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Un día cualquiera (en Navarra)


En esta época en la que la crispación política parece haberse adueñado del mundo, salen a flote las palabras del poeta sevillano Antonio Machado: “Nunca perdáis contacto con el suelo; porque sólo así tendréis una idea aproximada de vuestra estatura”. Según la Psicología Social, las vidas de las personas se desarrollan en contextos que muchas veces tienen límites. Las vidas se expanden, se entrecruzan dependiendo de su profesionalidad e intereses, pero independientemente de ello -explican los especialistas- todos mantienen una vida cotidiana. Una vida que “muchas veces obviamos a la hora de tratar de interpretar determinados acontecimientos de nuestro alrededor que matizan y permiten establecer valoraciones, etiquetar comportamientos, realizar manifestaciones”.
Este “contacto con el suelo” al que aludía Machado es precisamente lo que pretende este mosaico de historias de norte a sur de Navarra. Una foto fija de un miércoles 16 de enero. Un día cualquiera que arranca en Pitillas, de madrugada, y finaliza en Arguedas.


Pitillas Se nos ha olvidado qué significa disfrutar”

El panadero de Pitillas, Jesús Esparza, amanece cada día a las dos y media de la madrugada. Tres horas después de levantarse, a las cinco y media, sale del obrador, pulsa el interruptor de la luz de la tienda, junto al horno de leña, y su esposa, Elsa Jaurrieta, vende la primera de las 200 barras previstas. Entonces, al abrir la puerta de la panadería, el aroma del pan recién hecho explosiona desplegando sus alas por la N-121. “Tengo 60 años y el cuerpo machacado. Dormimos horas desordenadas, como mucho cinco seguidas”, manifiesta Esparza, con el ánimo aún entumecido por el madrugón. Pesan las horas, los días... Elsa y Jesús regentan desde hace 16 años este negocio familiar a la entrada del pueblo, a la altura de la Avenida de Navarra nº22. “Sin fiestas ni descansos, mantienes el ritmo de trabajo pero el cansancio se nota”, reconoce. Porque además de elaborar pan de manera artesanal también lo reparte. A las seis y veinte lo lleva en su coche a las casas para que los chavales puedan almorzar en los institutos, y a las ocho y media a una tienda de Olite. A las diez finaliza el reparto en Murillo el Cuende.
Y aunque Pitillas tampoco se libra de la despoblación, subraya Esparza, “los clientes de fuera nos siguen buscando. La gente viene a por nuestro pan”.
La jornada comienza para este matrimonio de noche y finaliza de noche. Al preguntarles por sus sueños, ambos resoplan, sonríen, y vuelven a resoplar. “Le voy a contar un secreto”, sorprende Esparza. “Desde niño he trabajado en una panadería, luego estudié y trabajé en otro sitio. Pero quería ser mi propio jefe. Por eso, al jubilarse el anterior panadero continué con el obrador”, cuenta. “Pero tengo un hijo de 30 años que no ha querido seguir con este negocio”, continúa hablando, algo apenado. “Mi sueño era que continuase. Cuando empiezas algo de cero no quieres que se vaya al garete...” . A su lado, Elsa Jaurrieta termina de amasar sueños. Los de ambos. “Necesitamos tiempo para viajar y poder disfrutar de cualquier acto social. En este trabajo dejas a un lado las aficiones, los amigos, la vida social...”, lamentan. “Sabes las ganas que tengo de jubilarme y disfrutar de la vida, de cualquier detalle, de no tener la obligación de levantarme”, añade. “Se nos ha olvidado qué significa disfrutar”.


Puerto de Erro “Es tan complicado desenterrar sueños”

En plena subida al puerto de Erro, Alfonso Ollo, de 50 años, regula el tráfico mientras sus compañeros podan las ramas de los árboles en la cuneta. Enfundado en varias capas de abrigo y con una señal en la mano, este hombre natural de Ibero da paso a los vehículos que suben y bajan en dirección hacia el frío polar que azota los altos de Mezkiritz e Ibañeta. “He realizado trabajos más duros”, asiente, abriendo bien los ojos al escuchar la palabra sueños. “Es tan complicado desenterrar sueños. Sueño con tener tiempo. Tiempo para hacer lo que te gusta. ¿Qué es lo que más me gusta? Viajar. Conocer gente, sitios... El mar me tira mucho”.


