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Campeones




Images copyright Iván Benítez 

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48 horas después de nacer, Rubén dejó de respirar. Fueron segundos. El tiempo suficiente para que el destino delinease una nueva estela. Eran las tres de la tarde y al bebé le tocaba una nueva toma. Pero dormía plácidamente. O eso parecía. Ni las enfermeras ni su madre, María, concedieron demasiada importancia a la desgana. “Por una toma no pasa nada…”, pensaron. Fue al entrar Luis en la habitación y voltear a su hijo para espabilarlo, cuando descubrieron que se atragantaba con una flema. Luis reaccionó. Abrió la palma de su mano, tumbó al niño y le propinó unos golpecitos en la espalda. El pequeño soltó la flema pero volvió a atragantarse. Así una y otra vez. Hasta que se puso morado. En ese momento, el brazo de su padre se levantó como la pala de una excavadora y voló por el pasillo. Por detrás, en bata y con los puntos aún recientes, María corría pidiendo ayuda. Rubén quedó aislado con las enfermeras. Luis prefirió quedarse en el pasillo y María volvió a la habitación. Poco después, se lo entregaron. No parecía sufrir secuelas.
Así empezó a escribirse hace 27 años la primera página de la historia de un joven navarro llamado Rubén Pascual Cortés. Un burladés que en 2018, tal día como hoy, se proclamó en Normandía (Francia) campeón del mundo de atletismo en el campeonato para personas con discapacidad intelectual. Ese día se colgó un oro y una plata, recibió las felicitaciones de varios jugadores de Osasuna y una carta de la presidenta del Gobierno de Navarra, Uxue Barkos.
Dentro de un mes, del 6 al 11 de marzo, viajará a Turquía para disputar el campeonato europeo de pista cubierta. Y en 2020, si rebaja su marca de 400 metros por debajo de los 49 segundos, volará a los Paralímpicos de Tokio. Eso significa que deberá correr 7 segundos más rápido. Con lo que le gusta correr a Rubén y ser el más rápido.
EN EL CORAZÓN DE RUBÉN

Aquel bebé que se quedó sin oxígeno al nacer se ha transformado en un atleta de 1.84 metros, 72 kilos, un 46 de pie y un corazón colmado de emociones. Tras unos ojos color miel reposa el bálsamo de sus padres y hermano pequeño (Luis, María, David). Rubén encarna generosidad, ingenuidad, orden y rutina. La cama siempre bien hecha y sus dos peluches perfectamente alineados sobre la almohada, al amanecer. Rubén es atletismo, Osasuna y coches. Estalla de emoción al sentarse de copiloto en el coche de su hermano, cuando le recoge por sorpresa en el centro ocupacional. Rubén es amistad, la película de Campeones, música, preferiblemente de Melendi, una partida con la playstation, viajar solo antes de una competición, chicas... Pocas situaciones le asustan. Quizá, acostarse y quedarse dormido por la noche con la puerta cerrada.
Aunque antes también temía viajar solo en tren o en avión. Desde que superó ese muro, disfruta. Viajar le aporta autonomía y seguridad. Unos días antes de cada viaje, de cada campeonato, sufre una “explosión de emociones”. De hecho, cuando le anunciaron el año pasado que estaba convocado por la Federación Española de Atletismo para ir al Campeonato del Mundo en Francia, pasó varias semanas pensando cómo iba a afrontarlo. “Le angustiaba ir solo en el tren hasta Madrid. Nunca antes lo había hecho. Son emociones muy fuertes que debes trabajar”, explica su madre. “Nosotros fuimos por nuestra cuenta en coche. Era un 28 de febrero y nevaba mucho. Se montó en el tren, pero por el temporal se detuvo y retrocedió. Rubén me llamaba cada poco: ¡Mamá, el tren va para atrás!”.
Frente a unos álbumes de fotografías colmados de vida y un palmarés de vértigo, Luis y María transcriben recuerdos sentados a la mesa de la cocina. Aquel viaje a Normandía, correr junto a otros atletas como él, “le hizo grande”, dejan claro. “Fue un sueño que no se imaginaba”. Y al regresar a Pamplona, Rubén se encontró en el andén de la estación con una fiesta. Radio Atica Solidaria había preparado un recibimiento “espectacular que me hizo llorar”. Pancarta y globos incluidos. No era para menos, el atleta burladés volvía con dos medallas de oro y una de plata. Además, al rebajar sus marcas en Normandía, había garantizado su participación en el Campeonato de Europa. Nada menos que en París. Un nuevo despliegue de emociones. “Ha madurado tanto...”.
PALMARÉS
Rubén empezó a entrenar en Larrabide con 12 años y con 14 ya destacaba. Durante cuatro años, de 2011-2016, fue campeón de España de esquí de fondo. En atletismo, sus primeras pruebas eran de fondo. Quedó subcampeón nacional en 2007. En 2008 pasó a la velocidad, su especialidad son los 100 y 200 metros. En 2016 consiguió el oro, campeón de España en 100 metros y el bronce en 200. Y en 2017 y 2018 volvió a repetir oro y plata en estas dos categorías. En 2018, se subió a lo más alto del pódium tras lograr la medalla de oro en pista cubierta con la selección española en relevos 4x200 metros en Normandía y la plata en 4x400. Meses después conseguiría una nueva medalla, de plata, en relevos en el campeonato europeo en París. Aun y todo, subraya su padre, “ganar o perder no es lo que más le preocupa, sino superar proyectos”.

