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Miles de niños saharauis que veraneaban en España luchan ahora en el frente contra Marruecos

Brahim durmió mal la noche anterior a salir por primera vez del desierto. Tenía 10 años. Inquieto, no dejaba de pensar en aquella tierra extraña de la que tanto le había hablado su hermano Gauz, cuatro años mayor. Le costaba imaginarse sentado en un avión o durmiendo en una casa en un quinto piso en medio de una ciudad. “¿Una casa en el cielo? ¿Un cielo sin estrellas? ¿Grifos de los que brotan agua sin parar?”, se preguntaba, una y otra vez. Brahim soñaba con comer fruta y pescado, bañarse en una piscina o en el mar y secarse con una toalla suave a la sombra de un árbol. Sin duda, aquella tierra debía ser especial, pensaba en voz alta mientras observaba a sus seis hermanos dormitar en la habitación de adobe que compartían en uno de los campamentos de refugiados saharauis al sur de Argelia. A las cuatro de la madrugada, tal y como estaba previsto, Brahim y Gauz se despidieron de sus padres, Ali (militar retirado) y Engia (ama de casa). “Portaos bien”, acertó a pronunciar Engia, acallada por el rugido de los motores de la partida. Las miradas hicieron el resto. (El pueblo saharaui se distingue por sus silencios). Así, vestidos de silencio y acompañados en todo momento por Carol García, responsable en Navarra del programa Vacaciones en Paz, y de otros monitores saharauis , 115 niños y niñas de los campamentos partieron aquel verano de 2016. Atrás quedaban rodadas de esperanza sobre un infierno de 45 años de espera, piedras y temperaturas extremas a 50 grados, sin agua ni vegetación.Después de 30 horas de viaje, al aterrizar en Pamplona, los niños lo primero que sintieron fue el cierzo azotando sus cuerpos menudos y cabezas rapadas. Los ojos de Brahim, negros como huesos de aceitunas, buscaban el gesto cómplice de su hermano mayor. Frente a ellos, con los brazos abiertos y los ojos empañados en lágrimas, esperaban decenas de familias para acogerles. Gauz tomó a Brahim de la mano y presentó a Amaia Antoñana Azkarate y a Roberto del Cura Ros.
En tres semanas, el pequeño Brahim engordó cuatro kilos. Para Gauz aquel verano de hace cuatro años fue el último de los siete que había disfrutado en esta tierra. Durante esos últimos días de estancia en Navarra, confesaba que uno de sus sueños era volver a su casa, en la zona ocupada, frente al mar, y montar allí un chiringuito en la playa. Un sueño que, sin embargo, se transformaba por las noches en pesadilla. Soñaba “que venía la guerra y mataban a su madre”, contaba por la mañana. El año 2019 fue el último en el que los niños saharauis del programa Vacaciones en Paz, que lleva funcionando desde 1995, abandonaron por última el desierto.
Cuatro años después de aquel vuelo charter fletado desde Tindouf (Argelia), la mayoría de esos 115 niños -muchos ya son adolescentes o adultos- se encuentran luchando en el frente contra Marruecos, en algún lugar del Sáhara Occidental, o se están formando en escuelas militares, como los chicos de la fotografía tomada esta semana. “En realidad, detalla la responsable del programa Vacaciones en Paz, el 90 por cierto de los 1.500 niños y niñas que han veraneado en Navarra desde el año 95 están hoy en el frente o preparándose”, asegura Carol García, añadiendo con firmeza algo más: “Esto significa que 700 familias de aquí tienen en la primera línea de los combates a uno o varios niños saharauis ”. Sus hijos.El viernes 13 de noviembre, el Frente Polisario dio por roto el alto el fuego firmado con Rabat en 1991 tras el ataque perpetrado de las fuerzas marroquíes contra un grupo de saharauis que bloqueaban el paso fronterizo de Guerguerat, en el extremo sur del Sáhara Occidental. Una vasta zona sin población donde Marruecos tiene instalada una aduana y una franja de cinco kilómetros hasta la frontera mauritana. Mientras que el conflicto del Sáhara se estanca en los pasillos de la diplomacia, las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU se suceden año tras año con leves diferencias, “pero con un sesgo cada vez más favorable a Marruecos”, informaba la agencia Efe. El Polisario, que gobierna la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), ha denunciado la agresión de la fuerzas de Marruecos a la vez que anuncia que todas las regiones militares están movilizadas. “Hemos abierto las escuelas castrenses y se están llenando de gente. Aquí se les ofrece entrenamiento exprés para que puedan incorporarse lo antes posible al campo de batalla”, añadían desde el Polisario.
El joven Gauz ha cumplido 18 años y ha tomado la decisión de presentarse a una de estas escuelas militares. Lo anunció a su familia el 15 de noviembre, el mismo domingo en el que Pamplona arropaba al pueblo saharaui con una concentración de más de mil personas. Una manifestación a la que no faltaron Amaia y Roberto, sus padres de acogida. Ese día, Amaia también recibía un mensaje de Gauz explicando su determinación. Y ella rompió a llorar.
Mientras los mensajes del desierto impactaban ese domingo en la Plaza del Castillo, Carol García leía un manifiesto. Un grito de lucha y esperanza, secundado por su pareja de origen saharaui, Mulay, y su sobrino Abdallah, de 18 años, uno de los jóvenes saharauis que estudia durante el año escolar bajo el proyecto Madrasa, un programa de estancia temporal para niños y niñas saharauis con el que se les forma académicamente sin perder el arraigo. Abdallah, al igual que el resto de jóvenes saharauis afincados aquí (alrededor de 80 de una población de 240 censada) vive estos días su propia guerra interna. Por un lado, siente que debe regresar y combatir. Asimismo, es consciente de que hay que “salvaguardar” el futuro de una nueva generación “por lo que pueda pasar”. Así se lo ha explicado su tío Mulay.





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