Espinal “Solo quiero terminar con el pasado, empezar algo nuevo”

A 37 kilómetros de los sueños desenterrados de Alfonso Ollo, en Espinal, se encuentra Heiko Oertel, un peregrino alemán de 45 años que atraviesa la columna vertebral de una localidad también despejada de habitantes y de peregrinos. En medio de un vacío helador, Heiko levanta la mirada pendiente en todo momento de las indicaciones que orientan su ruta. “Solo quiero terminar con el pasado y empezar algo nuevo. Este es mi sueño”, susurra, con el traductor del móvil en la mano.



Abaurrea Alta “Mi sueño era volver y vivir en el pueblo”

Los sueños se encadenan. Cada uno los describe a su manera. Más arriba del puerto de Erro, en el llamado “balcón de los Pirineos”, despunta el municipio más alto de la comunidad, Abaurrea Alta. Un mirador a las estrellas donde este miércoles cualquiera de enero solo se escucha el rugido casual de un tractor y el volteo de la única campanada de la iglesia recordando que son las once. En el horizonte se distingue la cresta acartonada de unos Pirineos sin nieve. Y al otro lado de la iglesia, un hombre uniformado con un buzo azul. Es Rafael Ordóñez, un ganadero jubilado de 68 años. “Ahora que estoy jubilado me dedico al bricolaje”, sonríe. “A mi edad pocos sueños quedan... Mi sueño era volver y vivir en el pueblo”. Durante dos años trabajó en Pamplona, en Volkswagen, pero “las raíces” volvieron a succionarle, devolviéndole a casa. En la otra acera, puerta con puerta, Juan Pedro Pedroarena, otro ganadero. Uniformado con buzo azul y un gorro calado, recoge heno y lo vuelca en una carretilla para las vacas. “Voy bien así, no tengo demasiadas pretensiones”, dice, refiriéndose a los sueños. Casado y padre de dos hijos, de 26 y 38 años, reconoce que la vida en este pueblo, a los pies de los Pirineos, es dura. “Estamos lejos de todo”.


San Martín de Unx “Tengo tantas ganas de salir y de viajar”

La niebla y el hielo distan de la luz del sol exactamente a 90 kilómetros. Una hora y media de viaje si se transita por la NA-178. Lo que más sorprende al atravesar los pueblos de esta comunidad, este miércoles cualquiera, sigue siendo la soledad que emanan de las calles. El silencio. La desaparición de la gente... Tal y como sucede en San Martín de Unx. Los rayos sortean los tejados e impactan de lleno en el centro de la Plaza Miguel Sanz. Dos mujeres conversan junto al racimo de uvas gigante que simboliza la riqueza vinícola de este pueblo agrícola de algo más de 400 habitantes y calles medievales salpicadas de antiguas murallas y una carretera romana. Las dos mujeres, Mª Jesús y Palmira, se conocen desde niñas. Iban al mismo colegio y jugaban a la “comba” en el mismo punto de la plaza donde han coincidido esta mañana. Sin mucho tiempo para el disfrute, Palmira dice que estos últimos años su jornada transcurre siempre pendiente de los suyos. Su marido está “un poco delicado”. La jornada ha comenzado a las ocho de la mañana y finalizará a la una de la madrugada, tal y como viene siendo habitual. “Este año no hemos podido ir de vacaciones. Hace tiempo que no salimos y tengo tantas ganas de viajar”, responde al evocar un sueño.


