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Una luz (crónica de un confinamiento IV)


Hoy me he quedado bloqueado. Han muerto ya 3.475 personas en España por coronavirus. Cuesta comprender. ¿De verdad un virus inoculado por un animal puede provocar tal desastre humano y económico a nivel mundial? 

En cualquier caso, en la tragedia las flores también abren camino. Las he visto crecer en mitad de los combates más sangrientos. En Siria, por ejemplo, las he fotografiado imponentes y hermosas en el socavón de una explosión de un mortero y un barril bomba. También las he acariciado en la galería subterránea de una mina de coltán, entre niños que se juegan la vida cada día por conseguir un mineral que hoy nos salva a todos del confinamiento total. Me han sorprendido, las flores, entre las barras de hierro y acero del muro de Tijuana.  Incluso las he descubierto engarzadas entre las lágrimas de las mujeres migrantes o en el casquillo de una bala bendecida y disparada por el sicariado de un gobierno corrupto, en Honduras.  

Mientras cenamos, Helena nos pregunta qué significa la palabra irresponsable. Le explico que es hacer una cosa sabiendo que puedes perjudicar a otra persona. Helena escucha y retiene conversaciones. No le ocultamos nada. Está al tanto de lo que sucede en Siria, en Honduras, en Congo y ahora en su casa. Entonces, ¿por qué dices que ir a por pan es irresponsable?, sigue preguntando. Me atraganto. Nunca pensé que un acto tan cotidiano como éste de ir a por pan me causara un quebradero de cabeza. “Creo que no hace falta comprar pan todos los días”, trato de salir por la tangente. Helena no se queda satisfecha con la respuesta y se asoma a la ventana. Entonces ve que dos policías detienen a un hombre, de nuevo un anciano. ¿Ese hombre es irresponsable?”, vuelve a preguntar. Me quedo en silencio. 


Tras los aplausos de las ocho de la noche, distingo frente a mi ventana la silueta de una persona en medio de la oscuridad. La fragilidad y la fortaleza. Una luz muy pequeña en la oscuridad. Pero allí está. Allí sigue el horizonte.








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