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Un paseo por la Plaza del Castillo de Pamplona





Desde el cielo, la Plaza del Castillo de Pamplona se asemeja a una enorme pantalla de cine donde la gente entra y sale como si de una película de Woody Allen se tratara. Un escenario de 14.000 metros cuadrados donde la cotidianidad, la vida, se detiene a veces sin un motivo aparente. En este cruce de caminos, durante un día cualquiera, el paseante que camina sin prisa puede descubrir que la rutina se viste de colores y que la sombra del kiosco al atardecer adopta el aspecto de una torre de vigía. “Cada día es tan diferente”, coinciden algunos de sus huéspedes, en una jornada veraniega. Aquí, lo mismo se puede disfrutar de bailes de swing junto a la escultura de bronce del monarca Carlos III, que jugar a explotar pompas de jabón, leer un libro, escuchar música, acariciar la piel de fieltro de una osa polar que denuncia el cambio climático, conversar con una peregrina de California que debe tomar una importante decisión personal, disfrutar de la estela de un grupo de turistas de Montenegro que atraviesan el país de sur a norte, descubrir el cielo más azul, se puede escuchar el silencio de los pensamientos, el canto de los pájaros, y sentir el trazo prudente de un pincel. Decía el reportero de guerra pamplonés Fernando Múgica, después de jubilarse y cubrir los conflictos más importantes del siglo XX, que al caminar despacio por las calles de Pamplona había conseguido recuperar la mirada de fotógrafo. 






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