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"No soy un 'mena', soy Mohamed"



Mohamed Ounasser, Moha, telefonea a sus padres, a Marruecos, al menos tres veces por semana. Siempre por la noche. Durante sus conversaciones hablan de su día a día, del permiso de residencia que no llega, de su formación como electricista y de sus ganas de empezar a estudiar la ESO en enero. Les cuenta que ha obtenido el título de premonitor de ocio y tiempo libre, que patina en hielo y que su castellano ha mejorado. También que dos días por semana practica atletismo y que quizá algún día pueda competir. Les habla de que se siente un referente para otros chicos como él. Que ellos le escuchan y piden consejo. Chicos que migraron solos, cuando apenas eran niños, jugándose la vida “en busca de una oportunidad”.
Moha tiene 17 años y es el tercero de seis hermanos (cinco chicas). Nació en Todra, un pueblo bereber al sur de Marruecos. Hace un año y tres meses que no ve a su familia. Desde que partió. Por eso, para no preocuparles, cada vez que les telefonea transmite optimismo y serenidad. Sin embargo, el miércoles pasado, el 13 de noviembre, la llamada fue diferente. Algo ocurrió. Su voz se quebró.
Ese día, tras salir del Taller Escuela Etxabakoitz, donde estudia electricidad, llegó a casa, se vistió con la chilaba color crema de la oración, extendió la alfombra entre la cama y el escritorio, y rezó en dirección a la Meca. Después, comió y telefoneó a sus padres. Quería contarles que le habían concedido un galardón. Nada menos que el Premio Juventud 2019 en la categoría Persona Joven.
La noticia del premio la recibió Moha ese mismo miércoles por la mañana. Eran las once y media y almorzaba un bocadillo de tortilla en el recreo. “Moha, soy Maite Ziganda del SEI. Te llamo para comunicarte que te han dado un premio y lo vas a compartir con la cantante Amaia Romero”. El chico se quedó mudo. Trataba de comprender las palabras de la coordinadora del SEI. ¿Un premio? ¿Amaia Romero? No sabía quién era Amaia Romero ni tampoco entendía por qué le daban un premio.

Su historia se despliega como el rollo de un pergamino sobre la mesa del salón de uno de los pisos tutelados por el Gobierno de Navarra y gestionado por la Asociación Navarra Sin Fronteras. Aquí, en Pamplona, dentro de un programa de acogida, protección, integración y autonomía, vive desde el 9 de noviembre del año pasado con otros tres menores en la misma situación también de Marruecos.
En este mismo velador de recuerdos, se sientan la educadora social Lorea Garralda Celaya y una estudiante de Integración Social en prácticas, Nahia Jiménez, de 19 años. A veces, al recordar, se emociona. Y afloran sentimientos que atesora muy adentro. Entonces se lleva la mano a la cabeza y a la cara, como tratando de disimular la flaqueza, y vuelve a sonreír.
“Como mi madre no tiene móvil, llamé a mi padre y le expliqué en bereber, en mi idioma, que aquí me han dado un premio. Ellos estaban muy contentos. Les he mandando el vídeo que ha salido, también las noticias que se han publicado sobre mí. Están viendo que me estoy convirtiendo en una persona muy interesante”, dice, satisfecho. Sus dedos finos y largos vuelven a cubrir su rostro.
Mañana recogerá el galardón que otorga la Subdirección de Juventud de el Gobierno de Navarra a través del Instituto Navarro de Deporte y Juventud, y leerá unas líneas que ha preparado esta semana. Estas distinciones simbolizan un reconocimiento social. El de Moha, concretamente, destaca la “trayectoria individual y su clara vinculación con los valores de la solidaridad, el esfuerzo, el trabajo, la tolerancia, la interculturalidad, la movilidad internacional, vida saludable, etc, además de ser un referente para otras personas jóvenes”.
