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Historia de un abrazo


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Una fotografía en el nicho 151 del Cementerio de Artajona sorprende al visitante al cruzar el umbral de silencio, a los pies de la villa amurallada. En la imagen, Jesús Cilveti abraza y besa a su mujer, Camino Jimeno. Un momento para la eternidad captado el 24 de abril de 2004 en la boda de Silvano, el sexto de sus ocho hijos. El fotógrafo de la ceremonia decidió no incluirla en el álbum oficial y se la entregó directamente a Jesús y Camino. El matrimonio, agradecido y emocionado, ubicó aquel segundo de vida en la estantería del salón de casa, junto a las fotos de sus hijos y sobrinos. “Este momento representa una actitud de entrega. Todo está resumido en un beso y un abrazo . Y ella, mi madre, recibiendo...”, describe el propio Silvano. La fotografía reposa ahora en el nicho 151, a unos metros de la sepultura de Jesús, la 187, fallecido en 2001. Camino murió el 24 de octubre y durante su funeral un sobrino la recordó como una “creadora de amor”.
Al nicho aún le falta la lápida, que en breve instalará Daniel Iriarte Iribarren, alguacil y amigo de la familia. Este hombre de 54 años ha participado en la mayoría de los enterramientos. La fotografía se mantendrá y añadirán un epitafio, un extracto de la poesía que leyó un sobrino durante el funeral de Camino: “Si lo que buscabas era amor, lo has conseguido...”.

Explican los psicólogos que abrazarse es una forma de contacto, de expresión emocional y comunicación que va más allá de la palabra que repercute a nivel físico, psicológico y social. Lo primero que nos encontrarnos al llegar al mundo es un abrazo . Mucho más allá del uso romántico, dicen, un abrazo es el vehículo que permite expresar sin decir una sola palabra una gran cantidad de emociones.
Cuando se nace se sabe reconocer los brazos y abrazos de los padres que calman y protegen. Después, al crecer, parece que su uso queda restringido a situaciones muy concretas, como la relación de pareja, los entierros o cuando el equipo fútbol de turno gana una copa. Es como si en estas ocasiones sí nos diéramos permiso para expresar lo que sentimos por el otro. Esta interacción, aclaran los especialistas, “fomenta la secreción de hormonas como la dopamina, serotonina y oxitocina que reducen los niveles de estrés, de dolor y de presión arterial”. Y esta ‘farmacia natural’ genera una sensación de bienestar y calma. Ayuda a desarrollar las neuronas del bebé. El cerebro necesita afecto para crecer. Al abrazar se protege contra el estrés y la infecciones derivadas de esta afección. Abrazar genera estados de bienestar, tranquilidad y confianza. Son un recurso contra la soledad, el miedo, para afrontar mejor los problemas.

“¿La última vez que abracé?”
En realidad, este viaje en busca de historias tras un abrazo arranca a las diez de la mañana en un parterre de hierba al margen de la N-135, a la altura de Olloki. En este lugar, Pepe Vasques, trata de introducir un cable de fibra óptica por un conducto. La pregunta del periodista sorprende al operario entre luces y sombras. “¿Cuándo fue la última vez que di o recibí o un abrazo ?”. Aferrado a una escalera, Vasques se queda pensativo mientras habla por un walki-talkie con un compañero, que tira del mismo cable desde otra galería en Zubiri. Al terminar de hablar, mira a la superficie y dice: “La última vez que abracé a alguien fue el 16 de julio, en un cumpleaños familiar. Fue muy bonito. Sentí mucha tranquilidad. Mucha paz...”. La carretera a Francia asciende sinuosa dirigiendo a los aficionados al ciclismo que han aprovechado una ventana de buen tiempo hasta el Alto de Erro. Aquí se han detenido a descansar cuatro peregrinos: dos franceses, una china y un español de 46 años nacido en Barcelona. Entre ellos está Joan Esparbe.
El peregrino catalán cuenta que se despidió de sus hijos hace dos días con un fuerte abrazo , un silencio y una pregunta. “Papá, ¿por qué te vas?”, interpeló Mark, de 17 años. Nunca antes se habían separado si no era por trabajo. A su lado, Marta, de 13 años, permaneció en silencio. No quería saber por qué su padre había decidido “repentinamente” marcharse nueve días. “Es la primera vez que me separo de mis hijos por un motivo que nada tiene que ver con lo laboral. Necesito desconectar. Necesitaba irme...”, explica Joan. “Hay gente que en su día a día consigue desconectar, vivir con pausa, abrazar cada momento, pero yo no puedo”. Su idea es llegar a Santo Domingo y luego regresar a casa. En el interior de una mochila “demasiado pesada”, reconoce, lleva ropa de abrigo, un saco de dormir, una libreta y el libro ‘Vivir dos veces’ de Alex Aranzábal. Un manuscrito que ofrece las claves para afrontar la transformación personal tomando como punto de partida la espiritualidad. Una reflexión que anima al cambio y al aprendizaje permanente. “Creo que el abrazo es muy cultural y va con las personas. Pero no hace falta el contacto físico. Se puede abrazar con una mirada, un gesto... El abrazo es, en definitiva, una actitud...”, ilustra. “Yo soy de abrazos y de llegar mucho a la gente. Quizá es un defecto que tengo. Por eso estoy aquí. Tengo 46 años y ahora solo pienso en mí. Solo busco abrazar mi vida, en soledad”.

