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"Por favor, no nos olvidéis"


La gran tragedia de este siglo se localiza a poco más de tres horas y 45 minutos de avión, en vuelo directo desde Barcelona. “La gran tragedia”. Así es como calificó el alto comisionado de Naciones Unidas a la guerra de Siria, dos años y medio después de comenzar en marzo de 2011. “Si no se detienen los combates, este país desaparecerá tal y como lo conocemos”, advirtió Antonio Guterres. “Siria se ha convertido en una catástrofe humanitaria y desplazamiento sin igual en la historia reciente”.

Cuando el representante de la ONU pronunció estas palabras, el 10% de los habitantes de Siria se habían visto obligados a abandonar sus hogares. Hoy esta tragedia va mucho más allá. El país se desangra. Con más del 50% de su población desplazada y más de 500.000 muertos, camina hacia el borde del abismo de una hambruna que podría llevar a la muerte a millones de niños. La muerte invisible.

El 15 de junio se cumplieron 9 años y 3 meses del inicio de un conflicto al que se suman un duro embargo económico impuesto por Estados Unidos y Europa, recrudecido este mes con más sanciones, y también el coronavirus. La mecha de un coctel devastador. Sin dinero. Sin alimentos. Sin medicinas. Sin médicos. Sin hospitales preparados. Sin un lugar seguro donde confinarse. Ya solo queda esperar para desaparecer, auguran los mismos sirios. O huir cuando se pueda.

Los niños han dejado de crecer en un país que llegó a tener 22 millones de personas. Y los jóvenes, la mayoría mujeres muy jóvenes, se están suicidando. “¿Que por qué abandonamos nuestros hogares?”. La pregunta flotaba en el aire en febrero de este año tras la bocanada de humo de una pipa de agua en una cafetería de la parte vieja de Damasco. “Estamos cansados de esperar… Cansados de esperar a que termine la guerra. Cansados de esperar si vamos a vivir o morir. Cansados de esperar un trabajo, de poder viajar, cansados de esperar para poder amar…”. Dalia tiene 29 años, 4 carreras y habla tres idiomas. En enero se intentó quitar la vida con una sobredosis de barbitúricos. “Estaba cansada de esperar”. La encontraron inconsciente.

Siria, antes de la guerra, era la familia, los palacios y las flores. Sus calles olían a pan recién hecho, a frutos secos y dátiles, a pollo a la brasa, a jazmín, olivos, especias, aceite, perfumes, café y bocanadas afrutadas. “Los fines de semana nos gustaba visitar a los abuelos y a los primos”, contaba Nour, de 14 años, dentro de una tienda de lona de un campo de refugiados de Líbano. “No teníamos miedo a nada. No nos preocupaba el dinero. Sueño con volver a Siria y reunirme con mi familia y llegar a ser una buena profesora”, confesaba en septiembre de 2017.

Adam y Saleh, de 11 y 14 años, escaparon del infierno de Siria en 2015. Bombardearon su casa mientras jugaban en la calle, a las afueras de Damasco. El mayor de los dos hermanos se quedó mudo al ver morir a su hermana. Un coche les salvó de la metralla, y desde entonces solo dibuja coches. Ambos viven en un campo de refugiados en Líbano.

Muy cerca de la tienda que les cobija en el valle de la Bekaa, nació Limar. “Vivir en un campo de refugiados es morir en vida”, aseguraba su madre con el bebé en brazos. Los refugiados debían alquiler de las tiendas de lona donde refugiaban. Pagaban 150 dólares al mes al propietario del terreno privado sobre el que se asentaban. El negocio de una guerra que aún perdura. A este gasto deben añadir electricidad, alimentos y medicinas. Para poder comer apuran hasta el último suspiro la caducidad de los productos. Más deteriorados, más baratos.

Las mujeres no salen de las tiendas de lona, lo tienen prohibido. Lo marca la tradición machista y patriarcal. Además, tienen miedo a convertirse en víctimas de trata de seres humanos. La violencia doméstica se ha agravado y las ONGs que trabajan sobre el terreno se niegan a empoderar a las mujeres, confirmaban a este periódico ese 2017, para evitar así que la tradición marque a golpes sus cuerpos. La sumisión es el camino, dejaban claro.