Estos días, sin embargo, Moha se siente especialmente nervioso. No solo por la entrega del galardón y el discurso y las entrevistas con los medios, que reconoce le gustan. Está nervioso porque aún no terminan de gestionarle los papeles en el consulado de Marruecos en Bilbao, y al no llegar la tarjeta de identidad desde su país no le pueden tramitar aquí el permiso de residencia. Y el 2 de abril, el día de su cumpleaños, cada vez está más presente. Ya son quince veces las que ha viajado al consulado en Bilbao. El martes fue la última. Por eso, el joven no disimula el desasosiego. Eso sí, siempre con una sonrisa.
Una hora antes de subir al autobús de las diez, mientras desayuna un té con un croissant en la cocina del piso, confiesa que lo que más le gusta de la sociedad navarra es la acogida. Al preguntarle por lo que menos, le cuesta pronunciarse. “También hay un poco de racismo”, dice. “No me gusta que cuando voy sentado en la villavesa y ésta va llena y a mi lado hay un sitio libre, no se sienten a mi lado... No soy un mena, soy un chico, soy Mohamed”, deja claro, apremiado por su educadora a terminar el desayuno. “Que se nos hace tarde, chicos. Tenemos que ir a Autobuses”. A Moha le acompañan dos educadoras de Navarra Sin Fronteras y otros seis menores marroquíes en la misma situación.
Crónica de un viaje
Moha se marchó de Marruecos, de su pueblo, Todra, con 16 años. “Estudiaba segundo de la ESO en mi pueblo y trabajaba con mi padre en el campo”, cuenta. “Decidí marcharme porque hay mucha gente que después de terminar sus estudios no trabaja. Así que se lo comenté a mi padre y él, al principio, no lo aprobaba. Yo le insistía. Le decía que, para quedarme en casa después de estudiar, prefería intentar viajar a España como algunos amigos. Allí no hay mucho que hacer. Si no trabajas en el campo solo te queda pasear con los amigos...”.
“Hijo, cuídate mucho” Noche en la patera
“Algo dentro de mí me decía que si me quedaba en mi país no iba a tener futuro. Así que mejor marcharse. Tenía amigos que habían cruzado en patera y habían sobrevivido, pero otros no... Al final, al ver que mi primo había terminado los estudios y no encontraba trabajo, mi padre aprobó que me marchara. Al final quiso. Una mañana me levanté, mis padres lo sabían. Me dieron el dinero que habían reunido (unos tres mil euros en dirham) para que pudiera pagar la patera. Mi madre se quedó llorando”. (Se emociona). Y al despedirse, me dijo: “Hijo, cuídate mucho”.
Tres días en Tánger
Todra es uno de los lugares más bonitos de Marruecos, según las páginas especializadas en Turismo. Un pequeño pueblo bereber localizado al sur del país, cerca de las gargantas del Dades, en plena falla que divide el Alto Atlas, junto a las cascadas de Ouzoud. Un lugar frecuentado por escaladores.
“Salí en autobús de mi pueblo hacia Tánger. Doce horas. Y allí nos retuvieron en un piso en el centro hasta que consiguieron reunir a todas las personas. En Tánger estuvimos tres días, con chicos que querían cruzar. Todos éramos de Marruecos. Y esperamos hasta que nos dieron el aviso. Entonces nos llevaron en coches hasta la playa. Esos tres días apenas comimos bien ni nos dieron de beber mucho. Éramos muchísimas personas los que estábamos dentro de la patera. No nos conocíamos. Hablábamos de futuro, del viaje, de los amigos que han conseguido cruzar, de la gente que conocíamos en España. La patera medía cinco metros y entramos 35 personas. A mí me tocó abajo, sobre las tablas. Tenía gente por encima, en los pies. Uno sentía el agua entrar y había que achicar. Hacía frío. Era septiembre. Salimos a las cuatro de la madrugada. ¿Qué pensaba? En realidad, nada. Que solo había dos soluciones: vivir o morir. Siempre pensé que iba a llegar. Esa noche, el oleaje entraba agua dentro pero teníamos unos cubos y lo echábamos fuera. No llevaba equipaje, solo un abrigo, y un poco de dinero, unos diez euros. No comimos en todo el viaje ni bebimos. Tampoco nos apetecía”.
