Ir al contenido principal

En el corazón del padre Melo, periodista y sacerdote jesuita amenazado en Honduras

¡Tío Ismael! ¡Tío Ismael!”. María abre la puerta de casa y  se lanza a la cintura de su tío, que acude a visitar a la familia. La niña se aferra a su mano y tira de él. La casa está enclavada a los pies de un majestuoso cerro selvático. Ismael entra a la sala y busca la espalda de su madre, sentada en una silla de ruedas. La abraza por detrás. Doña Lita, que es ciega y atesora ya casi un siglo de vida, toma la mano de su hijo y se la  lleva a la cara. Luego se acerca a la habitación donde su hermana pequeña, Inés,  se encuentra postrada en la cama por una enfermedad degenerativa. La besa repetidamente en la mejilla. Ella no se mueve ni habla. Le coloca  la palma de la mano sobre su frente y se queda en silencio. Silencios que gritan. Inés ha sido su confidente desde niños.
En su familia nadie llama Melo a Ismael Moreno Coto, un periodista y sacerdote jesuita amenazado de muerte por denunciar la violación de derechos humanos que se cometen a diario en su país. Le bautizaron con este apodo en la infancia, en el colegio: “¡Melito! ¡Melito!”, se mofaban los compañeros de Secundaria. Entonces lo consideraba una burla. Hoy, por el contrario, se siente identificado con el apodo.
Cuando era niño, en su ciudad de El Progreso Yoro existían dos colegios: el de los pobres y el de los ricos. El gobierno municipal otorgó dos becas para los mejores alumnos y ganó una. De joven vivió en Ciudad de México, donde estudió Filosofía, y después, en Salvador, cursó Teología. Desde 1995 se ha dedicado al periodismo, y en la actualidad, a sus 61 años, este hombre de cara redonda, bigote gris, ojeras profundas y sonrisa contagiosa, a veces pícara, se ha convertido en uno de los principales líderes opositores del país. Un referente  para el campesinado y para un 60% de la población que vive bajo el umbral de la pobreza: más de cuatro millones en extrema pobreza.

Huevos revueltos con maíz
Ismael Moreno Coto, conocido como padre Melo, es la cabeza más visible de Radio Progreso y del Equipo de Reflexión e Investigación y Comunicación (ERIC), una organización que se opone a los grandes proyectos empresariales que amenazan los derechos de los indígenas, evidenciando y poniendo contra las cuerdas la corrupción del gobierno. Lo mismo se sienta delante de un micrófono y denuncia las violaciones de derechos humanos que se cometen en su país cada día, que viaja a una aldea recóndita entre las montañas para escuchar a los campesinos, o encabeza una marcha de protesta contra el gobierno en su ciudad. Lo mismo viaja a Estados Unidos o a Europa para recoger un premio internacional por la libertad de expresión, que visita a personas enfermas en los hospitales de su ciudad, o se sienta en el patio de su casa en pantalón corto y chancletas para tomar unas cervezas con su equipo.  Colabora con los medios de comunicación más prestigiosos a nivel internacional, a la vez que cuida con mimo a su madre, doña Lita o a su hermana Inés (fallecida hace dos semanas, tras este reportaje). Lo mismo desarrolla un discurso intelectual en cualquier escenario del mundo, que se arremanga en la cocina y prepara unos  huevos revueltos con tortillas de maíz para sus amigos.
Tímido a la vez que bromista, familiar, solitario, imprevisible y algo impuntual. Todo un referente de la sencillez y del compromiso por la vida, además de enemigo acérrimo de la doble moral y de los elogios que puedan dirigir hacia su persona. Melo no se siente un superhéroe en el país más peligroso de Centroamérica: en Honduras se registra el mayor número de asesinatos: 3.682 en 2018.