“No recuerdo”
En lo alto del puerto de Erro, Joan Esparbe coincide con un peregrino francés que se hace llamar Oliver. Se saludan y ambos continúan su marcha en direcciones opuestas. El francés habla bien castellano. “¿Por qué hago el Camino? Porque un amigo me habló de ello, tenía ganas de caminar y de ver pueblos”. Oliver explica que no tiene casa ni trabaja ni estudia. Vive del dinero de una pensión por el fallecimiento de sus padres. Su único hogar, asegura, es la mochila que carga y en la que lleva un saco de dormir y una tienda de campaña. Ataviado con una braga de montaña en la cabeza, unas manoplas sin dedos, un pantalón de goretex recogido por las rodillas y unas zapatillas de monte, cuenta que partió de Lyon (Francia) un 14 de octubre, que llegó a Santiago el 14 de noviembre y que espera estar de vuelta el 14 de diciembre. Se queda serio al intentar evocar el último abrazo que ha dado o recibido. “No lo recuerdo”, lamenta. Luego, entre sus comisuras desliza un sutil desgarro, algo parecido a una sonrisa. Ha recordado que recientemente un peregrino le abrazó antes de separar caminos. “Y sentí mucha felicidad”. Sin embargo, al insistir si antes de aquel abrazó recibió otros, Oliver permanece callado. “No lo recuerdo”, responde de nuevo. No quiere profundizar en su vida. “Tengo que llegar a Roncesvalles”, se disculpa.

Abrazar, el arte del afecto
Los psicólogos afirman que existen diferentes formas de abrazar y cada uno deja un tipo de huella. “Esa marca, esa influencia, viene mediada por las hormonas y neurotransmisores”, explican. Por tanto, añaden, esas diferentes formas de abrazos vienen definidas por la percepción de quien lo recibe. “Abrazar es el arte del afecto contenido en un gesto, en el más intenso y hermoso, ese donde dos corazones quedan unidos”.
Fue hace tres semanas cuando los corazones de la marroquí Siham, de 33 años, y de su madre, Fatna, de 53, quedaron unidos, detenidos por el suspiro de la bienvenida y la despedida. Llevaban un año sin verse. Así que Siham voló a su pueblo, Berkane, en plena frontera con Argelia. Ocurrió hace tres semanas, rememora mientras realiza su paseo matutino por los alrededores de la Colegiata de Roncesvalles. El cielo azul va abriéndole paso en una cordada colmada de contrastes, ella se hace fotografías para luego enviárselas a su madre. “Son tan diferentes los paisajes de aquí con los de mi pueblo”, sonríe. Siham regresó hace tres semanas y lo hizo cargada con el peso de la alegría y de la melancolía de los dos abrazos que depositó en el corazón de su madre. El abrazo de la bienvenida y el de la despedida. ¿Cuál pesa más? Suspira. “Pero es tan bonito abrazar... En nuestro país nos gusta mucho”.