En otro campo de refugiados, en Atenas, vivía Hamsa, de 5 años, con sus dos hermanos y sus padres, enfermeros en Homs, otra ciudad del noroeste de Siria. Los cinco consiguieron escapar en 2016 del Estado Islámico. Atravesaron montañas nevadas y esquivaron las balas de los guardas turcos, hasta que alcanzaron la costa. Se pusieron en manos de las mafias y embarcaron en una lancha de madrugada. Incluso grabaron un vídeo atravesando el Mediterráneo. En la grabación se ver a Hamsa en brazos de su madre, embarazada, entre gritos.

La otra cara del refugio es la de los desplazados. Los parias de los parias. Los que no han reunido el dinero para poder abandonar el país. Más de seis millones dentro de Siria. Huyen porque han sido expulsados por los grupos yihadistas o porque sus viviendas han sido bombardeadas por los aviones rusos y helicópteros sirios. O porque las minas y los artefactos aún sin detonar lo cubren todo.

Mariam y sus tres hijos lo hicieron para escapar de una muerte segura. Los cuatro viven ahora en un edificio en ruinas en un barrio de Alepo. “Es la casa de mi suegro”, susurraba la mujer en febrero de 2018, cargada una bolsa llena de pan de pita. El principal alimento del día. Su marido era funcionario del Gobierno. Mariam no proporcionaba más pistas sobre él.

Siria se ha convertido en un lugar de mujeres solas con niños. Los hombres luchan en el frente militar. Hombres muy jóvenes que han envejecido prematuramente. Antes eran panaderos, mecánicos, pintores de brocha gorda, abogados, estudiantes universitarios… Estaban a punto de casarse o de ser padres. Albergaban proyectos, sueños... Nunca habían empuñado un arma. Sin embargo, la vida saltó por los aires y se vieron con el dedo en el gatillo, apuntando y matando, defendiendo sus tierras frente a un enemigo que llegó de fuera financiado por grandes potencias internacionales que buscan su lugar en el tablero geoestratégico. Los soldados sirios visten barbas largas y desaliñadas y pañuelos anudados a la cabeza. Parecen muy cansados. “Prefiero la reconciliación antes de que continúe esta guerra”, reconocían a este periódico en agosto de 2018 en el Valle de Yarmouk.

¿Sentiste miedo?

¿Sentiste miedo antes de venir a Siria?, preguntaba Liliane a este periodista unos meses antes del este encuentro con los soldados, en febrero de 2018, durante el primer viaje al corazón de esta crisis humanitaria. “Pues este miedo es lo que sentimos a diario”, ilustraba. Ella vive en Ghouta Oriental, a pocos kilómetros de Damasco, un enclave ocupado entonces por los rebeldes yihadistas y bombardeado por el ejército sirio.

“Lo peor de la guerra no son las bombas”, describía Zeinab, otra estudiante universitaria de 19 años, aquel primer viaje. “Lo peor son las guerras interiores. La guerra produce una guerra interior en cada uno de nosotros. Tenemos miedo a todo. A cualquier sonido. Estamos recibiendo la filosofía de la sangre. En la universidad no te concentras. Cuando caen las bombas todo suena. Los cristales vibran y te quedas esperando. El corazón bombea. Tu cabeza se paraliza. Solo quieres escapar de cualquier ruido. Cuando escuchas las bombas a diario, a cada momento, durante años, algo dentro de ti intenta calmar los sonidos fuertes en lugar de ahogarse en ellos. Si no te vuelves loco”.

Mujeres y niños de Sweida, al sur del país, aún no han conseguido cerrar las heridas por los cuchillos y las balas explosivas de los fusiles de asalto que dispararon los hombres “de negro” del Estado Islámico, más de mil que se infiltraron en sus aldeas un 25 de julio, de madrugada. Pasaron a los habitantes a cuchillo y fuego. Murieron 250 vecinos y otras 30 mujeres y sus hijos fueron secuestrados y llevados al desierto. Precisamente, en esta aldea nació Dalia, la misma estudiante universitaria con cuatro carreras que se intentó suicidar en enero y que hablaba de la espera.