CAMPEÓN POR UN DÍA
Entre recortes de periódicos y fotografías plastificadas, Luis y María siguen evocando instantes “mágicos”. Por ejemplo, lo que pasó la jornada después de ganar el Campeonato del Mundo. Ese día, Rubén se levantó de la cama y preguntó a sus padres: “¿Hoy sigo siendo campeón del mundo?”.
Estas palabras, este interrogante, resume bien el esfuerzo diario de las familias que “luchan” para que sus hijos, con algún tipo de discapacidad física o intelectual, no sean “excluidos” del engranaje social. “La sociedad ha evolucionado, pero no las infraestructuras”, lamenta Luis, reconociendo que aún se sienten invisibles. “Mientras el resto de chicos y chicas, sin discapacidades, salen en los medios de comunicación, los nuestros no... Y eso que realizan un mayor esfuerzo. Queremos ser visibles”.
Una sábana velada de invisibilidad que parece recubrir también el trabajo de las entidades privadas y públicas que, desde la cotidianidad, lleva a cabo para lograr la inclusión de estas personas. “Son campeones... pero de vida”, ilustra Kele Ibarrondo Moyua, directora del Centro Ocupacional El Molino, al que acude el atleta burladés.

EPILEPSIA Y TRATAMIENTO
Después de dar a luz y salir del hospital, María percibía algo extraño en la mirada del bebé. Nada más cumplir 13 meses, lo llevó a la guardería, confesando su inquietud a las cuidadora: “Rubén tiene algo pero no sé exactamente qué puede ser”. Cuatro meses después, la pediatra diagnosticó al pequeño epilepsia. Pero ante un tratamiento que Luis y María creían que “no funcionaba” optaron por otra opinión.
Acudieron a la Clínica Universitaria, y en esa ocasión el diagnóstico se presentó como una ducha de agua helada. “Su hijo no sufre epilepsia. Debéis suprimir inmediatamente la medicación”, advirtieron tras practicar al niño “infinidad” de pruebas.
Contrariados, el matrimonio transmitió esta información a su pediatra, pero ella insistió en continuar. A pesar de todo, no arrojaron la toalla. Viajaron al Hospital de Cruces (Barakaldo) en busca de más respuestas. Y el resultado coincidió con el de la Clínica Universitaria. “Rubén no era epiléptico, sino hiperactivoDebían suprimir inmediatamente la medicación”. Finalmente, optaron por la Clínica Universitaria. “Aquí nos animaron. Nos dijeron que nuestro hijo sería un niño feliz y que aprendería a leer y a escribir”. A los 7 años comenzaron a eliminar de manera gradual el tratamiento.
Al cumplir los 8, Luis y María decidieron que era el momento de que el mayor de sus dos hijos hiciese la comunión junto al resto de niños del colegio. “Pero nos dimos cuenta de que no encajaba con ellos”, reconocen con amargura. María sigue pasando páginas de los álbumes de los recuerdos. “Eran otros tiempos y percibíamos que la gente nos miraba mal. No lo aceptaban. Rubén tuvo bastantes problemas. Le pegaban, se metían con él... Era un colegio normal y la orientadora nos decía que no lo podían tener más tiempo. Nos dejó claro que debíamos buscar un centro especial”. Por el contrario, desde Educación dejaban claro que su hijo debía recibir una educación combinada. Y mientras se aclaraba toda esta situación, Rubén enfermaba por depresión.