Una acogida, un amigo
En uno de los barrios de Valcarlos, frente a la gasolinera que hay en plena muga con Francia, tres operarios instalan una puerta automática antes de tomar un descanso para comer. Los tres saludan al intruso, sin desviar demasiado su atención del trabajo. “Quiero preguntaros sobre el poder de un abrazo ”, suelta de pronto el periodista. Los tres, subidos a unas escaleras plegables, giran su atención con gesto de sorpresa, pero sin responder. No comprenden. “¿Cuándo fue la última vez que recibisteis un abrazo ? ¿Qué sentisteis?”. Los tres vuelven a lo suyo. Hasta que Luis Javier Coro, de 36 años, reacciona de repente: “¡Ayer!”, exclama. “¡Ayer fue la última vez que alguien me abrazó ! Me lo dio un buen amigo que he acogido en mi casa”, prosigue. “Me lo dio en señal de agradecimiento. Y me gustó mucho. Me reconfortó. Me sentí realizado”. Sus dos compañeros, Adrián Arriazu y Alberto Salcedo, escuchan sin pronunciarse. “Nosotros somos más de abrazar a los hijos”, apostillan riendo. “Es que en la ribera somos de pocos abrazos”.

El primer abrazo de Aitor
Este recorrido en busca de abrazos cambia de tercio geográfico hacia Pamplona, Tierra Estella y la Ribera. En el parque de la Taconera de la capital, una mujer de 49 años, Mª Carmen Romero, limpia los baños públicos. “La última vez que me dieron un abrazo en condiciones fue paseando por San Sebastián con mi marido”, dice. “A nosotros nos gusta abrazarnos, lo hemos convertido en un gesto cotidiano con el que queremos transmitir cariño, apoyo o consuelo. Es una pena que se estén perdiendo estos momentos de afecto...”. A unos metros del baño público, Aranza y Aimar, de 16 y 15 años, se abrazan sobre una alfombra otoñal. “¡Nos encanta achucharnos!”, ríen. “Pero no es verdad que la gente joven hallamos perdido esta forma de expresión por culpa de la tecnología”, dejan claro. “Entre nuestros amigos también nos abrazamos”.
El trayecto continúa. Atraviesa Pío XII en dirección al edificio de Maternidad del Complejo Hospitalario de Navarra. Aquí, Aitor Zabalza Romano ha recibido el primer abrazo de su vida. Concretamente, el 10 de diciembre a las 7.10 horas. Dos días después, sus padres, Saioa y Javier, disfrutan de su tercer retoño horas antes de volver a casa. Un gran ventanal los enmarca. “Desde que nació no he dejado de abrazarle y hablarle”, sonríe su madre, aún con gesto cansado. “El parto ha durado siete horas pero una vez que sientes a tu hijo en brazos, se te olvida el mal rato. Es indescriptible”.

“Hijo, gracias por traerme”
Uno de los alguaciles del Ayuntamiento de Artajona, Daniel Iriarte, está a punto de publicar por megáfono el bando municipal. Sentado frente a un micrófono, entre trajes medievales, cabezas de gigantes y legajos de todo tipo repartidos sobre mesas y estanterías, va leyendo despacio los avisos oficiales. Antes ha estado retirando hierbas malas de la ladera sur y se ha encargado de encender la calefacción en el colegio, un largo etcétera de actividades que incluye también enterramientos y limpieza del cementerio. Iribarren, que forma parte de la plantilla del ayuntamiento desde hace 32 años, reconoce que al visitante le puede impactar ver en un nicho una imagen como la de Jesús y Camino abrazándose, “con tanta vida”, pero no es la única aquí, deja claro. De hecho, muy cerca hay otra, ésta en blanco y negro de una joven de 22 años, fallecida en accidente de moto, que abraza a su padre en un instante que sobrecoge por su vitalidad.
El alguacil es un amante de los gestos cotidianos, reconoce. “Con un mínimo gesto que se dedique a una persona puedes ayudar tanto... Y es una pena que por culpa de la tecnología se están perdiendo estos gestos. Principalmente en la gente joven, que van siempre atados a los móviles, sin comprobar lo que sucede a su alrededor”. Daniel, que se considera un “practicante” de los abrazos “sinceros”, recuerda con especial apego el que recibió de su madre el miércoles pasado, “muy justica de salud”, explica. “La llevamos al médico, a Pamplona, y al regresar a Artajona, antes de entrar al coche, me abrazó y me dijo: “Hijo, gracias por traerme”. En ese momento, a Iribarren le recorrió una extraña mezcla de sensaciones. “De alegría, por el deber bien hecho, y de tristeza, porque me di cuenta de que las madres no están aquí para siempre”.
De Artajona el camino sigue sin rumbo fijo hasta una parcela de Ordoiz (barrio de Estella). José Antonio Latienda quema en pilas el sarmiento del año pasado. Al descubrir al extraño, baja del tractor. Sus botas se hunden en le barrizal. “En mi familia no somos mucho de abrazos, pero ayer mismo nos dimos uno al llegar a casa”, observa. “Nosotros somos más de demostrar con hechos y el corazón”. El tiempo ha cambiado. Llueve ligeramente y el humo de las hogueras se difumina entre el manto de nubes bajas.