Rescate en el Estrecho
La Guardia Civil interceptó la patera a las seis de la tarde. “Nos vio un barco de pescadores y llamó a la policía del mar. Nos subieron al barco y nos llevaron a La Línea. A un centro donde había muchísima gente de muchos países. Teníamos poca comida y dormíamos en el suelo. No había sitio para todos. Estos primeros días estaba mal, pero estaba seguro de que iba a ir la vida mejor. Me dejaron un teléfono y llamé a mi familia y les dije que no se preocuparan, que estaba bien. Estaba vivo. No les dije nada más. Ellos solo estaban preocupados por el mar. Se quedaron tranquilos. Hubo gente que del centro de la Línea se fue al norte. Yo llamé a un amigo de un pueblo de aquí. Me vino a recoger un lunes, tres después. Me quedé en su casa una semana y luego me dijo que en Pamplona iba a estar mucho mejor”.
Comisaría de Pamplona
“Mi amigo me dejó en una comisaría de la Policía Foral. Yo no sabía nada de castellano. Me vieron y me entendieron en seguida. También utilizamos el traductor de Google. Les dije que no tenía comida, ni dónde dormir. Y me llevaron a un centro. Los primeros tres meses fueron aburridos, no tenía nada que hacer. Pero luego muy bien. Empecé a estudiar castellano en el José María Iribarren y luego en Ikaskide. En enero, electricidad en Echavacoiz. En Marruecos no tenía sueños, solo vives el día a día. Ahora me gustaría ser electricista y ayudar a otros chicos como yo”.
Un día cualquiera
“¿Cómo es un día cualquiera en Pamplona? Me levanto a las siete de la mañana. Como soy musulmán rezo cinco veces al día, en casa o en la mezquita. Desayuno y voy a estudiar a Echavacoiz. El horario es de ocho a dos de la tarde, con un recreo a las once y media. También tengo tutoría. Vuelvo a casa y como. Hago las tareas de hogar y estudio. Libro de dos a siete y a esta hora estudio castellano”. En su tiempo libre, acude a la biblioteca a estudiar informática, también realiza talleres de todo tipo y entrena atletismo con el Hiru Herri en Burlada. El viernes se reúne en el SEI para acompañar a otros jóvenes en la misma situación. Los fines de semana sale al monte o practica natación.
“En Marruecos me gustaba mucho practicar natación, el gimnasio y correr. Con el SEI hacemos muchas dinámicas, actividades para no sentirnos solos. El único consejo que doy es que aprovechen el tiempo. Algunos me preguntan qué hace la gente de Pamplona, si son majos o no... A mí lo que más me gusta, les digo, es estudiar. Y las fiestas de todos los barrios, pasear y ver el ambiente”.
Un mensaje
“¿Cómo veo el futuro? Con incertidumbre, porque no se arreglan los papeles. Me dicen que todavía no les han dicho nada de Marruecos”, asiente, serio. “A los políticos y a la gente les digo que venimos a buscar una cosa que nuestro país no nos la ha dado. Si hay alguien que hace algo mal, por favor, no generalicen. Aquí en España hay gente buena y mala también. Venimos a buscar una oportunidad. Es muy difícil marcharse de casa. Dejar tu familia, tu hogar, los amigos y tu cultura. No soy un mena, no me gusta esta palabra, soy Mohamed, tengo 17 años y tengo cinco hermanas. Yo soy el mediano”.

Naiara Zubeldia / Técnica de Participación de Ocio y Tiempo Libre en el SEI
“En la Fiesta del Cordero los chicos estaban muy tristes”
Moha llegó a Pamplona en septiembre de 2018 después de atravesar Marruecos de sur a norte en autobús, permanecer tres días recluido en una casa de Tánger y atravesar -a vida o muerte- el Estrecho en una patera de cinco metros. Una patrullera de la Guardia Civil rescató en altamar a los 35 tripulantes de la embarcación y los trasladaron a un centro de La Línea. Después, Moha siguió su camino hasta Pamplona. Acudió a una comisaría de la Policía Foral. Atrás quedaban sus padres y cinco hermanas. Por delante, miedo y sueños.