CONVERSACIÓN EN AUTOBÚS
Con el tiempo optaron por inscribirle en un centro especial de Pamplona para personas con trastornos severos. Decisión, sin embargo, que terminó de “hundir” a Luis y María. “Llegaba a casa cada vez más desilusionada. Rubén era cada vez más consciente de lo que le ocurría a su alrededor”. Por las tardes, madre e hijo se relajaban dando un paseo por el barrio, en Burlada. “No sabíamos qué hacer. Me lo llevaba a andar. Y cuando pasábamos por delante del antiguo edificio de Santa María y veíamos a las personas internas agarradas a las vallas, dando golpes, me preguntaba por qué daban golpes. Yo trataba de explicar que tenían pupa en la cabeza”.
Sin ella saberlo, esta conversación cimentaba los pilares de una nueva charla que no tardó en aparecer. Sucedió una mañana, dentro del autobús del centro, frente a un “cuadro impactante”, relata María. “Eran personas con discapacidades severas. Nada más verles, Rubén se me quedó mirando y preguntó: ‘Mamá, ¿tengo una pupa en la cabeza?’ Yo le respondí que sí. Y me volvió a preguntar si se iba a curar. Le dije que no lo sabía”. La conversación fluía entre madre e hijo dentro del autobús. Rubén razonaba, a su manera. ‘¿Por qué no me pones una tirita como cuando me caigo?’ Yo le explicaba que dentro de la cabeza no se puede poner una tirita. ‘¿Entonces?’, preguntaba Rubén. Hay que esperar, le contesté. Me abrazó, me dio un beso y no volvimos a hablar del tema”.

EL DÍA QUE RUBÉN SONRIÓ
A los 10 años, recomendaron a María y a Luis que llevaran a su hijo al Club Deportivo El Molino y que probase con el atletismo. Esperaron hasta los 12, edad requerida para la inscripción. Entonces, al cambiar de colegio, “¡todo cambió!”, exclama María, con una sonrisa que resume lo sufrido. “Rubén dio un giro de 180 grados. Aprendió a sonreír. Se convirtió en un niño diferente. Cariñoso, generoso, amigo de sus amigos... Un encanto. No me imaginaba que tenía en casa un pedazo de pan. En El Molino aprendió a leer, escribir, sumar, restar con operaciones fáciles... Ahora es feliz porque ha puesto en práctica lo que le gusta. Y le encanta correr. La gente le quiere tanto”.

RUTINAS
La rutina acciona el interruptor del amanecer en la habitación de Rubén. “Si lo sacas de sus normas se pierde. No se va nunca de casa sin hacer la cama y colocar bien los muñecos. Tiene que tener todo muy controlado, muy en su sitio”. En su habitación, en un corcho anclado frente al ordenador, junto al escudo de Osasuna y un póster de una modelo, cuelga el calendario de sus próximas competiciones. Debajo, en medio folio, se pude leer el comunicado de Blas Arróniz, director del Club Deportivo El Molino, recordando a las familias que deben firmar la autorización para que el 8, 9, 10 de febrero sus hijos puedan participar en Santander en el Campeonato de España de campo a través. Al lado, en otros dos legajos, los horarios de los talleres (trabajo industrial, jardinería y creativos) y el menú de las comidas. También tiene la contraseña de su cuenta en Facebook y otro comunicado, éste de Anfas Navarra, de cuya asociación forma parte desde los 8 años.
Después de desayunar y dejar su habitación impecable, Rubén acude a la parada de la villavesa y se desplaza desde Burlada a la calle Vergel de Pamplona, donde se localiza El Molino. Dos autobuses para ir y otros dos para volver. Su única preocupación durante el trayecto es que el saldo de la tarjeta no baje de los siete euros. No tarda en comunicar a sus padres su preocupación si los céntimos se acercan “peligrosamente” a este límite.
A las nueve, las puertas acristaladas del centro se abren y aquí permanece hasta las cinco de la tarde. De taller en taller. Al terminar, deshace el camino. Otra vez solo. Merienda en casa, se cambia y se dirige al Centro de Tecnificación Deportiva Estadio Larrabide, donde entrena cuatro días a la semana. Y otra vez cuatro villavesas. Dos para ir y dos para volver. Tres días entrena con Marisa Marcotegui, de la Federación para personas con discapacidad, y los jueves con Goya Ferrer (Pamplona Atlético), con los que compite cada dos sábados en la pista cubierta de Anoeta.

EL MOLINO
Kele Ibarrondo, directora del Centro Ocupacional El Molino, recuerda la primera vez que vio a Rubén cruzar el umbral del colegio con 12 años. “Era un chico majo y movido”, sonríe. Mientras habla, aquel chico majo y movido le escucha en silencio, a su lado, con una mirada penetrante. Rubén estudió FP y Secundaria hasta cumplir los 21 años. Luego cambió del colegio al centro ocupacional, formado hoy por 49 personas: hombres y mujeres de entre 22 y 38 años con algún tipo de discapacidad intelectual. “Nuestra finalidad es promover su integración mediante la realización de actividades de formación ocupacional personal y social para su habilitación laboral y desarrollo de su autonomía personal y social”, detalla Ibarrondo. “Todo muy funcional, para ayudar en casa. Porque en un futuro pueden vivir en pisos tutelados”. Rubén escucha sus palabras sin pestañear, no muy convencido de estas últimas palabras. “Aquí preparamos campeones, pero de vida. Aquí nos fijamos en el potencial de cada uno. Hay tantas historias de superación...”.