Los 5 hombres de Honduras
Según la lista Forbes de 2018,  cinco personas acumulan en Honduras el equivalente al salario mínimo anual de dos millones de su población. “Honduras sobrevive rehén de un grupo pequeño que se codea con la gente más rica del mundo”, denuncia Melo.  “225 tienen el control de las decisiones económicas y políticas. Y esto es lo que provoca el origen de las caravanas migrantes”.
De los nueve millones de habitantes, un millón se encuentra fuera del país y seis no tienen garantizada la salud y la vivienda. “Honduras atesora las condiciones de riqueza para vivir dignamente, para esta generación y la que viene, pero el puñado de gente que concentra la riqueza ha creado una triple alianza con la que se protegen”,  sigue explicando Melo. Una triple alianza, formada por una burocracia política corrupta, una elite empresarial y  las multinacionales. “Y quien toca esta triple alianza, es reo de muerte. Por eso nos amenazan de muerte”. Una triple alianza, subraya, “protegida” por Estados Unidos, el crimen organizado y los militares.
 Desde hace dos meses, ha detonado en Honduras otra crisis social y política por la defensa del derecho a la educación y de la salud pública frente a las iniciativas de privatización. “En realidad, esta crisis no es más que la acumulación de conflictos que tienen su raíz en el golpe de Estado de hace diez años, de las elecciones ilegales y fraudulentas de noviembre de 2017, de la corrupción e impunidad y los vínculos con el narcotráfico del presidente Juan Orlando Hernández”, esclarecía esta semana el equipo de trabajo de Melo. “La presión social y política sigue en aumento, y  la escalada de represión y violación sistemática a los derechos humanos está siendo gravísima”, alertaban. A todo esto, se suma la “criminalización” contra los defensores de Derechos Humanos.   Diario de Navarra ha tenido acceso a un documento en el que ponen en el punto de mira al padre Melo, señalándolo como uno de los “líderes políticos detrás de las planificaciones de las marchas, disturbios y saqueos con el objetivo de desacreditarle”, detalla el documento.

15 días en casa de Melo
Es muy difícil seguir su estela un día cualquiera. El dos de mayo, por ejemplo, el propio Melo es el que recoge al periodista de Diario de Navarra en el aeropuerto de San Pedro Sula.  Esa madrugada, de camino a la ciudad, Melo muestra un gesto preocupado que no tarda en desvelar. “Quieren cargarse Radio Progreso y a mi persona. Lo quieren hacer como sea”, comenta, antes de llegar a su casa, ubicada en el mismo límite de un barrio controlado por maras. “En diez años nunca me ha ocurrido nada, incluso los vecinos nos avisan si hay gente rara merodeando”, tranquiliza, empujando la cancela. Un mango colmado de frutos da la bienvenida al nuevo huésped.
Al día siguiente, viernes tres de mayo, Día de la libertad de prensa, Melo abre los ojos a las cinco. Aún de noche, baja las escaleras de su habitación. Vestido de azul y blanco, en chancletas y calado con un sombrero de ala color crema, sale renqueante por un agudo dolor que se acumula en las articulaciones, la misma enfermedad que su hermana pequeña. Melo camina hacia la verja de entrada, abre el candado, siempre de cara a la amenaza de la noche, y en un gesto invisible barre la oscuridad. Después conduce hasta la emisora. Todo un ritual de salida, aparentemente sencillo, que conlleva un gesto demasiado arriesgado. Dos cámaras de vigilancia lo registran todo. A eso de la una de la madrugada se han escuchado disparos no muy lejos. Y tres horas después, tres agentes de la Policía Nacional han aparcado su vehículo frente a la residencia, y se han hecho un selfie con sus fusiles de asalto.
Los dedos de Melo son fuertes como cuñas. Se estiran y contraen al acariciar el volante de camino a la emisora. Una corriente de dolor fluye como un torrente interior. Dolor, describe mientras circula, que le ayuda a recordar en cada momento el sufrimiento del pueblo. Cualquier moto que se posiciona a la altura de las ventanillas del coche provoca cierto desasosiego. Aunque Melo  no muestra nerviosismo. Como la artritis que sufre, el dolor bombea por dentro.

Libertad de prensa
Se le escapa una leve sonrisa al hablar sobre libertad de prensa. “Ejercer la libertad de expresión en el caso nuestro es una tarea constante. Aquí, en Honduras, celebramos este día en un estado al servicio de la elite. Ha dejado de ser un  derecho para quedar al servicio de los fuertes. No podemos decir que gocemos de libertad de expresión. La libertad de expresión se convierte en una enorme tarea y una afrenta a las condiciones adversas. Arriesgamos nuestras vidas y ponemos en cuestión nuestra vida personal y de equipo”.
 El coche circula por las calles vacías de ciudad de El Progreso. El mercurio marca 25 grados.
“Desde 2009, tras las amenazas diversas que hemos tenido fuimos aceptados por la comisión interamericana de gozar medias cautelares”, sigue hablando Melo. “Cada año se han renovado, y diez años después seguimos gozando de estas medidas. El Estado tiene la obligación de implementar medidas de protección a personas en riesgo”. Para ello, aclara, “el Estado nos envía a las nueve de la noche y a las cuatro de la madrugada una patrulla policial. Pero ocurre que la policía está contaminada por el crimen organizado. Por lo tanto, cumplen una doble función. Aparentemente nos protegen, pero en realidad nos vigilan y controlan”. “Yo no creo que me vayan a matar. Lo que ellos buscan ahora desprestigiarnos. Tratan de relacionarme con un tema u otro. Por eso nos vigilan, nos graban en vídeo e incluso escuchan  nuestras conversaciones”.