Ujué  “Mi madre me enseñó a trabajar la cocina con mimo”

A diez minutos de San Martín de Unx, a unos 8 kilómetros, se erige otro balcón con vistas a las estrellas. Un pueblo medieval, elegante, contundente, pero también vacío de gente. Ujué, la atalaya de Navarra. Un mirador frente a los Pirineos. “Uno de los pueblos más bonitos de España”, reza una placa a la entrada. A las once y media de la mañana, a los pies del santuario de Santa María, ya se siente el aroma de las migas de pastor que lleva cocinando Ana Ibáñez desde temprano en la cocina del Mesón Las Torres. Ataviada con un mandil rojo que contrasta con el blanco impoluto de la camisa, la propietaria de este negocio familiar, junto a su hermano Ismael, vierte con un cucharón el sofrito que mezclará en una cacerola colmada de migas y que remueve una y otra vez como un mantra. Para este día de entre semana, calcula que servirán diez raciones. “Y el domingo 150”, precisa.
“Llevo 40 años preparando este plato, el secreto es el pan de Ujué, un pan de hogaza elaborado en horno de leña, de masa oscura que no lleva tanta agua. Así no se pega”, revela. Además del pan de Ujué, la receta lleva manteca de cerdo, sebo, setas, ajo bien triturado, jamón y tomate. “Eso sí, se sirve muy caliente, y para eso tenemos unos envases especiales que mantienen la temperatura”. Al hablar de sueños, la cocinera permanece pensativa. “No creo que me queden sueños por cumplir. Me siento muy contenta con el tipo de vida que he llevado. Mi sueño ha sido la cocina, trabajarla con mimo, tal y como me enseñó mi madre”. Su madre, Juli Valencia, y su padre, Hipólito Ibáñez, fueron los precursores en 1967 de este plato tradicional y del primer restaurante. Sus primeros clientes entonces eran labradores que acudían a la zona.

Ana sale de la cocina, se abriga con una ‘chaquetica’ y se acerca al mirador, donde el aparcamiento, para comprar unos ajos en el puesto ambulante de frutas y verduras de José Javier Moreno. “El pueblo está vacío...”, masculla Moreno, haciendo bailar el cigarrillo que cuelga de sus labios. El vendedor cuenta que vive en Calahorra. Se ha levantado a las siete de la mañana para extender sus productos en las mesas plegables que ha colocado junto a la furgoneta. Cada día acude a un pueblo distinto de Navarra. El martes toca Ujué. “¡Esto es una gozada! ¿Has visto qué oficina tengo, con vistas a los Pirineos?”, ríe. Una rapaz sobrevuela la zona. “No hace frío, no se van ni las avispas”. Suelta un manotazo a una. “Me lo paso bien en este trabajo, es algo sacrificado, pero disfruto. No tengo muchos sueños que me queden por cumplir, quizá viajar por Europa”.


Artajona “Solo quiero seguir trabajando y tener salud”

El cerco de Artajona sobresale entre la niebla como un decorado medieval. Las calles, tal y como suele ser habitual en la mayoría de los pueblos visitados a lo largo de este recorrido, extienden nuevamente una alfombra de bienvenida fría y solitaria. Los escasos paseantes se concentran alrededor de la plaza del Ayuntamiento y saludan. Un operario de mantenimiento, José Javier Martinena, de 49 años, “desbasta” el firme de la Calle Escalericas envuelto en una nube de polvo blanco. “Paso la fresadora porque es una calle sombría y para evitar que se forme musgo y se resbale la gente”, explica, despojándose de la mascarilla que le protege. Ha comenzado a trabajar a las ocho de la mañana “a bajo cero”, detalla, y por la tarde se dedicará a podar viñas y a jugar a pelota en el frontón. “No tengo muchos sueños, solo quiero seguir trabajando y tener salud”.