LARRABIDE
Marisa Marcotegui Izcue, de 51 años, no recuerda los años que lleva entrenando a Rubén. Suspira. “Han sido muchos”, ríe. “Era un niño muy delgadito, poca cosa, muy descordinado. No podía ni dar un salto, caminaba desgarbado”. Gesticula los movimientos de aquella niñez .
Marcotegui se ocupa de un grupo de perfeccionamiento integrado en la Federación Navarra de Deportes Adaptados. Diez chicos y tres chicas de edades comprendidas entre los 18 y 41 años. “Personas, deja claro la entrenadora, que si no estuvieran aquí, en Larrabide, probablemente se encontrarían tumbados en casa sin hacer nada”, advierte.
La práctica deportiva en gente con discapacidad ayuda en el desarrollo físico y psicológico. “El ejercicio les permite avanzar en su autonomía a la hora de moverse por su cuenta en la vida diaria. Asumen nuevas decisiones, nuevos retos. Canalizan la energía. Y si se les integra en otros grupos, favorece la inclusión. Hay que integrarlos”, dice, una y otra vez. “A medida que crecen y entrenan, se les nota muchísimo en el tono muscular. Además es muy gratificante para ellos las concentraciones, estar convocados. Les emociona viajar y encontrarse con los amigos que van conociendo. ¿A quién no le gusta?”.
Aunque estos chicos y chicas comienzan en las escuelas deportivas, continúa hablando Marcotegui, los que quieren competir saltan al grupo de perfeccionamiento. “En este grupo entrenamos para conseguir resultados”. Marcotegui deja claro que no existe una edad límite. “Tengo una chica, Rosa, que con 41 años sigue llegando a las finales. Hay que animarles a que sigan practicando deporte. Aquí se relacionan y avanzan para no ser tan dependientes”. Una progresión que se consigue a base de mucha repetición. La misma rutina de la que hablaba María, madre de Rubén. “Repetir, repetir y repetir. Si les cambias la dinámica, no saben, se dispersan”, pormenoriza. Gracias a su insistencia, ha conseguido que su grupo forme parte de la gran caravana deportiva de los Juegos Deportivos los fines de semana. “Y si hay alguien que despunta, como ocurre con Rubén, se le pasa a otro grupo”, observa. “Estos chicos y chicas son conscientes de su discapacidad”. Para apoyar sus palabras, recuerda una anécdota. “Este año se ha integrado en el equipo Demba, un joven maliense de 19 años de un gran físico. Pues bien, el día de la presentación, le preguntaron si es discapacitado. Y se alegraron mucho al escuchar a Demba decir que sí”.

LA BANDERA DE NAVARRA
Las anécdotas se encadenan, Luis y María no se quieren olvidar el apoyo recibido por el consejero de Bienestar Social del anterior Gobierno de Navarra, Íñigo Alli.Entonces, Rubén trabajaba de azafato en una gala de la ONCE. Ese día acudieron al acto algunas autoridades, entre las que se encontraban el alcalde de Pamplona y el consejero. Sin saber muy bien el motivo, Rubén se acordó de que en los campeonatos por comunidades, Navarra era la única que no llevaba su bandera. Rubén no lo dudó. Se presentó frente a Alli y se lo soltó. Tal cual. Por lo que el consejero le citó con sus padres en su despacho a la semana siguiente. Él les entregaría la bandera.
Luis y María aprovecharon la entrevista con el consejero para demandar más visibilidad. Al terminar la charla, Alli les dejó un teléfono para que le informaran sobre el campeonato “independientemente del resultado”. Y les entregó una bandera. En ese torneo Navarra quedó primera por comunidades. Rubén venció y agitó la bandera de Navarra. Al regresar a casa, se les preparó un homenaje en el Palacio de Navarra y salieron en prensa. Era la primera vez que salían. El Ayuntamiento de Burlada también le organizó un recibimiento.
Unos meses antes de este oro, un grupo de estudiantes de cuarto de Periodismo de la Universidad de Navarra encabezado por Naiara Salas preguntaba a Rubén por sus sueños. Él respondió: “Seguir corriendo y correr más que los demás y algún día ser campeón de España en 100 metros”.

SOBRE EL FUTURO DE SU HIJO
“Al principio cuesta mucho aceptar esta realidad”, reconoce María, “porque hasta que no le hemos visto bien no hemos remontado. Sí es verdad que como pareja todo esto nos ha unido mucho”. Respecto al futuro, “claro que sentimos miedo.No queremos que nuestro hijo asuma la responsabilidad del cuidado. Queremos que se comporten como hermanos, no como padre e hijo. Algún día, Rubén tendrá que vivir en un piso tutelado. Él dice que no. Cree que nos va a perder si cambia de casa”.



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