Cristales blindados
A las 5.15 horas, se abre la verja de Radio Progreso. Un guarda de seguridad, sin armas, custodia la entrada.  Atrás queda el silencio de las calles vacías. El periodista y sacerdote coloca la huella del dedo índice en el dispositivo de seguridad. La emisora está protegida por cristales blindados. El sacerdote abre la palma de la mano y se apoya en la pared. Sube las escaleras ladeado, tirando del cuerpo. Atraviesa una primera salita, una pequeña biblioteca en la que sobresale un libro editado por la Fundación Rafto que concedió a Melo en 2015 el premio por su defensa de la libertad de expresión. Un reconocimiento internacional con el que  el que se premia “la legitimidad de millones de hondureños y hondureñas que anhelan un cambio real y profundo de la situación social, política y económica que nos afecta como sociedad”. La Fundación  destacó en 2015    “la justicia  y la razón del clamor popular por frenar de una vez por todas los miles atropellos que a diario sufre el campesinado, los pueblos indígenas, las comunidades garífunas y los pueblos y comunidades rurales ante la voracidad de los intereses de las empresas extractivas y transnacionales en Honduras”. Desde 1987 la Fundación Rafto ha premiado a defensores de los derechos humanos y la democracia, entre los que figuran personas que luego recibieron el Premio Nobel de la Paz.

“Buenos días, nos dé Dios”
Una vez en la cabina de la radio, Melo  abraza a la técnico, Letty,  con un  “buenos días hermana”,  se despoja del sombrero y se sienta frente al micrófono y los cristales antibalas. Son las 5.30 horas: “¡Buenos días nos dé Dios!”.
Tras el programa, Melo se encierra en el despacho hasta las siete de la mañana. A esta hora regresa a casa para desayunar. Yami, la mujer que ayuda con las tareas del hogar, ha preparado el desayuno.  En la misma casa conviven dos jóvenes en formación para ser jesuitas, Aquiles y Jerson, y el padre Martín, un guatemalteco que trabaja en el contenido audiovisual de la web. Los cinco desayunan en la mesita de la cocina: huevos revueltos, plátano frito, queso y aguacate. Y mucho café hondureño. Conversan de la actualidad. Melo bromea con los jóvenes. En un momento dado, Jerson, comenta que ha muerto un niño de 7 años en el Río Bravo, frontera con Estados Unidos. “Intentaba cruzar con su tío en una balsa... Ese niño era mi vecino en mi comunidad…”, comenta, algo afligido. “Aún recuerdo cuando me abrazó por última vez y me habló en inglés. Sus padres habían emigrado dos meses antes y estaba feliz porque se iba a reencontrar con ellos”.
Martín y Jerson deciden visitar a los abuelos del pequeño Ezequiel en la comunidad de Nueva Esperanza. Aprovecharán para grabar una entrevista para la radio. Melo asiente. Como director del medio que dirige es consciente del riesgo de su equipo de reporteros. Algunos  salen de casa por la mañana pensando si volverán vivos. Así lo reconoce uno de los amenazados, Gerardo Chevez, padre de cuatro hijos, agredido en dos ocasiones por la policía. En su casa también se presenta de madrugada una patrulla de la Policía Nacional. En este contexto trabaja Radio Progreso y el Equipo de Reflexión, Investigación y Comunicación (ERIC).