Larraga  “He cumplido el sueño de comprar una casa, ahora hay que pagarla”

Un kilómetro antes de entrar en Larraga, en un campo de tierra cuarteada aún sin vides, trabaja Abdelkebir, de 40 años. Dirige a un equipo de cuatro personas. Preparan los postes de hierro y madera (las llamadas espalderas) en los que se sujetarán las cepas cuando crezcan. Calcula que instalarán 800. “La mayor ventaja de las viñas es que permiten la mecanización del cultivo”, explica. “Y al no existir sarmientos que cuelguen entre las calles, la maquinaria puede circular sin pisar ni romper sarmientos”, aclara. “Además, a la hora de la recolección hay más facilidad porque los racimos quedan a la altura de la cintura”. Han comenzado a las ocho y media y por la tarde se dedicará “a disfrutar de la familia”. Casado y padre de una niña, reconoce que atesora muchos sueños y que ya ha cumplido uno. “He comprado una casa y un coche, pero ahora hay que pagarlo”, ríe.
A escasos metros de esta terreno, en otro pero con cepas, Álvaro Jiménez, de 18 años, poda los sarmientos con una meticulosidad cirujana. Ha empezado a las nueve y terminará a las cinco y media, con un descanso de hora y media para comer. Abrigado con una braga térmica al cuello y unos guantes, asegura que nunca antes se le había ocurrido pensar en un sueño. Por la tarde, sí que tiene claro que se dedicará a jugar a pelota en el frontón y quedará con la novia. “Pero nada de sueños”, dice, riendo.


Valtierra “Que mejore el convenio, trabajamos por 7.50 la hora"

La niebla mece Navarra de norte a sur. Un grupo de jornaleros trabaja recogiendo coliflores junto al desvío que lleva a Arguedas y Valtierra. Las flores blancas de las hortalizas, alrededor de 15 toneladas, se acumulan en una de las bañeras de la carga de un camión, que descansa a un extremo del campo. Al fondo, a la derecha del camino de piedra y tierra, entre las plantas herbáceas que alcanzan la cintura, se distinguen los cuerpos encorvados de una cuadrilla de recolectores. Cuchillo en mano, seccionan la coliflor con un corte limpio y rápido y los lanzan al interior de la pala de un tractor que conduce Elarbi, de 26 años. Llevan desde las ocho y media de la mañana. “Hay que repasar las plantas día tras día, una y otra vez, hasta que el blanco tenga el tamaño deseado”, señala. Al preguntarle por un sueño, sonríe: “Me gustaría que mejore el convenio. Trabajamos por 7.50 euros la hora”.


Arguedas “En casa nos han inculcado la tradición de San Antón”

Al superar Valtierra y llegar a las viviendas de Grupo Venecia, en Arguedas, se distingue a José Antonio Mayor Burgui, de 64 años, preparando la hoguera de San Antón. “¿Qué hago?” La pregunta parece hacerle gracia, porque como el cuerpo de un recolector de coliflores en plena faena, el suyo también se retuerce sobre unos marcos de maderas. Al igual que los agricultores lleva desde las ocho y media de la mañana “acumulando trastos”, dice. “Desde pequeños nuestros padres nos han acostumbrado a disfrutar de esta noche de fiesta y la mantenemos muy viva. Acumulamos maderas durante el año y una semana antes las apilamos en frente de la puerta de casa, lo que sucede es que hay que quitar a las maderas los tornillos y las gomas para evitar el humo negro cuando ardan”, aclara. Esa noche - por ayer- nos juntamos la familia, los amigos, los vecinos...”.
Muy cerca de las pilas de madera, una bandada de estorninos vuela por delante del paso delicado de Antonio Salinas, un vecino de 51 años, prejubilado, que dedica la mañana a pasear. Su caminar es frágil por un problema en la espalda. Al otro lado de su deambular, tras los muros, una ganadería de toros reposan sobre una montaña de estiércol. Esa noche de sábado, Arguedas ardió en honor al patrón de los animales.
En su obra Psicopatología de la vida cotidiana Freud describe cómo a través de las pequeñas reacciones, de los detalles y las formas de comportamiento simples, “se pude llegar a conocer la psicología que subyace a nuestro modo habitual de ser y que afecta, en ocasiones sin nuestro conocimiento, a la manera de estar en el mundo”.


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