A partir de ese instante, desde comisaría se activó el protocolo de actuación del programa de acogida para menores extranjeros no acompañados del Gobierno de Navarra. Pocas semanas después, Moha y su educadora de Sin Fronteras se sentaban en la oficina del SEI (Servicio Socio Educativo Intercultural especializado en el acompañamiento de proceso de reagrupación familiar y en duelo migratorio) y se entrevistaban con Naiara Zubeldia, técnica de Ocio y Tiempo Libre. “Una vez que están instalados en pisos y han pasado por el COA (Centro de Observación y Acogida) pasan por esta asociación para que socialicen”, explica Zubeldia.
“Para los chavales esta asociación es algo voluntario. En la primera entrevista de acogida se le detallan los programas que hay y se valora en cuál podría encajar mejor. Conocemos su historia personal y comprobamos en qué fase de duelo se encuentra”. Zubeldia calcula que Moha empezaría este programa en noviembre. “Entonces nos encontramos con un adolescente que casi no sabía castellano, que ya en la entrevista era tan sonriente... Todo lo que le contaba asentía con la cabeza. Se le veía venir desde un primer momento. Estaba con ganas de hacer amigos”. Desde entonces, empezó a acudir todos los viernes al SEI, al programa de ocio y tiempo libre. “Es un programa comunitario para conocer los recursos de la ciudad, hacer vínculos, un ocio saludable, habilidades sociables...”. La técnico también reconoce que Moha se encontraba anímicamente mejor que otros. “Se nota que mantiene una buena relación con sus padres, con los que mantiene el contacto todas las semana. Quizás le faltaba amistades y aprender el idioma. En definitiva, adaptarse a todo esto”. Moha ha ido progresando, canalizando las emociones, pero cada vez está más cerca de cumplir 18 años. “Aun y todo, no muestra demasiado su nerviosismo y su malestar”, sigue describiendo Zubeldia. “Seguro que es su manera de sobrevivir. Aunque no se enfada, estoy segura de que está pasando lo suyo. Al final, estos chicos temen que todo este viaje, que todo su esfuerzo no haya servido para nada. Porque sin papeles no pueden trabajar... y muchas familias han acumulado deudas para pagar el viaje de sus hijos. Y luego lo que han pasado por el camino”.
Socialmente, Zubeldia opina que la gente está predispuesta en conocer y ayudar a los menores migrantes. “Solo en esta organización, pone como ejemplo, hay más de cien voluntarios. Esto es como una minisociedad que te muestra lo que pasa. Y, por supuesto, dentro de estos voluntarios había quien tenía también sus miedos. Sin embargo, cuando conocen a estos chavales los miedos se van. Lo que ocurre en el SEI con los voluntarios es un ejemplo que se puede trasladar a la sociedad”.
Debido a su actitud, Moha ha obtenido el título de premonitor. “Por su pasión, su participación, por ser un ejemplo, le propusimos ser premonitor y en junio hizo un cursillo en la Asociación Lantxotegi. Ahora él se dedica acoger chavales. Es como un mentor. Sabe ponerse en su lugar, comprender y poner palabras. Es su función, vincular y escuchar”. Moha realiza este trabajo los viernes por la tarde en la sede del SEI. Unas dos horas dentro del programa de ocio y tiempo libre. Además, participa en otras formaciones.
El único momento de desánimo que recuerda la técnico del SEI entre los menores que acuden a ellos fue durante la pasada Fiesta del Cordero. “Estaban muy tristes, nos llamaban llorando, no participaban en las actividades. Esta fiesta es para nosotros como la Navidad, nos decían, y echaban mucho de menos a los suyos. Dejar la familia es muy duro...”