Pimientos asados
A la una de la tarde, en los aledaños de la entrada principal de la Fábrica de Conservas Perón huele a pimientos recién horneados y a sopa de ajos. Jesús Martínez Lizanzu, de 73 años, conocido desde niño como Perón, prepara la comida a la vez que organiza y supervisa el trabajo en la zona del horno de leña donde el pimiento del piquillo de Lodosa o el Espárrago de Navarra, los dos frutos más emblemáticos, son pelados a mano, limpiados sin agua, y en el caso del ‘oro rojo’, asado con carbón vegetal.
Perón ríe a carcajadas al revelar la receta de la sopa. “¡Apúntala bien en el cuaderno, apunta!”, anima. “Lleva ajos, puerros, pimientos secos, chorizo, jamón y cuatro huevos. Me gusta ayudar a la mujer en las tareas de casa”, dice serio, mientras vierte los huevos recién batidos en la cazuela.
Tanto él como su mujer, Blanca Cordón Erdociáin, siguen estando al pie del cañón de un negocio que han levantado juntos y del que esperan no jubilarse. Aún recuerda el lodosano cómo entraban los pimientos en casa cuando apenas era un niño. “Era lo mejor que comíamos en casa. No había otra cosa en aquella época. Desde entonces, ríe al oír la comparación, no ha dejado de abrazarlos. “He abrazado cientos de miles. Más pimientos que a personas. Me dan tanta satisfacción. Tanta vida...”. Su mujer, de 71 años, a su lado, le reconduce. “Ay, cómo nos acordamos del abrazo que dimos a nuestra primera nieta, a Irati”, su mirada se ilumina. “Nuestra primera nieta, sentimos una emoción tan grande...”. Perón se despide con un abrazo embutido de pimientos a punto de hornear. “Son los últimos de la temporada pero permanecerán todo el año gracias a nosotros”.

25 km y un abrazo
Este periplo finaliza a las tres de la tarde en el polo opuesto de la Navarra más montañosa, en la Bardena. Un paisaje diferente, circular, modelado gracias al frío ‘tacto’ del cierzo. A esta hora, en la base de Castildetierra se distinguen aparcadas dos furgonetas de tres jóvenes sorianos y una autocaravana de franceses. Sole García, de 36 años, y su pareja Dani Hernández, de 31, y Luis Peña, de 26 salen de sus vehículos. El mercurio no supera los diez grados. “Nos gusta mucho la montaña y la bici. Hemos venido a hacer un recorrido...”, aclaran. Con una manta por encima, añaden que han cubierto una ruta de 25 kilómetros y que nada más bajarse se han abrazado instintivamente en un gesto de “satisfacción”, describen. “Somos de abrazarnos mucho. Aporta apoyo, cariño y da mucha tranquilidad”. Los tres lamentan que por culpa de la tecnología, de los móviles, “cuesta romper la barrera del abrazo . Del contacto físico”.

Paula Jiménez Álava | Psicóloga Sanitaria del Hospital San Juan de Dios
“Es importante educar en el abrazo . Concede seguridad, apego y protección”
Hace unos días la madre de Paula Jiménez Álava se despidió de su hija en el umbral de su casa, en Cascante, con un abrazo , un te quiero y unas palabras más: “Ten mucho cuidado, hija”. Después del abrazo , Paula subió a su coche y condujo hasta Pamplona para incorporarse en la Unidad de Atención Paliativa del Hospital San Juan de Dios, donde trabaja como Psicóloga Sanitaria.

