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El dibujo de Hamza

En un pasillo de un centro de acogida en Atenas sobrevive a la espera y el olvido, en 2017, un matrimonio de enfermeros de Homs (Siria) y sus 4 hijos. La habitación de Hatem y su familia se localiza en mitad de un largo corredor, apenas iluminado por un tragaluz. “Aquí vivimos seis personas", cuenta Hatem. "Mi mujer y mis cuatro hijos. A pesar de todo, estamos contentos. Dormimos a salvo de las bombas. Podemos vivir sin miedo. Mis hijos pueden ir a la escuela y comer tres veces al día. Eso sí, nos gustaría viajar a Malta. Allí tenemos amigos”.  Su mujer, Kalthoum, 37 años, también enfermera, y el pequeño de sus tres hijos, Ieman, de 10 meses, reciben al invitado con una bandeja colmada de dulces, dos tazas y una tetera. Los otros tres pequeños, Hamza (6), Abdalraouf (5), Wafa (3) se encuentran fuera, estudian en el centro Pedro Arrupe, un proyecto educativo del Servicio Jesuita a Refugiado  que facilita la integración a 158 niños de familias refugiadas y migrantes. Un oasis en el infierno de Europa. 

La pared la decora un dibujo. Seis viñetas pintadas por el propio Hamza, de 6 años, con las que recuerdan cada día lo que vivieron la noche del 24 de agosto de 2016. El niño sirio ha inmortalizado de esta manera su travesía a vida o muerte por mar, de noche y en balsa neumática. Aún mantienen muy presente el impacto de las olas sobre sus cuerpos, la noche, el frío, el temblor, los gritos... El viaje duró dos horas y media. “La balsa neumática medía 9 metros. Íbamos 60 personas (21 niños). Las olas entraban dentro y nos empapaban a todos. Salimos a las diez de la noche y desembarcamos dos horas y media después”, recuerda Hatem, mostrando con el móvil el vídeo que le grabaron esa noche. Pagamos a las mafias 1.400 dólares por cada uno”.

La familia pone rostro a los cerca del millón de refugiados que desde 2015 han arriesgado su vida para alcanzar Europa. Y el dibujo de Hamza recuerda a las 1.800 personas ahogadas sólo en 2017. Más de 14.000 desde 2014. Según ACNUR, la falta de vías legales disponibles sigue forzando a muchas personas a recurrir a redes de traficantes y de trata de personas “sin escrúpulos”, corriendo el riesgo de perder la vida y de sufrir graves abusos.

La vida de Hatem y su familia se desmoronó cuando el Estado Islámico ocupó Homs, su ciudad. “Trabajábamos como enfermeros en varios hospitales, de Palmira y Homs”, relata. “Llevábamos una vida normal... Hasta que llegaron a nuestra ciudad y nos empezaron a matar. Por tierra y por aire. No sabías dónde esconderte. En una guerra sólo pierden los civiles. Nos asesinan a sangre fría, destruyen nuestras casas, nos encarcelan”. Hatem no pierde la compostura mientras habla. “A las mujeres las obligaban a vestir con burka. Una ropa oscura y larga con la que se oculta todo el cuerpo, incluso las manos y los ojos, y a la que no están acostumbradas. Se tropiezan y caen al suelo continuamente”. 

Escaparon por el desierto.  “Decidimos huir de Homs cuando alcanzaron nuestra casa y mi mujer cayó malherida por la metralla en la espalda. Fue un milagro que no quedara inválida. Cuando se recuperó, huimos al desierto”. El enfermero toma unos segundos para pensar. “En Siria no veíamos futuro para los niños. Estaban creciendo entre mutilaciones, sangre y muerte. En Homs había combatientes por todos los lados. Combatientes que nadie sabe quiénes eran”. 

Permanecieron ocho meses ocultos. “Fue muy duro. En el desierto no había agua. Andábamos mucho para encontrarla.  Soy enfermero y tuve que ayudar a mucha gente. Es muy duro colocar las vísceras a una mujer reventada por las bombas”. Se emociona. “Nos disparaban por todos los lados”. Del desierto salieron a Turquía por las montañas. “Doce horas con mis cuatro hijos. Dos encima mía. Y la pequeña en brazos de mi mujer, embarazada. En Turquía buscamos a algún traficante para que nos ayudara a cruzar en bote hasta Grecia. Nada más desembarcar nos metieron en un campo de refugiados, en Kias, y el 24 de agosto de 2016, por fin, llegamos a Atenas”, sonríe. “Por suerte encontramos en nuestro camino al SJR. Ahora mis hijos van a la escuela, comemos tres veces al día y tenemos acceso al médico”. Respecto a una solución final del conflicto, “no la veo de momento...”, admite. “Creo que no va a llegar por ahora porque a Estados Unidos y a Rusia no les interesa. El tráfico de armas manda. Y cada país financia a un grupo armado. La gente somos los que perdemos. Somos los que quedamos en mitad de todo”, termina con un hilo de voz. “Somos refugiados . Igual nos da viajar a un país que a otro. Sólo queremos dormir toda la familia junta, viajar juntos a cualquier lado, soñar juntos... Tengo cuatro hijos”.  







 

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