Lorea Garralda Celaya /Educadora social de Navarra Sin Fronteras
“Si algún día tengo hijos, ojalá salgan la mitad de buenos que estos chavales”
En octubre del año pasado la Asociación Navarra Sin Fronteras abrió cinco pisos de cuatro plazas cada uno para acoger chavales menores con cierta autonomía. Son pisos en los que aprenden a desenvolverse y en los que les que cuentan con el acompañamiento de una educadora, un referente. “En este programa se trabaja en tres fases”, explica Lorea Garralda, educadora de la organización. “Todos los chicos que entran lo hacen en la primera fase. Aprenden a hacer la compra a gestionar el dinero que se les entrega, a mantener unas rutinas cotidianas, a convivir... Poco a poco, se les va pidiendo un poco más de responsabilidades, a la vez que se les incentiva. En la tercera fase o de autonomía es cuando se prolongan sus horarios de salidas”.
Los tres chicos que comparten piso con Moha son de Marruecos. Llevan viviendo aquí entre tres semanas y un año. “El trabajo de la educadora consiste en estar a su lado y enseñarles el camino de la autonomía”, sigue detallando Garralda. “¿Qué se encuentra una educadora al abrir la puerta de un piso de acogida con menores extranjeros no acompañados? Gratitud por todo lo que se les da, desde los recursos hasta el cariño, ya que somos una segunda familia. Y también he encontrado frustración y cierto miedo por lo que pueda venir”, confiesa. “Son chicos que han venido solos, siendo menores, y muchos de ellos han viajado en patera o bajo un camión. Con todo lo que esto implica...”, subraya. “Porque detrás está el miedo al qué me voy a encontrar”.
El problema ahora con Moha, prosigue explicando, son los papeles. “En su caso el proceso está siendo muy lento. Primero hay que conseguir la tarjeta marroquí y el pasaporte. A los chicos el tema de la documentación les desanima un poco. Les produce impotencia. Porque están haciendo todo lo que está en su mano. Hacen un gran esfuerzo. Moha estudia y aprueba, participa de asociaciones y cursos como premonitores, aprende castellano, practica deporte, tiene amigos...”.
De los 18 a los 21 años, mientras estudian o buscan un trabajo, pueden contar “de manera voluntaria” con el Programa de Autonomía del Gobierno de Navarra. Durante este tiempo también pueden contar con un educador para que les asesore con las gestiones.
“Hay que cambiar la visión que se pueda tener de estos chicos. Siempre digo que ojalá cuando tenga hijos sean la mitad de buenos de los que me ha tocado tener aquí. Nunca he tenido un problema con ellos, ni una discusión, ni una mala cara, nada. Que un chaval de Pamplona de 17 años no es ni la mitad de autónomo y responsable de lo que puedan ser estos chicos. No hay más menores de lo que Navarra está capacitada para acoger. Estamos en las cifras. Desde mi punto de vista hay miedo e ignorancia. Hay que mirar la estructura, no las personas”.

José Ugarte y José Antonio Montañés
Profesores de Electricidad en Taller Escuela Etxabakoitz
“Ha convertido su experiencia vital en motor”
Desde hace once meses Moha entró por la puerta de este taller escuela ubicado en el barrio pamplonés de Echavacoiz. José Ugarte y José Antonio Montañés, dos de sus profesores de electricidad, describen a su alumno como uno de los mejores.
“Sorprende el castellano que habla y su puntualidad. Siempre está trabajando en clase, no se distrae. Es muy sobrio y correcto. Muy centrado en aprender. Es una esponja”. Mientras hablan, Moha ni se inmuta. Sigue a lo suyo. “Él sabe a lo que viene. Si no comprende algo en el libro, porque las palabras son muy técnicas, busca sus recursos. Tiene el objetivo muy marcado. Ha dado la vuelta a su experiencia vital y la ha convertido en un motor”, ilustra Montañés. “Pero tiene que seguir estudiando y progresando. Este es el objetivo. Lo ideal para nosotros es que estos chicos regresen al sistema educativo”.