El abrazo está muy presente en la vida de esta mujer de 30 años, pero su “poder”, el del abrazo , toma especial relevancia y “sentido” en el día a día de su trabajo en el hospital. “No solo con los pacientes, sino también con los compañeros de nuestra unidad. El abrazo con otro es una manera de autocuidado”, explica. “En nuestra unidad se orienta a los pacientes al contacto físico. Si no es posible un abrazo por la fragilidad de la persona, buscamos la expresión de los sentimientos a través del tacto, la caricia, la piel. De manera que aprecie que le cuidan”.
Es curioso, lo primero que recibimos al nacer es un abrazo y cuando morimos la última sensación es la del tacto...
El oído y el tacto es lo último que perdemos.
¿En qué consiste el trabajo de una psicóloga sanitaria al final de la vida?
Tratamos de acompañar a los pacientes y a sus familias en un momento de especial vulnerabilidad. Trabajamos temas pendientes, la estabilización del ánimo, toma de decisiones, la comunicación familiar, escuchamos sus deseos, una despedida…
¿Qué tipo de “herramientas” empleáis en vuestro día a día?
Somos mente y emoción y los psicólogos trabajamos esta dualidad. Si nos referimos a la mente nuestra principal herramienta es la palabra, la comunicación verbal. En cambio, si hablamos de lo emocional, cobran fuerza otras formas de comunicación y en este caso el sentido del tacto resulta esencial.
¿El tacto se convierte por tanto en una forma de comunicación?
Sí, efectivamente, es una forma de comunicación muy poderosa. Las personas que se encuentran en este momento, viven sus emociones a flor de piel.
¿Qué función adquiere el abrazo ?
Un abrazo creo que ahuyenta la soledad, también aquieta el miedo y abre la puerta para expresar sentimientos. Un abrazo calma un dolor. Puede ser que un abrazo no tenga la solución a un problema, pero hace sentir que hay alguien que te comprende. Proporciona alivio.
¿Cuándo fue la última vez que dio un abrazo a un paciente?
Recuerdo el abrazo a una madre que acababa de perder a su hija. Ella no lo pedía, pero su gesto me hizo entender su necesidad y pregunté si la podía abrazar. Es difícil expresar qué se siente en un abrazo . Yo sentí su dolor y su calma. Cuando trabajamos el duelo debemos ser muy prudentes. Ser conscientes de respetar el espacio y privacidad de las personas.
¿Qué ocurrió cuando terminasteis de abrazaros?
Ella me miró con sus ojos encharcados, y me dijo: “Gracias, lo necesitaba”. Ese fue un abrazo muy profundo.
Habrá presenciado abrazos entre pacientes y familiares.
Hace unos días estuve con un matrimonio entrañable. Ella, con enfermedad avanzada, me dijo que tenía un día muy triste, un vacío inexplicable. Estábamos solas. Poco más tarde, ya con su esposo, al hablar de los cuidados ella espontáneamente le expresó su amor. Vi en ese momento que él no sabía cómo reaccionar. Agarró su mano con fuerza, sin saber qué decir y le animé a abrazarla. Al final, un abrazo vale más que mil palabras. Es una manera de comunicarnos a través del silencio.
En este reportaje hay quien no recuerda un abrazo .
Me impacta, pero seguro que existió. Debemos tomar conciencia de lo que significa la educación emocional. El abrazo es libre e innato, si lo ves desde niño es más fácil incorporarlo en tu forma de expresar.
¿Se podría educar en el abrazo en los colegios?
Sería interesante que hubiese un espacio donde tuviésemos libertad para expresar lo que sentimos, para poder abrazar. Al final los humanos necesitamos abrazar. Es importante educar en el abrazo . Te concede seguridad, apego, protección...
¿Cree que la tecnología nos están separando físicamente?
Si no tenemos cuidado posiblemente nuestras relaciones pasen a ser más frías. En demasiadas ocasiones provoca cierta deshumanización en las relaciones y esto es más visible en las nuevas generaciones. Estar conectados y a la vez encerrados en una soledad absurda. Un abrazo ahuyenta la soledad, también aquieta el mido y abre la puerta para expresar sentimientos. Sería interesante que en los colegios hubiese un espacio donde poder expresar sentimientos, para poder abrazar.



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