Estos días de junio de 2020, el olvido bombardea la provincia de Idlib. El último frente. Allí, en una aldea, vive Yousef, de 14 años, donde regenta con su padre una pequeña tienda de comestibles. ¿Cómo es la guerra desde los ojos de un niño?. “Uno no sabe si va a vivir para mañana. Uno ya no piensa en el futuro después de vivir esta guerra”, afirmaba, con una sonrisa.

En el campo palestino de Yarmouk, a las afueras de Damasco, Kadra, palestina de 90 años, ha sobrevivido dos ‘nakba’ (éxodos). En esta ocasión, ha decidido quedarse a morir en este campo de refugiados que ha llegado proteger a un millón de desplazados. Aquí, durante los combates se alimentaron de hojas, hierbas, ratas y pan. Ahora solo viven 400 personas. Kadra es la más anciana.

Siria se recompone y se descompone. Todo a la vez. Pero este año se asoma al abismo, definitivamente. En febrero, la población de Alepo se echaba a la calle para celebrar la liberación total de la ciudad nueve años después del inicio de la guerra. Música y esperanza, mientras su moneda, la libra mantenía un firme pulso a las sanciones. Un dólar se cambiaba por 1.200 libras y estos días de junio cerca de 4.000. “Hoy es uno de los días más importantes de esta ciudad desde que comenzó la guerra”, reconocía entonces Georges Sabé, hermano de la orden de los maristas azules, premiados en Navarra en 2016 por el trabajo con los desplazados. Sin embargo, añadía Sabé, “la guerra económica nos está matando”.

Y no le faltaba razón. Esta semana el marista azul escribía un mensaje. Lanzaba un SOS. “El país está cerrado hasta para los sirios que quieren volver. La gente es más y más pobre. Hay una inflación galopante a veces en dos momentos del día. Al igual que el cambio de divisas es hiper galopante. Se habla de que este mes de junio estaremos bajo nuevas sanciones americanas. Esto es muy inquietante. La vida económica es pobreza y más pobreza”.

La pregunta vuelve a la superficie del mar del olvido. ¿Por qué nos vemos obligados a huir de nuestros hogares? La niña de la fotografía reside en Ghuta Oriental, a pocos kilómetros de Damasco. Los rebeldes yihadistas excavaron bajo su casa, bajo tierra, una galería de túneles desde donde rendir la capital siria. Una ciudad por el que se traficaba con armas, medicinas y se ocultaban a la hora de los bombardeos, dejando a la población civil a su suerte. Como esta niña.

La mayoría de las personas refugiadas que han huido de sus hogares quieren regresar. Lo dejan claro cuando se habla con ellos. Solo piden seguridad para poder afrontar una nueva etapa vital. Y así lo reconocía una familia siria en Berriozar que durante años tuvo que vivir bajo tierra para evitar morir por los bombardeos. “En cuanto escuchábamos los aviones rusos corríamos al refugio, protegíamos a nuestros hijos en uno de los rincones y extendía los brazos en cruz para que no escaparan de allí”, relataba la madre a este periódico. “Pero queremos volver a Siria, a nuestra casa. Allí teníamos campo, trabajo, amigos…”.

Ante un final que parece más que evidente para el pueblo sirio, tal y como avisó el alto comisionado de Naciones Unidas en 2013, ¿qué podemos hacer el resto? Algo muy sencillo. No olvidar. Cada vez que uno se despide de Siria o de otros lugares del mundo donde la población sobrevive o muere en un fuego cruzado de violencia y hambre, la gente no pide dinero. Solo quiere una cosa. “Por favor, no nos olvidéis”, suplican, al despedirse. Por eso es tan complicado salir del país. Porque uno sabe que para la comunidad internacional no existen. Y eso que Siria llegó a recibir hasta 8 millones de turistas al año, la mayoría españoles.

20 de junio, un nuevo Día Mundial del Refugiado. Por ello, ayer Naciones Unidas actualizó los datos de personas y desplazadas en todo el mundo. El número creció en casi nueve millones el año pasado (2019) hasta alcanzar el “récord” de 79.5 millones, aproximadamente el 1% de la población mundial, según destacó el informe anual publicado por ACNUR.






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