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Piel de ébano


Fátima Djarra Sani es una de las más de 125 millones de mujeres y niñas a las que han practicado algún tipo de mutilación en su cuerpo en una franja de 29 países de África y Oriente Medio. En su libro “Indomable”, publicado en 2015, relata la experiencia de ablación que sufrió con apenas cuatro años de edad. La fundadora de la Asociación de Mujeres Africanas en Navarra Flor de África acaba de regresar de Guinea Bissau, su país, donde lleva a cabo un proyecto de ayuda a las mujeres a través de la Asociación Dunia Musso (Mundo de mujeres), fundada también por ella y con la que trata de “devolver” la experiencia adquirida. Su trabajo ha sido reconocido a lo largo de estos años con diversos premios como activista y experta en prevención de la mutilación genital femenina. Sin embargo, Djarra se muestra contrariada e inquieta con la situación actual. “A la mujer africana se la sigue apartando de la sociedad”, explica su impotencia. Fátima está viuda, tiene 52 años y es madre de tres hijos, una de ellas Debura Aua, de 26 años, protagonista de una de las historias de este reportaje.



¿Qué recuerdos de infancia le sobrevienen?
Nací en una familia muy grande que convivía como una comunidad. Todos los niños y niñas recibíamos diferente educación pero compartíamos y convivíamos bajo el techo de la solidaridad de la familia. También me viene la vivencia en un internado con doce años. Me enriqueció mucho.
¿Cuántos hermanos sois?
Doce hermanos (siete chicas) de diferentes madres y un padre.
¿La educación era la misma?
No, era bien distinta. Allí dan prioridad a los chicos. Ellos heredan el poder. Son los que mandan. A las chicas nos educan en el respeto y la sumisión al hombre.
A los doce años le llevaron a un internado...
Mi padre falleció muy temprano, cuando tenía siete años y fui educada por mis tíos. El internado fue un lugar que me abrió la puerta de la libertad para ser la mujer que soy hoy.
¿A esa edad, con 12 años, era consciente de todo lo que le había tocado vivir?
Las profesoras eran rusas y cubanas y nos enseñaron otra realidad. Me di cuenta de la violencia de género que habíamos sufrido en casa...
Se dio cuenta de que la ablación era violencia y no tradición.
Claro, en una clase de ciencias naturales aprendí que el aparato genital tiene su función. Me preguntaba por qué se extirpaba un órgano de una mujer. Empecé a pensar que había algo malo. Y reaccioné. Pero, en una sociedad basada en el respecto a los mayores, una niña de 12 años no puede reclamar. Yo hablaba de este tema con mis compañeras tratando que comprendiesen que lo que nos habían hecho era algo malo.
¿Tras la ablación cómo crece una niña?
Una niña crece con la autoestima por el suelo. Te consideras la última de la sociedad. No vales para nada. Incluso llegas a pensar que si tienes una chica no la vas a querer como a un hijo. Sientes que un bebé niña no sirve para nada. Porque las chicas no tienen valor.
¿A qué edad dejó el internado?
A los 16 años conseguí una beca para estudiar en Cuba. Estudié Ingeniería en Construcción Civil y regresé a mi país, donde comencé a trabajar en grupos de asociaciones relacionadas con el activismo. En 2004 fui a Bélgica y luego a España.
¿Ha cambiado la educación en su país?
Muchísimo, principalmente en zona urbana. Los padres dan oportunidades a sus hijas para que puedan ir a la escuela. Las chicas están reivindicando sus derechos. Han descubierto su espacio. Por primera vez, los jóvenes han salido a la calle y se han manifestado contra la ablación. Se ven cambios en las caras de los jóvenes. He vuelto con una satisfacción impresionante.
A esto se llama tumbar una tradición.
En 2014 cuando empecé a luchar contra la ablación la gente me veía con otra cara. Ahora me llaman y me felicitan por la iniciativa que tengo en Guinea Bissau de ayuda a las mujeres. Incluso me han entrevistado los medios de comunicación del país. El problema es que no hay un poder económico. No hay subvenciones del estado que apoyen el trabajo que se desarrolla allí.
¿Ha recibido alguna amenaza por enfrentarse a la tradición?
Sí, alguna vez me han amenazado vía redes sociales y por teléfono. Pero eso no me va a parar.
Parece que se está avanzando en África.
En África avanzamos pero como no hay información real de buenas prácticas, todo lo que sucede no se conoce. Por el contrario, en Europa, políticamente hablando, hay un retroceso. En África hay más mujeres políticas .Es un avance significativo.
Dirige la Asociación ‘Flor de África’.
Sí, engloba quince nacionalidades y más de sesenta mujeres.
¿Cuál es el estado de ánimo de una mujer africana al pisar la asociación?
Cuando inicié el proyecto de prevención de ablación, empecé a congregar a las mujeres en talleres y me preguntaba por qué no podíamos trabajar juntas con el objetivo de luchar por los derechos de la mujer y la prevención de mutilación. Queríamos visibilizar a la mujer africana, una realidad completamente desconocida en su momento en la sociedad navarra. Empezamos a mostrarnos a través de las instituciones. Salíamos a la calle, nos presentábamos.
¿En pleno 2020 sentís que debe seguir esta labor de visibilización?
Ya hemos hecho el trabajo de darnos a conocer, pero necesitamos ser parte de la sociedad navarra. No queremos ser las que vienen, las inmigrantes. Queremos ser ciudadanas y ciudadanos de Navarra. Así lo sentimos, pero la sociedad nos aparta. Y no sabemos dónde estar. Aquí, en Navarra, no nos consideran, y cuando viajamos a nuestros países nos llaman españolas. Queremos que se nos valore. Hemos luchado por integrarnos. Estamos aquí. Somos mujeres de Navarra. No somos las otras, las que vienen.
En diciembre se coronó Miss Universo a una mujer negra.
Lo viví con entusiasmo. Ganó su propia belleza africana. Nosotras somos guapas con nuestra piel fina y negra, con nuestros rizos... Me sentí tan orgullosa. Somos guapas y válidas, en todas las circunstancias.
Un sueño.
Necesito apoyo económico y material para terminar de construir en mi país una casa para mujeres. Por favor, quien quiera apoyarnos que contacte conmigo a través de Diario de Navarra.


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