto era como Carlos III de día, lleno de gente. Ahora no hay nadie, es como si fuera Carlos III pero de noche”, describen. Son las diez y media de la mañana. Se escuchan campanas. Una luz rojiza se apodera de todo. Y, de repente, un silencio insoportable. Nudo en la garganta y sudor frío. El periodista entra en el Grupo 40 de nichos y siente que le tiembla todo. Aquí reposan los restos de bebés y niños. El paseo se vuelve agitado, convulso. Ocurre casi al otro lado de la entrada.
Un hombre y una mujer dejan unas flores y dedican una oración, también rápida, y vuelta atrás. Apostar la mirada en cada una de las estelas, conlleva un golpe de realidad del que cuesta recuperarse. Sin aliento y con los ojos entre lágrimas, las fotografías se disparan como una plegaria. Después, se sale como se puede de este recinto amurallado por tanto dolor. La pregunta ahoga: ¿por qué tiene que morir un niño? El visor está empañado por el recuerdo. No queda otra. Hay que salir de aquí.
Los pasos aceleran y dirigen los pensamientos, sin querer, a la zona de tierra tierra. Mirada a los pies. Y nueva sorpresa. Alguien ha dejado tres botellas vacías de cerveza bajo el crucifijo del difunto Francisco. Está claro, en ningún lugar se manifiestan sentimientos tan sinceros.




 

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