“Vos será el próximo”
Las muertes precipitadas rodean a Melo desde niño. Su padre, un dirigente campesino, murió en 1974 en un robo con violencia más que “sospechoso” para su hijo. Melo también conocía a Ellacuría, su profesor de tesis. El jesuita vasco murió asesinado por el ejército salvadoreño en noviembre de 1989 junto a otros cinco sacerdotes de la misma orden y dos empleadas de la Universidad Centroamericana (UCA). Su amistad más profunda era con la cocinera de la comunidad y con su hija. Esos días las había invitado a pasar la Navidad en su casa en El Progreso.
La matanza le sorprendió a Melo en la montaña, celebrando una misa con los campesinos. Al recibir la noticia, lo primero que hizo fue visitar a su madre. Buscó el abrazo de Doña Lita, su consuelo, y lloró. Doña Lita, entonces, le susurró: “Vos será el próximo. Tenga valor ”. Las palabras de su madre cimentaron la fortaleza que hoy mantiene firme. Años más tarde de la advertencia de su madre, en 2016, moría asesinada Berta Cáceres. Una mujer activista que se opuso al modelo “extractivista” del gobierno. Berta llevaba tiempo condenada a muerte por no dejarse comprar por las empresas y partidos políticos. Berta Cáceres lo sabía.
Por eso, cada vez que el periodista Gerardo Chevez la recogía en el aeropuerto o la acompañaba de un lado a otro le decía con tono de broma: “Baja la ventanilla para que los gatilleros no le confundan conmigo y le maten”. En una protesta en río Blanco tres años antes de morir, Berta le preguntó al padre Melo quién de los dos iba a morir asesinado. “¿Quién se va ir primer, Melo, tú o yo?”.

El 11 de abril de 2014 moría asesinado Carlos Mejía, el encargado de vender la publicidad de Radio Progreso. Mejía estaba protegido con medidas cautelares de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos por las amenazas que había recibido.
Para Lesly, periodista de 32 años (12 de experiencia), “la situación está muy complicada”, indica. “Somos un blanco fácil si no trabajas en un medio corporativo. Pero también es gratificante. Melo trata de proyectar honestidad y dignidad. Tenemos que romper tantos moldes en este país. Hay un compromiso muy grande”.
Una noche, volviendo en su coche de San Pedro Sula a El Progreso después de visitar a un amigo hospitalizado, el periodista de Diario de Navarra  pregunta: “Melo, ¿cómo se describiría?”. Después de un largo silencio,  responde:  “He vivido tres guerras en Centroamérica: Salvador, Guatemala y Honduras. Por eso, porque las he vivido, defiendo la paz”. En esta conversación, Melo se deja llevar por los recuerdos. Evoca anécdotas de cuando  acompañaba como sacerdote jesuita a la población campesina, en mitad de un conflicto en el que el ejército de Guatemala, entrenado por militares israelíes, “arrasaba” las aldeas. Y cuenta que una vez les cercaron en medio de la selva. “Era Navidad. No teníamos comida. Llevábamos días sin alimentarnos. Pero el día de Navidad alguien consiguió romper el cerco y nos repartió unas galletas que trocearon y repartieron por igual en diminutas porciones. Entonces, descubrí el significado de la Navidad”.



 

Comentarios

Entradas populares de este blog

¿Regresar a casa, a Siria?

Hubo un tiempo en el que los sirios vivían en familia. Sus casas se levantaban en torno a la familia. La vida confluía en casa de los abuelos y los tíos. Pero un día la guerra lo dinamitó todo, incluido el núcleo familiar. Ocurrió en marzo de 2011. Según la ONU, el conflicto continúa siendo la mayor crisis mundial. Más de 920.000 personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares en 2018. Este es el retrato de uno de estos núcleos familiares, al este de Alepo, un lugar arrasado por la metralla. El miércoles 20 de junio se celebrará el Día Mundial de las Personas Refugiadas.


"¿Regresar a casa, a Siria?”. La respuesta se encuentra en los motivos que condujeron a sus habitantes a convertirse de la noche a la mañana en refugiados y desplazados. Las razones de no querer regresar se hallan en el interior de edificios consumidos por el silencio. Porque esto es lo que queda en los barrios en los que nacieron y crecieron: silencio. El silencio de la muerte. El silencio de la destrucci…

Omar, el niño 'azul' de Alepo

Omar, de 6 años, vive en Alepo. Es uno de estos niños nacidos en el transcurso del desplazamiento en plena guerra de Siria. Nació con acondroplasia y, además, sufre el trauma de haber visto a una hermana caer herida. “Le cuesta concentrarse”, explica una de las monitoras de los Maristas Azules. A Omar le sorprende la cámara que llevo encima y se la cuelga con cuidado en el cuello. No tarda en aprender a encuadrar y disparar. Y no lo hace nada mal. Incluso le ayuda a concentrarse...