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Guantes azules (crónica de un confinamiento XLI)


Las golondrinas se han adelantado al despertador. Ocho de la mañana. Vuelos rasantes, extendiendo reclamos en círculos abiertos y cerrados. La inmensidad del atardecer en un amanecer. Por encima de la cima del monte Ezkaba-San Cristóbal “alguien” iza la estela de los motores de un nuevo reactor de combate. La contaminación me devuelve a la “nueva normalidad”. Abajo, en la calle, torrente de cotidianidad. Hacía tiempo que no veía tres taxis seguidos aparcados en la parada y furgonetas de repartidores encima de la acera. Cachabas y mascarillas en mano, un día antes de que se imponga la obligación de que los mayores de seis años las lleven puestas. Me vienen las palabras del doctor Juan Martínez, uno de los médicos presentes en una reunión de expertos el 30 de enero y en la que hizo saber a las instituciones del peligro del virus. “Pero en esa reunión había una sensación de bajo riesgo o exceso de seguridad”, reconocía en el programa de radio de Juan Ramón Lucas la noche anterior. El doctor también aseguraba que la economía irá como “un tiro” en cuanto se consiga eliminar el virus.
 Zumos, cafés, lloros y enfados. Helena no lleva bien que su hermana le dedique pucheros de buenos días cuando ella se encarga de su cuidado. Leemos la nota que le ha dejado el Principito. “Querida Helena. Me preguntabas por qué no hago ruido al entrar en vuestra casa. Te explico, pero es otro secreto nuestro, ¿vale?”. Los ojos de Helena, atentos, pendientes de cada suspiro, se abren. “Primero sale la estrella Venus en el cielo. Es como un faro que ilumina el camino hasta la ventana de tu habitación. Yo solo tengo que seguir la luz y colarme dentro a través de las estrellas que tienes pegadas en el techo. Y cuando compruebo que 'aita' ya te ha dado las buenas noches y has cerrado los ojos, entonces me descuelgo”. Helena sonríe, satisfecha.
“¿Me cuentas ahora por qué mataron a Jesús?”, pregunta, cambiando de registro. Es curioso, en casa no hablamos de Jesús y mucho menos de religiones. De hecho, Helena y Vera no están bautizadas, ni las bautizaremos. Ellas decidirán si algún día deciden practicar una u otra fe o si quieren agujerearse los lóbulos y lucir pendientes. Solo les trataremos de mostrar unos caminos que les llevarán a otros.
 En cualquier caso, no me siento preparado para daros información sobre Jesús de Nazaret. Solo os puedo decir que creo que fue un gran Hombre al que asesinaron por hablar de igualdad y por lanzar un mensaje de esperanza y de amor. La base es la igualdad, os recuerdo. Partiendo de esta premisa, queridas hijas, todo lo demás debería funcionar.
 La radio sigue haciendo gárgaras con la política. Pienso en las palabras que pronunciaría un Hombre como Jesús de Nazaret en la tribuna del Congreso de los Diputados. Seguramente, diría: “Este pueblo de labios me honra, pero su corazón está lejos de mí”.
 Media hora de videconferencia con la ikastola, que hoy juegan a adivinar palabras. Durante el desayuno, frente a bocados de vida con sabor a aceite de Jaén y gomasio, me doy cuenta de que llevamos 66 días bloqueados en una larga espera. Sin embargo, queridas hijas, a pesar de todo, vuestros tallos siguen creciendo. Segundo a segundo, estamos siendo testigos excepcionales de ello.
12 horas. Horario infantil. Podemos salir a la calle. Mascarillas, gel desinfectante, almuerzo… Tiramos directos a la falda del monte. Hemos vuelto a quedar con Jon, el vikingo, el amiguito de Helena. En estas circunstancias, con Vera aún sin vacunas, seguimos buscando el confinamiento. Solo nos reunimos con familias que sabemos que practican escrupulosas medidas de seguridad y distanciamiento social. La pandemia sigue ahí, los médicos llevan tiempo advirtiéndolo. Está claro que hay que trabajar y vivir, pero no echando por la borda tanto sacrificio. Han fallecido tantas personas en algo más de dos meses. Los últimos datos, leo, registran 27.888 personas muertas por coronavirus y 232.555 contagios. Es como si hubiera desaparecido un pueblo entero como Alcalá la Real, el lugar donde nació amatxo.
En las faldas del monte, os transformáis en exploradores. Vuestro equipo de protección se completa con guantes de látex azules. Esta es la imagen de la libertad, en pleno mes de mayo del año 2020. Esto es lo que ha conseguido el progreso.