Adela San Clemente / Fiscal de Menores
“No es necesario trasladar preocupación
a la sociedad”
La Fiscal de Menores, Adela San Clemente, participó el miércoles en una jornada formativa de la Policía Municipal en el Condestable para abordar el fenómeno de los menores extranjeros no acompañados. “Esta realidad no es nueva”, empezó explicando la fiscal, abordando acto seguido el protocolo de actuación desde el marco jurídico. “El objeto de este protocolo de acogida no es otro que proteger e integrar para evitar situaciones de riesgo”.
Por otro lado, San Clemente reconoció que “no siempre se da la respuesta que se prevé”. En relación a los plazos para obtener la tarjeta de residencia, por ejemplo, apuntó que la ley prevé un plazo de nueve meses para que los menores extranjeros obtengan el permiso de residencia. (Moha lleva más de un año en Pamplona, ha acudido quince veces al consulado y aún no tiene el permiso de residencia). También destacó el trabajo que realizan a la hora de comprobar la edad de los menores no acompañados en el caso de que sean dudosos los documentos presentados por el menor o sean fotocopias. En estas situaciones, dijo, los agentes de la custodia deberán informar a Fiscalía, quien podrá realizar la petición para que se realicen las pruebas médicas pertinentes. “Si hay dudas siempre se tenderá a otorgar la minoría de edad”, aclaró.
Hasta octubre de 2019 en Fiscalía tenían registradas 52 actuaciones policiales con 29 menores extranjeros no acompañados implicados. Algunos de ellos en más de un procedimiento (no son condenas sino investigaciones). Tres de estos chicos se encuentran en un centro de reforma cumpliendo internamiento.
A modo de conclusión de su ponencia en la jornada, la fiscal subrayó que “el reto es la atención y la protección de los menores. Será en los próximos años cuando haya que extraer conclusiones”. Y dejó claro que “trasladar la preocupación por todos estos datos es innecesario. Estamos en un periodo de reflexión”.

Inés Francés Agencia /Navarra de Autonomía
“El 80 % de estos chicos
se está formando”
L os menores extranjeros no acompañados que llegan a Navarra lo hacen tras un tránsito migratorio duro de “mucho daño psicológico”, expuso este miércoles en el Condestable la directora gerente de la Agencia Navarra de Autonomía y Desarrollo de las Personas, Inés Francés Román. La directora no se refirió a estos chicos como menas. Aconsejó no utilizarlo para no estigmatizar a los jóvenes. Por ello, abogó por hablar de “menores migrantes”. También explicó la situación actual de los recursos de acogida, del protocolo a seguir y de la realidad en la que se encuentra Navarra. “El flujo fuerte de entrada de estos menores se ha registrado en el tercer cuatrimestre de 2019, debido a la distribución de estos menores de otras comunidades”, precisó. “Lo que ha sucedido es que este fenómeno ha llegado aquí más tarde. Esto no significa que haya aumentado su número a nivel estatal”, aclaró. “El mayor problema con el que nos hemos encontrado es la falta de espacios donde ubicar a los menores”, reveló. También esbozó una serie de datos. Si en 2016 los menores atendidos en Navarra fueron seis, en 2019 ha aumentado hasta 310.
“El objetivo es integrarlos en grupos pequeños en la comunidad”. También destacó las comisiones de seguimiento en los lugares donde se han abierto estos recursos “y con las que se busca hablar con los vecinos”, dice. “El objetivo es proteger a estos menores que están solos. Por ley. Por ética. Debemos cuidarles y atenderles. Algunos en sus tránsitos migratorios vienen muy dañados psicológicamente. Por eso, les tenemos que acompañar en este daño. Y este daño es el que provoca las alteraciones de conducta. Algunos en sus países eran niños de la calle desde los seis años”.
La directora concluyó con una información elocuente: “El 80% de estos chicos se está formando”. Por eso, “la formación y protección de estos menores evitará en un futuro situaciones de exclusión. El reto de la integración es de este departamento pero también de toda la sociedad navarra”.



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