Os perdéis entre la maleza buscando al Olentzero. Debajo de una frondosa chopera y merenderos, encontráis la carbonera en la que este personaje bonachón y grueso fabrica el carbón. También localizáis sus huellas. Bajo los tapabocas color blanco se intuyen gestos de satisfacción. Duele tanto no poder ver vuestras sonrisas. Los guantes azules se han teñido de hollín, incluso el blanco de las máscaras. Solo bajáis el escudo protector de vuestros rostros para refrescaros con el agua de los trozos de sandía preparados para el almuerzo. Luego volvéis a explorar y encontráis un pequeño embalse de agua estancada, un espejo en el que os miráis y os identificáis fácilmente. Es curioso. No os resulta extraño descubriros, reencontraros con máscara y guantes azules. Al veros, frente a la balsa, reparo en las palabras del zorro al principito: "Lo esencial es invisible a los ojos". Sin duda, esta es mi imagen del coronavirus desde los ojos de una niña de 5 años. Esta es la foto fija, queridas hijas, del mundo al revés al que se refería Helena. La naturaleza, pura, como nunca antes. El ser humano, cubierto, rostro, pies y manos. La fragilidad frente a la exuberancia. Buscáis algún rastro más del Olentzero entre el trigo verde que comienza a amarillear, en el abrazo a un árbol, en las zancadas de una carrera, en la despedida hasta el día después.
Hoy comemos más tarde de lo habitual y encima no hemos preparado nada. No importa. Dos botes y un poco de queso. Cuando estamos a punto de volcar reflexiones en cada plato, veo por la ventana una extraña humareda. Me acerco al cristal. El hilo blanco se transforma en una columna. Helena salta de la banqueta y pega la curiosidad a la ventana. No tardan en aparecer la policía local y un camión de bomberos. Cámara de fotos, prismáticos... Las llamaradas se elevan, empujadas por el viento. “Aita, ¿qué pasa?, ¿por qué hay fuego?”. La tranquilizo, no es nada ya lo están apagando. Y es verdad, no tardan en sofocarlo, pero ha creado cierto desasosiego entre los vecinos de la localidad. Helena necesita comprender qué ha ocurrido. Los periódicos digitales no informan de nada. Esperamos. Comemos. Ella lo hace inquieta. Al terminar, volvemos a buscar respuestas. Pero nada. Helena quiere visitar el lugar del incendio. Accedemos. Se cuelga del cuello su cámara y toma una libreta con un bolígrafo. Caminamos hasta el pipican, donde se ha producido el fuego. Ella camina espoleada por los nervios. Es su primera noticia. “Aita, luego quiero escribirlo en mi periódico, imprimirlo y dejarlo en los buzones”, asiento, disconforme. No sé si me apetece que desde tan pequeña... Sobre el terreno, comprueba que han ardido 16 arbolitos de ciprés que separan la acera del pipican. Helena repara en una botella de cristal de cerveza rota en medio de los restos del fuego y colillas. “Hay que investigar”, dice, tirando de mí, que solo llevo un botellín de agua en la mano. Ella con mascarilla y libreta. Suspiro. Los viandantes la miran, atónitos. Yo también. “Aita, vamos por aquí, el fuego sigue…”. Entramos al pipican. Perros sueltos y propietarios sin mascarillas. No me gusta el ambiente. Le pido salir y volver a casa para preparar la noticia. Accede, ilusionada.
Protocolos de entrada al pisar el rellano. Zapatillas al felpudo, limpieza de manos, mascarillas al balconcillo… Acto seguido, Helena realiza videollamadas a la abuela Mari y a la yaya Raquel. Al verlas en la pantalla, suelta a quemarropa: “Ha habido un incendio y he ido a hacer fotos. El fuego ha sido por un cigarro y una botella”. No sé si llorar o cabrearme. No quiero, no quiero. Al colgar, le recuerdo que de mayor lo que ella me dijo es que quería ser es médica. “Sí, aita, enfermera o médica”.
Dedicamos el resto de la tarde a diseñar y escribir su noticia. Selecciona la foto y escribimos en word el titular, una entradilla y un texto de tres líneas. Nos lleva una hora, pero se queda contenta. Ella es quien dice lo que quiere escribir. Desglosamos en voz alta las palabras, luego las letras y ella por el sonido las reproduce.
A las ocho de la tarde imprimimos su gacetilla, y como ya no hay aplauso, Helena aún los recuerda con nostalgia, abrimos la puerta, bajamos en el ascensor hasta los buzones e introducimos las noticias en cada uno.
Venus emerge puntual. Su amanecer es en naranja. A 28 grados. A las 21.58 horas.
Terminamos de leer el último cuento. Helena se acuesta con Lili, Lolo y un tercer muñeco al que ha bautizado Vera. Los miedos aún en carne viva.
Buenas noches, hija.

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